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La Hija de la Mafia
La Hija de la Mafia
Author: Zarin Quinn

La chica equivocada

Author: Zarin Quinn
last update publish date: 2026-08-13 18:25:48

 

Emma despertó ahogada en una penumbra helada.

Un martilleo ensordecedor retumbaba tras sus sienes y un sabor metálico a humedad y moho le llenaba la boca. Cada músculo de su cuerpo pesaba como si estuviera sumergido en plomo. Con el corazón desbocado por una ola repentina de náuseas, intentó incorporarse; el suelo debajo de ella no era madera refinada ni alfombra, sino hormigón árido, frío y agrietado.

—¿Dónde... dónde estoy? —murmuró, pero su voz apenas fue un áspero chasquido.

La habitación era un calabozo improvisado: paredes de ladrillo visto manchadas de salitre, sin ventanas y con el aire denso cargado de polvo flotante. La única fuente de penumbra era una rendija grisácea bajo una puerta metálica corroída por el óxido.

Temblando, se puso de pie apoyándose en la pared. Avanzó hacia la puerta y presionó el pomo de metal helado. Giró.

Clic.

No tenía cerrojo por fuera. Sorprendida, empujó la puerta con lentitud, conteniendo la respiración mientras las bisagras soltaban un gemido ahogado.

Salió a un pasillo angosto y desolado. Vigas de madera carcomida sostenían el techo, y el eco lejano de goteras marcaba un ritmo inquietante. Nada le resultaba familiar. Lo último que recordaba era la música ensordecedora del club, las luces parpadeantes y la brisa nocturna al cruzar el estacionamiento. Después de eso, solo un vacío negro.

—¿Hay alguien aquí? —susurró hacia la oscuridad.

El silencio fue su única respuesta.

Descendió por las escaleras de madera crujiente, manteniendo el centro de gravedad bajo para no hacer ruido. Al llegar a la planta baja, la escala del lugar se volvió evidente: una casa de campo abandonada en medio de la nada, con muebles cubiertos por sábanas polvorientas y ventanas tapiadas con tablones gruesos.

Corrió hacia la puerta principal. Tomó la manija de hierro y tiró con fuerza.

Bloqueada con una cadena pesada y un candado industrial.

El pánico amenazó con paralizarla, pero justo cuando el aire comenzaba a faltarle, un murmullo de voces masculinas resonó desde lo que parecía ser la antigua cocina.

—...vale millones, te lo digo.

—Si jugamos bien las cartas, su padre pagará lo que sea sin dudar.

Emma se congeló sobre la madera crujiente. Las palabras cayeron sobre ella con la pesadez de una condena.

La habían secuestrado.

Rechazando el impulso de gritar, retrocedió paso a paso en absoluta penumbra, subiendo de nuevo las escaleras como un fantasma. Al regresar al cuarto, inspeccionó cada rincón con desesperación. Necesitaba un arma, una salida, algo. De pronto, un fino destello de luz azulina parpadeó desde las profundidades del lecho, debajo de la cama de metal.

Se arrojó al suelo helado y estiró el brazo hasta rozar el plástico liso de un teléfono móvil. Se le había caído a uno de sus captores.

Con los dedos temblorosos, desbloqueó la pantalla y marcó el único número que sabía de memoria.

Al tercer tono, una voz grave y autoritaria contestó:

—¿Hola?

—¿Papá? —se le quebró la voz.

En la opulenta oficina del último piso de la Torre Moretti, Alexandro se erizó al instante. Reconoció el matiz de terror puro en la voz de su hija.

—¿Emma? ¿Dónde estás? ¿Qué ocurre?

—Papá... —Un sollozo traicionero escapó de su garganta—. Por favor... sálvame.

—¡Emma! Escúchame bien, ¿quién te tiene? Habla conmigo, dime qué ves a tu alrededor—demandó Alexandro, poniéndose de pie de golpe mientras su mirada se volvía de piedra.

—Tengo que colgar... vienen hacia acá—susurró ella.

—¿Quién está a...?

Emma cortó la llamada. Rápidamente borró el registro de marcación reciente y deslizó el teléfono en el bolsillo trasero de su pantalón.

En el despacho de la mafia, Alexandro soltó el teléfono sobre el escritorio de caoba. Su rostro perdió todo rastro de calidez humana; sus ojos negros destilaron un peligro mortal.

