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Capítulo 3

작가: Dawn Ether
Pasé todo el día siguiente encerrada en la cocina. No tuve ni un minuto para descansar. Tenía la ropa empapada de sudor y me ardían los pies de tanto estar frente a los fogones.

Apenas terminé la cena, la puerta se abrió de un empujón y Dominic entró cegado por la ira. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró del cuello. Sus dedos se cerraron sobre mi garganta y me cortaron el aire.

—¡Creí que solo hacías esto por despecho! —me gritó en la cara—. ¡No sabía que eras una maldita desgraciada! ¡¿Cómo te atreviste a envenenar la comida de Nina?! ¡Esta vez sí te pasaste, Jemima!

Solo entonces aflojó los dedos y retiró la mano de mi cuello. Tomé aire y me cubrí la garganta, que todavía me ardía, pero no bajé la mirada. Ya había entendido lo que ocurría. Igual que en mi vida pasada, Dominic creía todo lo que Nina decía. Cuando ella aseguró que yo casi le había hecho perder a su bebé, él mandó a encerrar a toda mi familia. Cuando dijo que quería convertirse en su esposa, Dominic usó la vida de mi familia para obligarme a aceptar. Sentí una punzada en el pecho al recordarlo, pero no dejé que se notara.

—Emma estuvo conmigo todo el tiempo —respondí sin apartar la mirada—. ¿Cómo habría podido envenenarla sin que ella se diera cuenta?

Emma Dunn, el ama de llaves, dio un paso al frente.

—General Stone, la señora Stone sí se comportó de una forma un poco extraña —admitió con cautela—. Aun así, me cuesta creer que haya envenenado a la señorita Lowe. Permítame revisarla.

Dominic asintió sin dudarlo. Emma pasó las manos por mi ropa y, cuando llegó a mis brazos, sus dedos se deslizaron por el borde de una de mis mangas. Después, un paquete lleno de polvo cayó al suelo. Ella se apresuró a recogerlo.

—¡¿Qué es esto?! —chilló Emma mientras se lo mostraba a Dominic.

Dominic apretó la mandíbula. En cuanto vio el paquete, su ira aumentó.

—Jemima, ¡¿cómo vas a explicar esto?! —me exigió.

Miré la supuesta prueba y me reí sin ganas. Confiaba tan poco en mí que ni siquiera se le ocurrió investigar antes de culparme.

—Eso no es mío —respondí, señalando a Emma—. Lo metió en mi manga mientras me registraba. Es obvio que alguien le ordenó plantarlo. Tú…

Dominic no me dejó terminar. Me miró decepcionado, como si mi culpa ya estuviera demostrada.

—¿Alguien se lo ordenó? —repitió con la voz helada—. ¿Estás diciendo que Nina preparó todo esto?

En ese momento, Nina entró apoyada en dos sirvientas. Parecía a punto de desplomarse, pero aun así se dejó caer de rodillas para defenderme.

—Yo confío en Jemima —aseguró con voz débil—. Dominic, por favor, investiga a los demás.

Apenas terminó la frase, tosió y escupió sangre. Dominic la levantó en brazos sin pensarlo. Luego volteó hacia mí con los dientes apretados.

—¡Incluso así sigue protegiéndote! —rugió—. ¡Eres la señora de esta casa! ¡¿Cómo puedes ser tan malnacida?! ¡Guardias, llévenla al calabozo! ¡Que se quede ahí hasta que entienda lo que hizo!

Retrocedí por reflejo y choqué de espaldas contra una columna.

—¡No! ¡Ahí no! —grité mientras el aire comenzaba a faltarme—. ¡Dominic, sabes que le tengo miedo a la oscuridad!

Nos conocimos cuando él me sacó de un edificio en llamas. Desde aquel día me aterraban el fuego y los lugares oscuros. Dominic lo sabía mejor que nadie. Solo imaginar aquel calabozo negro hizo que me temblara todo el cuerpo.

