INICIAR SESIÓNHelena está harta. Cansada de dar sin recibir, de desgastarse en un matrimonio que la ha dejado vacía, decide poner fin a todo. Quiere un divorcio definitivo, un corte limpio que extirpe de raíz ese amor enfermo. Pero él, que durante años pareció ignorarla, ahora se aferra a ella con una obstinación inesperada. No la suelta. Y mientras Helena intenta escapar, él solo tiene un objetivo: reconquistarla.
Ver másHelena cerró la puerta de su casa y se apoyó contra ella, sintiendo el peso de los años y la ligereza de una vida bien vivida. Afuera, el sol se ponía sobre el jardín que había plantado con sus propias manos, el mismo jardín donde había visto crecer a su hijo, donde había compartido tantas risas con Máximo, donde había encontrado la paz que siempre había buscado.Treinta años habían pasado desde aquel día en el parque, treinta años desde que decidió darle una segunda oportunidad al hombre que le había roto el corazón. Y ahora, al mirar atrás, no podía imaginar su vida sin él.El amor entre Helena y Máximo no había sido fácil. No había sido un camino de rosas ni un cuento de hadas. Había sido un camino de espinas, de lágrimas, de peleas y de silencios que pesaban más que las palabras. Había sido una montaña rusa de emociones que los había llevado al borde del abismo y los había devuelto a la vida.Helena recordaba aquellos días oscuros, cuando era la esposa invisible, la mujer que se d
La noche terminó, y Helena y Máximo regresaron a su casa. Era la misma casa donde habían criado a Santiago, donde habían plantado el jardín que ahora estaba lleno de rosas, donde habían construido su vida juntos. Cada rincón de esa casa guardaba un recuerdo, una historia, un pedazo de su amor.—¿Te acuerdas de la primera vez que vinimos aquí? —preguntó Helena, mientras se sentaban en el porche, mirando el jardín iluminado por la luna.—Sí —respondió Máximo. —Tenías tanto miedo de que no funcionara. De que todo fuera un error, de que volviéramos a cometer los mismos errores.—Pero funcionó —dijo Helena, sonriendo. —Funcionó mejor de lo que nunca imaginé. Y aquí estamos, después de todo.Máximo tomó su mano y la apretó, sintiendo que el amor que sentía por ella era más fuerte que nunca.—Gracias, Helena. Por todo. Por cada momento, por cada lágrima, por cada sonrisa. Por no rendirte.—Gracias a ti, Máximo. Por ser el hombre que siempre supe que podías ser. Por luchar por nosotros cuando
Después del discurso, Helena y Máximo se acercaron a Santiago, que estaba hablando con algunos amigos. Ver a su hijo, tan feliz, tan lleno de vida, era una de las mayores alegrías de sus vidas.—Hijo, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó Máximo, poniendo una mano en el hombro de Santiago.—Claro, papá —respondió Santiago, separándose de sus amigos.Se sentaron en una mesa apartada, y Máximo tomó la mano de su hijo.—Santiago, quiero decirte algo. Algo que quizás ya sabes, pero que necesito decirte en voz alta.—Dime, papá —respondió Santiago, con curiosidad.—Hace treinta años, yo estaba a punto de perder a tu madre. Fui un idiota, un hombre que no sabía lo que tenía hasta que casi lo perdió. Pero ella me dio una segunda oportunidad. Y esa oportunidad cambió mi vida.Santiago asintió, con los ojos brillantes.—Lo sé, papá. Mamá me ha contado la historia muchas veces.—Entonces sabes que no fue fácil. Que hubo momentos en los que todo parecía perdido. Pero nunca me rendí. Y ella
Más tarde, durante la recepción, Helena y Máximo vieron a Santiago e Isabel bailar su primer baile como esposos. Era una canción lenta y romántica, y los recién casados se movían con la gracia de dos personas que se aman profundamente, con la mirada fija en la del otro.—¿Te acuerdas de nuestro primer baile? —preguntó Helena, apoyando su cabeza en el hombro de Máximo mientras los observaban.—El día de la boda —respondió él, con una sonrisa nostálgica. —Tenías tanto miedo de pisarme.—Y tú me decías que no importaba, que solo querías estar cerca de mí.—Y era verdad. —Máximo la besó en la frente. —Siempre ha sido verdad. Desde el primer momento en que te vi en aquella biblioteca de la universidad.—¿Y qué te parece si bailamos nosotros también? —preguntó Helena, levantándose y extendiendo su mano. —Solo nosotros dos.Máximo sonrió y tomó su mano, sintiendo que la emoción lo invadía.—Siempre he querido bailar contigo. Desde el primer día que te vi, supe que quería pasar el resto de mi












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