—Encuentren a mi hija —ordenó a los hombres armados apostados junto a la puerta. Su voz descendió a un tono helado—. Ahora. Si le rozan un solo cabello, quemaré esta ciudad hasta los cimientos.

En la cuna del secuestro, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Un hombre corpulento, con barba crecida y tufo a alcohol, entró bloqueando la salida.

—Mira nada más... la bella durmiente despertó —dijo, sonriendo de lado mientras avanzaba hacia ella con intenciones evidentes.

—¡Aléjate de mí! —gritó Emma, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared de ladrillos.

—Nadie va a oírte aquí, linda. No hay salida, así que más vale que cooperes.

El hombre se lanzó hacia adelante y la sujetó de las muñecas. Emma luchó con uñas y dientes, retorciéndose y pateando con todas sus fuerzas. En el forcejeo, la mano del sujeto rozó el bolsillo trasero de Emma y sintió el contorno duro del teléfono.

Él la empujó con brusquedad contra el suelo y le arrebató el aparato.

—¿Qué demonios es esto? —rugió, apretándole la muñeca con violencia—. ¿De dónde sacaste esto? ¡¿Con quién estabas hablando?!

—¡Me estás lastimando! ¡Déjame!

Los gritos atrajeron pasos pesados por el pasillo. Dos hombres más irrumpieron en el cuarto con las armas desenfundadas.

—¿Qué carajos pasa aquí?

—La atrapé con este teléfono. Estaba intentando pedir ayuda.

—¡Es mentira! —interrumpió Emma, forzando la voz para sonar indignada en lugar de aterrorizada—. ¡No llamé a nadie! Estaba oscuro y quería ir al baño, solo iba a usar la linterna. ¡Revisen el historial si quieren!

Los hombres se miraron entre sí, dudando. Antes de que pudieran encender la pantalla del teléfono, un paso lento y pesado resonó en el pasillo.

Un hombre alto, portando una máscara táctica negra que solo dejaba ver unos ojos fríos e inexpresivos, se detuvo en el marco de la puerta. Una marea de autoridad absoluta inundó la habitación.

—Lárguense —ordenó el líder con una voz rasposa y modulada.

Sin objetar una sola palabra, los captores guardaron sus armas y salieron en fila. El líder le echó una última mirada indescifrable a Emma antes de cerrar la puerta de roble y pasar el pesado cerrojo de hierro por fuera.

Emma dejó caer la cabeza hacia atrás contra la pared, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Abajo, en la mesa del comedor rustico, el líder tiró una gruesa carpeta de cuero sobre la mesa. El impacto levantó una nube de polvo.

—Cometieron un error —dijo el líder, cruzándose de brazos.

Los otros tres hombres se congelaron a mitad de servir sus tragos.

—¿De qué hablas? Agarramos a la chica a la salida del club, tal como decía la orden.

El líder abrió la carpeta y sacó dos fotografías impresas en alta resolución. Deslizó la primera sobre la mesa.

—Esta es Emma Vick. La hija del magnate de bienes raíces que debíamos presionar.

Luego, deslizó la segunda fotografía: el rostro de la joven que tenían encerrada arriba.

El silencio que siguió en la habitación fue denso, pesado, aplastante. Uno de los secuestradores tomó el papel; sus manos comenzaron a temblar visiblemente.

—Esta no es la chica Vick... —murmuró con la voz sofocada.

—No —dijo el líder, y por primera vez, su voz firme dejó entrever una grieta de pavor—. Esa es Emma Moretti.

Uno de los hombres dejó caer su vaso de whisky, haciéndose añicos contra el suelo.

—¿M-Moretti? —tartamudeó el más joven del grupo, palideciendo hasta quedar lívido—. ¿La única hija de Alexandro Moretti? ¿El jefe de la red criminal más despiadada del país?

El líder asintió lentamente, mirando hacia el techo, justo en dirección a la habitación donde descansaba la chica.

—No solo nos equivocamos de objetivo... —dijo el líder en un susurro siniestro—. Acabamos de desatar un infierno del que ninguno de nosotros saldrá vivo.

En ese preciso instante, en la pared exterior de la casa, un pequeño indicador rojo parpadeó en la oscuridad. El rastreador GPS del teléfono de Emma acababa de enviar la ubicación exacta a los servidores de la mafia Moretti.

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