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Capítulo 2

Author: Ora
A la mañana siguiente, cuando desperté, Richard ya se había marchado a encargarse de los asuntos de la familia.

Apenas salí de la habitación, me topé con su madre, Sophia Russell.

Estaba sentada en el sofá de cuero de la sala, jugueteando con un collar de perlas negras, mientras me recorría de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio.

—Mira nada más la hora a la que te levantas. Qué inútil y consentida eres. Llevas un año casada con alguien de esta familia y ni siquiera has podido darle un heredero a los Corleone. Encima te la pasas metida en el hospital, ¿o es que Richard no puede mantenerte?

Durante el último año, por consideración hacia Richard, yo siempre había soportado en silencio las humillaciones de Sophia.

Pero ahora ya no tenía por qué seguir aguantando.

—Una mujer tiene derecho a elegir cómo quiere vivir—dije con calma—. Además, lo que gano en el hospital me alcanza de sobra para mantenerme por mi cuenta. Nunca he gastado ni un centavo del dinero de esta familia.

Después de decir eso, tomé mi bolso y salí de la mansión sin mirar atrás. Me subí a un sedán negro y conduje hasta el hospital.

En cuanto llegué al hospital privado, le entregué la solicitud al director.

—He decidido aceptar la oferta de la Universidad Médica de Liora. Aquí están mis documentos.

El director sonrió, claramente complacido.

—Pensé que ibas a renunciar por ser la Donna. Has tomado una decisión muy sabia.

Solté una risa amarga.

¿Sabia? Si de verdad lo hubiera sido, no habría elegido mal dos veces.

—Por ahora, prefiero que esto quede entre nosotros. Sobre todo, no quiero que los Corleone se enteren.

Al salir de la oficina, me encontré cara a cara con Alice.

Llevaba puesto un uniforme blanco de enfermera. Tenía el cabello rubio recogido en dos trenzas y, a simple vista, parecía inocente y frágil.

Pero yo sabía muy bien qué clase de maldad se escondía bajo esa apariencia.

—Darlena—me llamó con dulzura, colgándose de mi brazo como si fuéramos íntimas—. Esta noche ven a cenar a mi casa. Reed dijo que va a preparar costillas de cordero asadas, tus favoritas.

Reed había sido mi prometido.

Justo cuando iba a rechazar la invitación, la voz de Richard sonó a mis espaldas.

—Claro, suena bien. Justo esta noche estoy libre.

Me giré y ni siquiera supe en qué momento había aparecido allí.

Me rodeó la cintura con naturalidad, pero sus ojos apenas se posaron en mí y terminaron clavándose en Alice, en el mostrador de enfermería. Solo entonces apartó la vista.

Sentí que el corazón se me hundía en el pecho.

—Esta noche todavía me queda trabajo. No voy a ir—dije en voz baja.

Las cejas de Richard se fruncieron al instante y su tono se volvió más frío.

—¿Todavía sigues pensando en Reed? Alice y él ya están juntos. Ahora son felices. Deberías dejarlo atrás.

Levanté la vista hacia él, con una sonrisa cargada de ironía en los labios.

—Yo ya lo dejé atrás. ¿Y tú? ¿Tú también lo dejaste atrás?

Richard se quedó helado.

Y yo ya no le dije una sola palabra más. Me di la vuelta y me fui.

Al salir del trabajo, Richard terminó llevándome casi a la fuerza al apartamento de Alice.

Reed, vestido con un traje negro, estaba de pie junto a la puerta, esperándonos.

Cuando me vio, sus ojos se ensombrecieron por un instante, pero enseguida recuperó la calma.

Durante la cena, Alice de pronto se aferró al brazo de Reed y anunció, con una timidez fingida:

—Quiero darles una buena noticia. Estoy embarazada.

Mientras se acariciaba el vientre con suavidad, el orgullo y la satisfacción brillaban en sus ojos.

Fue entonces cuando entendí la verdad.

Aquella cena no era más que un espectáculo montado para restregármelo en la cara.

Alice me miró y preguntó con falsa preocupación:

—Darlena, ¿y ustedes dos cuándo piensan tener un bebé?

Todavía no había abierto la boca cuando Richard respondió antes que yo:

—Por ahora no pensamos tener hijos.

Alice fingió sorpresa.

—¿Por qué?

—Darlena no goza de buena salud. No quiero que sufra—dijo Richard, volviendo la mirada hacia mí con una ternura que casi parecía real—. Y si algún día queremos uno, siempre podemos adoptar.

Las manos me temblaron apenas sobre el cuchillo y el tenedor.

Yo siempre había gozado de buena salud. En mi vida pasada, incluso había salvado a miembros heridos de la familia en medio de una lluvia de balas.

Yo sabía perfectamente la verdad: Richard simplemente no quería tener hijos conmigo.

Después de la cena, volvimos juntos a la mansión.

Apenas entramos, Sophia apartó a Richard para hablar con él. Ni siquiera hacía falta adivinar que iba a quejarse de mí.

No me molesté en prestarles atención y regresé directamente a la habitación.

Faltaban solo dos meses para irme a Liora. Necesitaba descansar y recuperarme bien.

Ya entrada la noche, Richard entró en la habitación y me rodeó con sus brazos.

—Mi madre ya es mayor y tiene ideas muy anticuadas. No te tomes a pecho lo que dice.

Sus manos empezaron a deslizarse con otras intenciones, pero yo le sujeté la muñeca de inmediato.

—¿No dijiste que no querías tener hijos?

Richard me besó el cuello y respondió con voz grave:

—Simplemente no me gustan los niños. Y tampoco estoy listo para ser padre todavía.

Cerré los ojos. Por dentro, todo estaba helado.

Recordaba con total claridad que, en mi vida pasada, Richard había dicho que solo tendría hijos con la mujer a la que realmente amara.

Y evidentemente, esa mujer no era yo.

Pero no importaba.

Cuando regresara de Liora, tendría una vida que me perteneciera por completo.

Y en esa vida, Richard ya no tendría lugar.
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