—Por favor… Está bien, me equivoqué. Me disculparé con ella, pero yo no la envenené —le rogué, desesperada—. No me encierres ahí.

Dominic ni siquiera cambió de expresión. Las botas de los guardias resonaron en el piso cuando vinieron a buscarme. Intentaron arrastrarme y yo caí de rodillas.

—¡Por favor, no! ¡Dominic, estoy emba…! —intenté gritar.

No me dejó terminar. Me pateó para quitarme de en medio y se alejó con Nina en brazos sin mirar atrás. Un dolor intenso me atravesó el vientre y el sudor frío me corrió por la espalda.

Cuando volví en mí, ya estaba encerrada en el calabozo. No podía ver ni mis manos. En medio de aquella oscuridad, cada ruido sonaba diez veces más fuerte. Todos los recuerdos de mi vida pasada regresaron a la vez y sentí que iba a perder la cabeza.

—¡No! ¡Sácame de aquí, Dominic! —grité una y otra vez mientras golpeaba la puerta—. ¡Ya entendí! ¡Sé que hice mal!

Una parte de mí todavía esperaba que entrara corriendo, me abrazara y me dijera que no tuviera miedo, como había hecho una vez. Pero Dominic nunca llegó. Mucho después, la puerta se abrió y Nina entró con una antorcha en la mano.

Me aparté del fuego en el acto. Ella sonrió y bajó la mirada hacia mi vientre.

—Dominic no te escuchó hace rato, pero yo sí —susurró mientras acercaba la antorcha—. Estás embarazada, ¿verdad?

Me cubrí el vientre con los brazos y la sonrisa de Nina se ensanchó.

—No voy a permitir que ese bebé nazca con vida —amenazó sin dejar de sonreír.

Unos pasos apresurados resonaron afuera. Apenas conseguí ponerme de pie cuando Nina se abofeteó y se dejó caer al suelo.

—Yo solo quería sacarte de aquí —sollozó con la voz entrecortada—. ¿Por qué me golpeaste, Jemima?

—¡Nina! —gritó Dominic mientras entraba corriendo y la ayudaba a levantarse.

Vi mi oportunidad e intenté acercarme.

—¡No fue así! Ella acaba de… —traté de explicarle.

Dominic me apartó de un empujón. Retrocedí a trompicones hasta chocar con una esquina y caí al suelo. El dolor en el vientre me obligó a encogerme y me dejó sin voz. Él volvió a cargar a Nina y me miró desde arriba.

—¡Todavía no te arrepientes de nada! —me acusó con los dientes apretados—. Este lugar está muy oscuro y hace frío. Traigan leña para que la señora Stone pueda entrar en calor.

—No… —supliqué con la poca voz que me quedaba.

Después, todo se volvió negro.

Cuando desperté, Dominic y Nina ya no estaban. El calabozo se había llenado de humo. La garganta me ardía y tosí hasta que las lágrimas me corrieron por la cara. Entonces el dolor de mi vientre empeoró y entré en pánico.

«No. Otra vez no».

—Voy a protegerte —le prometí a mi bebé mientras apretaba las manos contra mi abdomen—. Te lo juro.

Pero la sangre siguió corriendo hasta formar un charco bajo mi cuerpo. No supe cuánto tiempo pasó antes de que abrieran la puerta.

Salí como pude, con mi hija muerta entre los brazos. El amanecer ya empezaba a iluminar el cielo cuando por fin pude pensar con claridad.

Tampoco había podido salvarla en esta vida. Me derrumbé y la abracé contra mi pecho.

—Perdóname… —sollocé.

Cavé una tumba con mis manos. La tierra se me metió bajo las uñas, pero seguí cavando hasta que pude enterrar a mi hija. Acababa de colocar una piedra a modo de lápida cuando Devin llegó corriendo.

—¡Sabía que eras tú! —me gritó mientras me señalaba con el dedo—. ¡No te conformaste con envenenar a Nina! ¡Ahora usaste brujería para hacerle daño!

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