LOGINNICOLÁSLa fotografía apareció mientras desayunaba. No estaba buscando a Alexander Kane.Abrí el enlace porque su apellido estaba en el encabezado y porque llevaba tres días diciéndome que me importaba una mierda dónde estuviera. La nota hablaba de una cena en Londres, una de esas reuniones donde veinte hombres se felicitaban por mover dinero de un lado a otro y después fingían haber cambiado el mundo.Kane aparecía bajando de un coche frente al hotel. Traje oscuro. Corbata. Esa expresión de cabrón que parecía venir incluida con el apellido.Londres, amplié la fotografía sin pensarlo. Había vuelto.Dejé el teléfono junto a la taza e intenté continuar desayunando. El café terminó enfriándose mientras releía una nota que no decí
ALEXANDERMi madre miró la ecografía durante tanto tiempo que empecé a arrepentirme de haberla puesto sobre la mesa antes de explicar nada. Aurora estaba a mi izquierda. Mi padre enfrente. Mamá tenía la fotografía entre los dedos y la acercaba, la alejaba y volvía a mirarla como si en algún momento fuera a conseguir distinguir algo más.Había llegado dispuesto a decirlo de manera sencilla: Sorpresa, Renata está embarazada, voy a ser padre.Eso había durado aproximadamente treinta segundos.—Necesito que alguien me explique por qué estoy viendo la ecografía de mi nieto y su madre está a nueve mil kilómetros de distancia.Ahí estaba mi madre.—Renata vive en México, mamá. No iba a meterla en una maleta y traerla conmigo solamente porq
ALEXANDERMauro estaba recargado contra su coche cuando salí de Heathrow. Tenía un café en una mano y el teléfono en la otra. Al verme guardó el móvil, pero no se movió para ayudarme con la maleta. Eso me hizo sonreír. Si alguna vez intentaba cargarme el equipaje, probablemente tendría que comprobar que no estuviera muriéndose.—Tienes una cara bastante extraña, Kane. No sé si México te sentó de maravilla o si vienes tan jodido que todavía no te has dado cuenta.Lo abracé. Mauro se quedó tieso un segundo antes de soltar una carcajada y darme dos golpes en la espalda.—Ahora sí me preocupaste. Normalmente necesitas varios whiskies antes de demostrar afecto masculino sin acompañarlo de un insulto.—Acabo de pasar once horas metido en un avi&oac
ELENASalí de Guadalajara poco después de las siete y durante los primeros cuarenta minutos miré el retrovisor más veces que la carretera, era ridículo. Nicolás no sabía que me iba. Mi hermana tampoco le habría dicho nada porque ni siquiera sabía lo que había pasado; solo tenía unas fotografías horribles y mi petición de usar el departamento de Puerto Vallarta. Aun así, cada camioneta oscura que se mantenía demasiado tiempo detrás de mí conseguía que apretara el volante.Me dolía el cuello, también me dolía admitir que tenía miedo. Cuando empezó a clarear me quité el pañuelo que llevaba puesto, rozaba las marcas y me estaba desesperando. Lo lancé al asiento del copiloto y ahí, junto al bolso, quedó como otra prueba de
ALEXANDERHacer una maleta para regresar a Londres debería haberme tomado quince minutos, llevaba casi media hora. No porque tuviera demasiado que guardar. Había llegado a México preparado para quedarme un par de días y terminé instalado en la hacienda de los Sarmiento, asistiendo a una ecografía, durmiendo con Renata y metido en una relación que ninguno de los dos se había molestado en bautizar. El problema era que cerrar aquella maleta significaba irme.—Carlo acaba de escribirme para confirmar que mañana estarás en la oficina. Me preocupa que tu asistente tenga más confianza en tu regreso que tú.Renata estaba en la puerta con una taza de café, descalza y con mi camiseta.—¿Por qué te escribe Carlo?—Porque ayer me pediste que le enviara unos documentos que quedaron en Casa Sarmiento. Intercambiamos teléfonos como dos adultos perfectamente capaces de comunicarnos sin tu supervisión.—Eso es peligroso. Carlo sabe demasiado sobre mí y tú estás empezando a saber demasiado. Si forman u
ELENADormí con una silla atorada bajo la manija. Bueno, dormir era una forma generosa de decirlo. Cada vez que el elevador se detenía en mi piso abría los ojos. A las tres alguien arrastró algo por el pasillo y terminé sentada en la cama con el teléfono en una mano y un florero en la otra, un puto florero. Como si Nicolás fuera a entrar y yo pudiera defenderme con eso.A las seis me rendí.El espejo del baño fue peor que la noche anterior. Las marcas alrededor del cuello habían oscurecido, tenía un moretón en el brazo y me dolía la parte de atrás de la cabeza cuando me recogía el cabello. Me puse corrector, después me vi haciéndolo y solté la esponja.—Qué pendeja eres.No iba a la oficina, ya ni siquiera tenía oficina en Varela, tampoco esperaba visitas. Estaba tapando las marcas para mí, me puse una sudadera con cuello alto y llamé a mi hermana.—Necesito preguntarte algo sin que empieces a hacer veinte preguntas antes de que termine. ¿Sigues teniendo las llaves del departamento de







