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En la pista de baile

Penulis: Zarin Quinn
last update Tanggal publikasi: 2026-08-13 18:31:02

 

Veinticuatro horas antes…

La risa de Emma fue devorada sin esfuerzo por los graves retumbantes de la discoteca más exclusiva de Toronto.

Sobre la multitud, intensos haces de luz láser carmesí y zafiro cortaban la densa bruma de humo, proyectando siluetas danzantes sobre la concurrida pista. El bajo vibraba a través de las suelas de sus tacones, marcando un ritmo que se sentía vivo, eléctrico e embriagador.

Era su primera salida nocturna desde que regresó de Inglaterra tras terminar su carrera universitaria.

Había extrañado esto: el aire frío canadiense afuera, el perfil familiar de la ciudad y, sobre todo, a las amigas que ahora la rodeaban, bailando como si el tiempo se hubiera detenido.

—¡Ni siquiera puedo explicarles lo bien que se siente estar de vuelta! —gritó Emma por encima de la música, con una sonrisa radiante bajo las luces estroboscópicas.

Su mejor amiga le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia sí. —¡Te extrañamos muchísimo, Emma! ¡Ni se te ocurra volver a irte por tres años!

—Prometo que no lo haré —se rió Emma, con los ojos brillando de emoción.

—¡Basta de sentimentalismos! —gritó otra amiga, levantando una copa de champán sobre la multitud—. ¡Esta noche estamos celebrando!

Un coro de vítores resonó antes de que el grupo se disolviera de nuevo en el mar de gente, perdiéndose en el ritmo, sin una sola preocupación en el mundo.

Ninguna de ellas sabía que esa sería la última noche normal en la vida de Emma.

~~

Cerca del perímetro de la barra principal, envueltos en el tenue resplandor ámbar del nivel inferior, dos hombres permanecían en denso silencio.

Nubes de humo gris de tabaco se elevaban perezosamente a su alrededor mientras sorbían sus tragos. Sus ojos, fríos y calculadores, continuaban fijos en Emma, siguiendo cada giro de su vestido, cada inclinación de su cabeza.

El más alto de los dos se llevó la mano al interior de su chaqueta, presionando un auricular oculto bajo el cuello.

—Jefe. Objetivo localizado.

A través del receptor, una voz rasposa y distorsionada cortó la interferencia: «¿Está sola?»

—Está con un grupo, pero distraída. No tiene idea.

«Bien. Asegúrate de que no la toquen; ni un solo rasguño. Si sale herida, no cobran.»

—Entendido, señor.

«Llévenla directo a la casa de seguridad habitual. Que sea un trabajo limpio. Sin testigos, sin errores.»

—Dalo por hecho.

La llamada se cortó. Los hombres bajaron sus vasos y retrocedieron medio paso hacia las sombras. Era un trabajo profesional; no actuarían aquí bajo la luz de las cámaras de seguridad ni rodeados de cien testigos potenciales. Esperarían. La seguirían hasta que la multitud se dispersara y la ciudad quedara en penumbras.

~~

Desde lo alto de la caótica pista de baile, en la privacidad acristalada del mezzanine VIP, otras dos figuras observaban la sala desde una posición de absoluto poder.

Martin se reclinó en su sillón de cuero, haciendo girar un pesado vaso de cristal con whisky de malta pura. A su lado estaba Lucas, su socio de años, tomando un trago mientras hablaba sin parar sobre envíos pendientes, distribución de territorios y viejas deudas.

Martin no lo escuchaba. Su mirada se había desviado hacia el borde de la pista.

—¿Quién es ella? —preguntó Martin, señalando sutilmente con la cabeza hacia la multitud.

Lucas hizo una pausa a mitad de frase, siguiendo la dirección de la mirada de Martin. —¿Quién? ¿La rubia junto al reservado?

—No —respondió Martin, bajando el tono de voz mientras entrecerraba los ojos—. La mujer del vestido negro.

Lucas se inclinó hacia adelante sobre la barandilla de latón, observando a través del humo. Dio un lento sorbo a su bebida. —Nunca la había visto en este circuito. Probablemente sea solo otra cazafortunas buscando una tarjeta de crédito sin límite.

—No —dijo Martin de inmediato, negándose a apartar la mirada. Había una serenidad inconfundible en su postura: la confianza tranquila y peligrosa de alguien que ha crecido rodeado de un poder inmenso, no de alguien que ruega por él—. Mira la forma en que se comporta. El corte a medida de ese vestido, el platino antiguo en su muñeca... Todo en ella grita dinero de cuna.

Lucas dejó escapar una risa seca y despectiva. —Analizas demasiado, Martin. A mí me da igual de dónde venga su dinero, siempre que terminen en mi cama. —Apuró el resto de su trago—. Es bonita, te lo concedo. Pero las mujeres así son más problemas de los que valen.

