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LA BRUJA

Author: Anna writes
last update publish date: 2026-10-03 01:01:27

La esfera de cristal pulsaba con una luz suave y enfermiza.

Isla no retrocedió. No se estremeció. Se quedó mirando los ojos color hielo de Morrigan y sintió algo frío asentarse en su pecho. No era miedo. Era reconocimiento.

—Has estado observando —dijo Isla.

—He estado esperando. —La voz de Morrigan era suave, intemporal, como agua sobre piedra—. Trescientos años es mucho tiempo para esperar a una sola muchacha.

—No soy una muchacha.

—No. No lo eres. —La sonrisa de la bruja se ensanchó—. Eres l
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    Tres años después.El castillo había cambiado.No las piedras. No los muros. Esos eran los mismos de siempre, antiguos, grises y tercos. Pero la gente de dentro había cambiado. La manada había crecido. Los pasillos sonaban más fuerte. Las mesas estaban más llenas. Y había una habitación infantil en el segundo piso que de alguna manera se había expandido a tres habitaciones, todas llenas de juguetes y libros y la alegría caótica de una niña que nunca había conocido el miedo.Elara tenía cuatro años.Era pequeña para su edad, con el cabello oscuro de su padre y los ojos afilados de su madre, y una sonrisa capaz de encantarle los colmillos a un lobo. Seguía a Kaelen a todas partes. Se sentaba en las reuniones del consejo y exigía saber por qué las fronteras estaban trazadas donde estaban. Preguntaba constantemente. Sin parar. Sin descanso.—¿Por qué el cielo es azul?—La luz se dispersa —dijo Isla.—¿Por qué?—Porque la atmósfera...—¿Por qué?—Elara.—¿Por qué?Isla había aprendido a el

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    Enterraron los huesos de Morrigan bajo la colina.Se sentía mal dejarla allí, en la biblioteca que había construido, rodeada del conocimiento que había acumulado durante siglos. Pero Isla no fue capaz de quemar el lugar. Había demasiadas respuestas dentro. Demasiada historia. Demasiados secretos que algún día podrían salvarle la vida a su hija.Así que sellaron la puerta con hierro y sal y una protección hecha por la propia Isla. No para mantener a nadie fuera. Para mantener la biblioteca a salvo hasta que pudiera regresar.—¿Estás segura? —preguntó Rhys—. Podría haber trampas. Maldiciones. Cosas que no encontramos.—Está muerta. Su magia murió con ella. —Isla apoyó la palma contra la puerta de hierro—. La biblioteca ahora es solo una biblioteca. Muy antigua, muy peligrosa. Pero solo una biblioteca.—¿Y la llave?Isla miró la llave de hierro en su mano. Pensó en lo que representaba. Poder. Conocimiento. La verdad sobre lo que era ella y lo que llegaría a ser su hija.La guardó en la b

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    La esfera de cristal pulsaba con una luz suave y enfermiza.Isla no retrocedió. No se estremeció. Se quedó mirando los ojos color hielo de Morrigan y sintió algo frío asentarse en su pecho. No era miedo. Era reconocimiento.—Has estado observando —dijo Isla.—He estado esperando. —La voz de Morrigan era suave, intemporal, como agua sobre piedra—. Trescientos años es mucho tiempo para esperar a una sola muchacha.—No soy una muchacha.—No. No lo eres. —La sonrisa de la bruja se ensanchó—. Eres la primera Silverwood en doce generaciones que sobrevive más allá de su primer año fuera de la manada. La primera en unirse a un lobo de su propia elección. La primera en dar a luz a un hijo de la estirpe en libertad. Eres todo lo que temí que llegaras a ser.—¿Y qué es eso?—Incontrolable.Kaelen se puso junto a Isla, con las garras fuera y los ojos dorados.—¿Quieres explicarte, o empiezo a romper cosas?Morrigan rio. Era un sonido agradable. Eso lo empeoraba.—Qué compañero tan leal. Elegiste

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    Tres días.Ese era el tiempo que tenía Isla para prepararse para un viaje que la llevaría de nuevo hacia la única persona a la que había visto morir sobre un altar seis meses atrás.Pasó el primer día en la sala de guerra con Kaelen y el consejo, trazando rutas y discutiendo estrategias. Los territorios del sur eran tierra neutral, o lo habían sido, antes de que la muerte de Marius dejara un vacío de poder que media docena de manadas menores intentaban llenar. Viajar hasta allí significaba cruzar tres fronteras, dos de ellas vigiladas por lobos que aún no habían decidido si eran leales al trono.—Envía a un emisario —dijo Rhys—. Que otro camine hacia la trampa que sea esta.—Si es una trampa, un emisario muere para nada —dijo Isla—. Si no lo es, pierdo tiempo.—Eres la reina. No tomas riesgos.—Soy la reina porque tomo riesgos.Rhys buscó apoyo en Kaelen. Kaelen miró a Isla.—Tiene razón —dijo—. Vamos.—¿Vamos?—No pienso dejarte caminar sola hacia los territorios del sur. Y menos con

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    Seis meses después, Isla volvía a sentir. No todo. No de golpe. Volvió por partes, como la tierra que se deshiela en primavera: primero el fastidio, luego el cariño, luego el miedo, luego el amor. Kaelen había cumplido su palabra. Cada día le había hablado. Cada día la había tocado. Cada día le había dicho *te quiero* hasta que ella había querido lanzarle un libro a la cabeza. Le lanzó el libro el día cuarenta y siete. Él lo atrapó, se echó a reír y la besó con tanta fuerza que ella olvidó por qué estaba enfadada. El vínculo regresó el día sesenta y tres. Estaba sentada en el jardín, viendo derretirse la nieve, y de pronto lo sintió —*lo sintió*— tres pisos más arriba, en plena reunión del consejo, y empezó a llorar, y Margo la encontró sollozando sobre un rosal y fue a buscar al Alfa sin decir palabra. Él había corrido todo el camino. Transformado a medias. Llegó sin camisa, aterrado y cubierto de polvo. —Estás llorando... —Te siento. Se había quedado paralizado. —¿Me siente

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