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Protegerla

Autor: Zarin Quinn
last update Fecha de publicación: 2026-08-13 18:35:14

 

Tras la revelación de que la chica encerrada arriba era la heredera de la dinastía Moretti, un aire denso y helado paralizó el escondite. El sudor frío corría por las frentes de los captados; devolverla con vida era ahora su única y desesperada tabla de salvación.

—¿Qué... qué carajos hacemos ahora, jefe? —preguntó uno de los secuestradores, con la voz quebrada por un pánico mal disimulado.

El líder permaneció inmóvil durante largos segundos, observando cómo la ceniza de su cigarrillo caía sobre la mesa. Hacerle el menor rasguño a Emma Moretti equivalía a firmar la sentencia de muerte de todos en esa sala.

—Por ahora, mantenerla con vida y absolutamente intacta —ordenó, señalando a uno de los subordinados—. Tú. Ve a la carretera principal y consigue algo decente para que coma. —Se giró hacia el segundo—: Y tú, cómprale ropa limpia en la tienda del pueblo. No quiero que parezca un rehén maltratado.

Sus ojos, cargados de una gravedad mortal, se posaron en los dos hombres restantes:

—Ustedes dos vigilarán su puerta. Túrnense cada dos horas. Ni un solo segundo de descuido.

—Sí, jefe.

El líder sacó un teléfono satelital de su chaqueta.

—Voy a hacer unas llamadas. Necesito inteligencia de inmediato.

—¿Qué clase de información?

—Necesito saber si Alexandro ya sabe que la tenemos. Si el Don ya puso a su gente en marcha... —Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad— ...no nos quedan ni dos horas de vida.

Sin añadir una palabra más, salió al corredor envuelto en la penumbra.

~~

Mientras tanto, en el corazón financiero de la ciudad...

Don Alexandro Moretti permanecía erguido frente al ventanal que abarcaba de piso a techo en el último nivel de la Torre Moretti. Afuera, la silueta nocturna de Toronto se extendía en tonos neón y sombras.

Su postura era impecable. Su rostro, una máscara de mármol.

Demasiado tranquilo.

Cualquiera que hubiera servido al Don durante más de una década sabía que su furia escandalosa era manejable; era su silencio absoluto el que precedía a las peores masacres de la mafia.

A sus espaldas, la puerta de caoba se abrió. Tres de sus comandantes de campo entraron a la oficina. Sus rostros exhaustos, las camisas arrugadas y los ojos inyectados en sangre delataban que habían peinado la ciudad durante toda la noche sin descanso.

El comandante principal dio un paso al frente:

—Don Alexandro.

Alexandro se giró con una lentitud calculada, manteniendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.

—La hemos localizado.

Un silencio sepulcral cayó sobre la estancia. El aire pareció condensarse.

—¿Y? —la voz del Don fue un hilo de hielo.

—Las coordenadas del teléfono coincidieron con un punto ciego en el sector norte. Los equipos de asalto están listos para actuar.

Una leve y despiadada sonrisa curvó la comisura de los labios del Don.

—Bien. —Se acercó al perchero y ajustó el botón superior de su saco a medida—. Vamos a traer a mi hija a casa.

En cuestión de segundos, la mansión ejecutiva cobró una vida frenética y letal. El sonido de cerrojos metálicos y armas automáticas siendo cargadas resonó por los pasillos. Hombres con chalecos tácticos corrieron hacia la flota de vehículos blindados en el garaje subterráneo.

Cuando Alexandro salió del ascensor privado, la marea de hombres armados se abrió de par en par por puro instinto, inclinando la cabeza en una reverencia de sumisión absoluta. Sin pronunciar una sola palabra, el Don subió al asiento trasero de la camioneta principal.

El convoy de seis vehículos negros sin matrícula salió a toda velocidad, cortando la noche con un rugido de motores.

~~

En el extremo opuesto del territorio, Martin permanecía reclinado en el sofá de su oficina privada, con la luz azul de un iPad iluminando sus facciones afiladas. En la pantalla, la fotografía de Emma Moretti destacaba sobre un fondo de documentos clasificados.

Había leído cada línea del informe elaborado por su inteligencia: su formación académica en Londres, sus hábitos, su estricta guardia personal, su entorno familiar... Cuanto más profundizaba en la vida de la joven, más fascinado se descubría.

—No puedo esperar a volver a verte —murmuró para sí mismo, frunciendo levemente el ceño mientras pasaba la pulgar por la pantalla—. ¿Por qué demonios no puedo sacarte de mi cabeza?

Un par de golpes firmes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

—Adelante.

Su jefe de seguridad atravesó el umbral a pasos agigantados:

—Jefe.

Martin levantó la mirada al instante, bloqueando la pantalla del dispositivo:

—Dime que tienes algo.

—La encontramos. Un cobertizo abandonado cerca de las viejas canteras del norte.

Martin se puso de pie de un solo impulso, ajustándose la funda de la pistola bajo el brazo.

—¿Estás seguro?

—Confirmado por el rastreo de frecuencias del club, jefe.

Un brillo feroz y territorial se encendió en los ojos de Martin.

—Reúne a la guardia de élite. Nos vamos ahora mismo.

El escolta asintió y salió a toda prisa a dar las órdenes. Antes de cruzar la puerta, Martin echó una última mirada al rostro de Emma en la pantalla.

—Resiste un poco más, cariño... Ya voy por ti.

~~

A kilómetros de allí, atravesando las arterias oscuras de la autopista, una camioneta negra sin luces avanzaba rozando los límites de velocidad.

En el interior de la cabina, sumergido en las sombras del asiento trasero, un hombre permanecía con la mirada fija en el asfalto. Sus dedos daban un golpeteo rítmico y siniestro contra la empuñadura de acero de su arma.

—Tengo que llegar a esa casa antes que los demás —susurró para sí mismo, observando los árboles secos que pasaban a un costado de la vía—. Antes de que su padre ponga un solo pie en ese lugar. Antes de que Martin la rescate.

Una sonrisa amarga y despiadada se extendió lentamente por sus facciones.

—Si la chica muere en el fuego cruzado... el viejo imbécil de Alexandro será el siguiente en caer.

El vehículo aceleró, perdiéndose en la densa niebla de la madrugada mientras tres fuerzas mortales convergían, sin saberlo, hacia el mismo punto de impacto.

 

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