Martin lo ignoró. Sus ojos permanecieron fijos en Emma mientras ella reía con sus amigas, completamente ajena a los hombres poderosos que observaban cada uno de sus movimientos desde las sombras.

—La quiero a ella —murmuró Martin; las palabras se asentaron como una promesa silenciosa.

Lucas sonrió con malicia, acomodándose en su asiento. —Claro... ¿y qué vas a hacer con respecto al viejo Alexandro? Sus hombres se están expandiendo hacia los muelles del este otra vez.

Al escuchar el nombre, Martin finalmente giró la cabeza, y su expresión se endureció hasta volverse indescifrable. —Me ocuparé de Alexandro cuando llegue el momento.

Volvió a dirigir los ojos a la pista, pero la mujer del vestido negro ya se estaba perdiendo entre la multitud hacia la salida.

~~

Horas más tarde, el bajo finalmente se apago hasta convertirse en un zumbido sordo mientras la discoteca se preparaba para cerrar sus puertas.

Emma se despedía de sus amigas con cálidos abrazos en el servicio de valet, riéndose de sus intentos por pedirle un Uber antes de subir a su propio y elegante sedán.

En la zona VIP, Martin terminó la última gota de su whisky en silencio. Solo cuando la pista principal estuvo completamente vacía se levantó, abotonándose la chaqueta a medida mientras caminaba hacia el ascensor privado.

Su jefe de seguridad se puso a su lado.

—¿Jefe?

—La mujer del vestido negro —dijo Martin sin reducir el paso—. Quiero un informe completo sobre ella en mi escritorio para mañana por la mañana. Familia, contactos, rutinas... todo.

El oficial inclinó levemente la cabeza. —Dalo por hecho, señor.

~~

A la mañana siguiente

La luz del sol se filtraba a través de los ventanales de la oficina de Martin en el último piso, cortando la fina cortina de humo de cigarro que flotaba en el aire.

Martin estaba sentado tras un masivo escritorio de caoba, revisando libros contables y manifiestos de carga. Un firme golpe resonó contra la pesada puerta doble.

—Adelante.

El jefe de su escolta entró sosteniendo una fina carpeta de manila. Se detuvo al otro lado del escritorio.

—¿Tienes algo para mí? —preguntó Martin, cerrando el libro frente a él.

—Sí, jefe. Rastreamos su identidad.

Martin se reclinó en su silla, cruzando las manos. —¿Y bien? ¿Quién es?

—Su nombre es Emma Moretti.

Martin frunció el ceño. —Moretti... —Hizo una pausa; el apellido resonó en su mente hasta que la realidad lo golpeó como un impacto físico. Sus ojos se oscurecieron—. ¿Moretti? ¿Como en... la hija de Alexandro Moretti?

—La misma, señor. Regresó de la universidad en Londres hace tres días.

Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en el rostro de Martin. La hija de su mayor rival, caminando libremente por su ciudad. —Vaya, vaya... qué interesante.

Antes de que pudiera procesar la ventaja táctica que tenía entre manos, las puertas de la oficina se abrieron de golpe sin previo aviso. Otro guardia entró apresuradamente a la habitación, sin aliento y con el rostro pálido.

—¡Jefe!

La sonrisa de Martin desapareció al instante, reemplazada por una mirada helada. —¿Qué significa esto?

—Es la chica, jefe... la chica Moretti.

—¿Qué pasa con ella? —demandó Martin, poniéndose de pie lentamente tras su escritorio.

—Nunca llegó a casa anoche —tartamudeó el guardia, revisando su tableta—. Emma Moretti ha sido secuestrada. Alguien emboscó su vehículo a dos calles del club.

Martin se congeló. El aire en la oficina de pronto se sintió pesadamente sofocante.

—¿Qué?

—La gente de Alexandro se está volviendo loca en este momento —continuó el guardia con nerviosismo—. Aún estamos tratando de averiguar qué grupo lo ejecutó, pero nadie se está atribuyendo la autoría...

—¡No me importa quién se la haya llevado! —rugió Martin, golpeando con ambas palmas el escritorio de caoba tan fuerte que las lámparas de cristal vibraron.

Se inclinó hacia adelante, con los ojos ardiendo con una autoridad letal e intensa mientras miraba fijamente a sus hombres.

—Movilicen a cada uno de los operativos que tenemos en las calles. Contacten a cada informante, revisen cada punto ciego, registren cada sótano de esta maldita ciudad.

Hizo una pausa, y su voz bajó a un susurro aterrador que envió un escalofrío por la espalda de los guardias.

—Encuéntrenla antes de que lo haga su padre... porque quienquiera que haya tomado lo que es mío, va a sangrar por ello.

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