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Capítulo 2

작가: Dawn Ether
—De verdad pensé que habías cambiado para bien, pero sigues siendo la misma de siempre —me reprochó mi hijo, Devin Stone, acercándose sin ocultar su decepción—. ¿Qué estás tramando ahora?

Dominic apartó la mano de mi muñeca. Bajé el brazo dolorido y miré a Devin. Que Dominic pensara lo peor de mí ya no importaba. Escucharlo de mi hijo fue distinto.

Nina le pasó una mano por la espalda. Devin aceptó el gesto sin apartarse. Con ella sí parecía sentirse seguro.

—No puedes hablarle así a tu madre —lo regañó con voz dulce—. Discúlpate ahora mismo.

Devin apretó los labios. La orden no le gustó nada, pero acabó obedeciendo.

—Lo siento, mamá —murmuró de mala gana.

No me miró al disculparse. Solo lo hizo porque Nina se lo había ordenado.

Al verlo así, se me hizo un nudo en el pecho. Devin no siempre había sido así.

Antes me tomaba las manos con cariño o se recostaba en mis piernas para pedirme historias. A la hora de dormir, enredaba un mechón de mi cabello entre sus dedos. Por un momento volví a sentir el peso de su cabeza sobre mis piernas.

Una vez le pregunté por qué lo hacía.

Devin sonrió antes de responder.

—Porque así sé que siempre estás a mi lado —me explicó mientras se abrazaba a mi cintura.

Todavía conservaba esa costumbre. No importaba cuánto discutiéramos: siempre hacíamos las paces antes de dormir.

Tal como esperaba, Devin volvió a acercarse a mí.

—Papá tiene que acompañar a Nina hoy —empezó—. Mamá, vamos a dormir. Quiero…

Antes de que terminara, saqué una daga y, de un tajo, me corté un mechón de cabello. El mechón cayó sobre mi palma y Devin se quedó mirándolo sin entender.

—¡Jemima! —gritó Dominic.

—¡Mamá! —chilló Devin al mismo tiempo.

Le extendí el mechón a mi hijo. Sus manos temblaron, pero no intentó recibirlo.

—Toma. Ya estás grande —le dije sin que me temblara la voz—. Desde hoy dormiremos en habitaciones separadas.

Los ojos de Devin se llenaron de lágrimas. Parpadeó varias veces, como si todavía pudiera contenerlas.

—Mamá… —susurró, pero la voz se le quebró y empezó a llorar.

Quise abrazarlo, pero no me moví.

Nina dio un paso hacia Devin, pero cambió de dirección y se dejó caer de rodillas frente a mí.

—Jemima, por favor, no te enojes con Dominic ni con Devin —me rogó con los ojos húmedos—. Ellos te quieren de verdad. Voy a romper la maldición de amor cuanto antes y después me iré. No volveré a molestarte.

La primera vez que la maldición se desató, vi a Dominic y a Nina juntos con mis propios ojos.

Nina también me rogó de esa manera. Dominic, en cambio, cayó de rodillas frente a mí y no paró de pedirme perdón.

—Yo… no sé qué pasó —balbuceó, desesperado—. Jemima, por favor, perdóname. Yo…

Se disculpó una y otra vez. Hasta me dijo que podía golpearlo si eso me hacía sentir mejor. Por un momento creí que todavía quería salvar nuestro matrimonio.

Estaba a punto de responder cuando Nina amenazó con hacerse daño. Dominic corrió hacia ella, la levantó en brazos y se la llevó sin pensarlo dos veces. Ni siquiera miró atrás.

Todavía recordaba el paso firme de Dominic mientras se alejaba con ella en brazos y me dejaba atrás. Durante años, reviví aquella escena día tras día.

Yo no había armado una escena porque sí. La traicionada era yo.

Dominic me miró con rabia.

—¿Ya estás contenta? —me reclamó—. Si estás enojada conmigo, desquítate conmigo. ¿Por qué armas este escándalo frente a Devin? ¿Y por qué te desquitas con Nina?

Devin corrió hacia ella sin dejar de llorar.

—Nina, levántate —le pidió entre sollozos mientras la agarraba del brazo. Luego volteó hacia mí, furioso—. ¡Bien! Dormiremos separados. Mejor para mí. De todos modos, odio dormir contigo.

De un manotazo, tiró el mechón al piso. Luego lo pisoteó con rabia mientras yo lo miraba sin detenerlo.

Al verlo aplastado bajo su zapato, recuperé la calma. Con ese mechón también terminaba la costumbre que nos mantenía unidos cada noche. Sus palabras dolieron, pero ya no podían hacerme cambiar de decisión.

En mi vida pasada, seguir atrapada en aquel enredo me había costado la vida de mi bebé y la de toda mi familia.

Esta vez no permitiría que mis emociones me llevaran al mismo final.

—Está bien —respondí sin cambiar el tono—. Si no hay nada más, me voy.

—¡Detente! —ordenó Dominic.

Me observó como si intentara descubrir en qué momento me había convertido en otra persona. Al final, rodeó a Nina con un brazo y me señaló con la barbilla.

—Discúlpate con ella —me exigió.

En ese momento, sentí un dolor agudo en el vientre. Mi bebé parecía recordarme que no valía la pena seguir con aquella farsa.

Me cubrí el abdomen con una mano. Sin decir nada, me arrodillé y bajé la cabeza. Mis rodillas chocaron contra el suelo frío.

—Lo siento —dije con calma.

Dominic se quedó mirándome, sorprendido. Mi disculpa, en lugar de calmarlo, pareció herirlo.

—Tú… —murmuró.

Tragó saliva y apretó los dientes. Mi obediencia lo enfureció todavía más.

—Jemima, antes preferías morir que ceder —me reclamó con rabia—. ¿Y ahora te arrodillas así de fácil? Ya que quieres hacerte la esposa perfecta, desde hoy prepararás la comida de Nina y la cuidarás hasta que se recupere. Quiero que pueda darme un hijo.

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