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Capítulo 2

Author: Cecilia Severiano
Pasé tres días enteros encargándome del funeral de Lilian. Vino mucha gente, pero Fred actuó como si no supiera nada.

No apareció ni una sola vez; ni siquiera llamó. Y mucho menos se quedó a mi lado para acompañarme o consolarme.

Entonces recordé aquella vez en que, después de dos semanas seguidas cerrando negocios y trabajando hasta el límite, terminé hospitalizada por agotamiento.

Él estaba desesperado, con la frente empapada de sudor, sujetándome la mano mientras decía:

—Hannah, me has dado un susto de muerte. No sigas exigiéndote así. Lo del dinero déjamelo a mí, pero tú tienes que cuidarte.

Y, sin embargo, ese mismo hombre que parecía amarme tanto fue capaz de entregarle a Rea el fruto de todos mis esfuerzos.

Saqué el celular para llamar a Fred, pero antes vi una nueva publicación de Rea:

"La joya estrella de la subasta de hoy. Fred dijo que solo yo merecía lucirla".

La foto mostraba un collar de diamantes rosas valorado en treinta millones de dólares.

Así que, durante esos días, él había estado ocupado pujando por un collar para Rea.

Recordé cuando, tiempo atrás, hablaba conmigo sobre la boda sin prestarme verdadera atención.

Respondía por puro compromiso, distraído, mientras revisaba con concentración información sobre distintas subastas en su celular.

Ahora entendía por qué: estaba eligiendo regalos para Rea.

Cerré los ojos, agotada. Sentía el cuerpo y el corazón completamente vacíos.

Cuando regresé a casa y abrí la puerta, vi los zapatos de Fred en la entrada.

Desde que me confesó quién era en realidad, hacía mucho que no se quedaba en mi casa. En cuanto me vio entrar, me abrazó como si nada y enseguida me habló con ese tono mimoso de siempre.

—Cariño, te extrañé muchísimo. Tienes mala cara. ¿Otra vez te dio un mareo?

Como no respondí, carraspeó y habló con cierta incomodidad.

—¿Sigues molesta por lo que dijo Rea? Si quieres, te pido disculpas en su nombre, ¿sí? Al final, las reglas de la familia son las que son. No la culpes, ¿sí? Y por el dinero que falta, no te preocupes. Yo te ayudaré a encontrar una solución. Cuando llegue el momento, te voy a dar una boda por todo lo alto.

Yo esbocé apenas una sonrisa cargada de ironía. ¿Cuándo se celebraría esa boda? ¿Acaso no dependía de lo que se le antojara a Rea?

—No tengo prisa. Y tampoco necesitas disculparte por ella.

Al ver que no aceptaba sus disculpas, la sonrisa se le congeló en el rostro.

—Hannah, no puedes desquitarte con Rea solo porque te impidió hacer trampa. Tú…

—No me estoy desquitando con ella, pero tampoco pienso seguir ahorrando para completar esos cinco millones de dólares —lo interrumpí.

La reprimenda se le quedó atorada en la garganta. Abrió la boca, pero lo único que se le dibujó en la cara fue una expresión de desconcierto y nerviosismo.

—¿Cómo que no vas a seguir ahorrando? Si de verdad estás en una situación difícil, yo… yo también podría prestártelo a escondidas…

Lo observé en silencio, examinándolo de arriba abajo. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo bien que sabía actuar?

Por un lado me ponía trabas a mis espaldas y, por el otro, venía a fingir amor frente a mí.

Recordé aquel proyecto que logré cerrar después de beber hasta provocarme una hemorragia gástrica.

Apenas firmé el contrato, la aprobación del proyecto se frenó en seco. Después empezaron a circular rumores de que el terreno tenía problemas y de que el desarrollador anterior había perdido toda su fortuna allí.

Me señalaron como una estafadora.

El inversionista retiró la inversión de inmediato. No solo terminé cargando con ese terreno, también tuve que pagar una indemnización por incumplimiento.

En ese entonces, Fred se peleó con medio mundo por mí y se esforzó por proteger mi reputación. Pero ¿quién habría imaginado que todo había sido idea suya desde el principio?

Él mismo lo había admitido: todo eso lo había organizado a propósito.

Esa noche, cuando bajé por agua y pasé frente al estudio, lo oí hablando por teléfono:

—Detengan ya todas las maniobras contra los negocios de Hannah. Con la reputación que tiene ahora, incluso sin seguir presionándola, no le será fácil reunir el dinero.

Me sequé las lágrimas del rabillo de los ojos. Ya no tenía sentido. Ya no quería casarme él.

Estaba a punto de irme cuando lo oí contestar otra llamada; esta vez era de Rea.

—Fred —dijo ella con voz melosa—, me escapé a jugar en un casino clandestino y el mayordomo me descubrió. ¿Puedes encubrirme esta vez?

—Ay, tú… —la voz de Fred se suavizó al instante, indulgente y cariñosa—. De verdad nunca dejas que uno se quede tranquilo. Sabes perfectamente que las reglas de la familia lo prohíben y aun así fuiste a meterte. Está bien, pero que no vuelva a pasar.

Así que las reglas de la familia solo eran estrictas conmigo.

Recordé la expresión tan segura y altiva con la que me habían impedido pedir prestado.

Ya no quise seguir escuchando.

Me di la vuelta y me fui.

Cuando volví a la habitación, le envié otro mensaje a ese número:

"Ya estoy lista para irme".

Luego saqué la maleta y empecé a guardar mis cosas.

—¿Qué estás haciendo? ¿Adónde vas?
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