تسجيل الدخولUN CADÁVER EN MI SOFA
Elena Carter tenía muchas cosas en su lista de “cosas que jamás haría en la vida”. Llevar a un hombre herido a su departamento en plena madrugada estaba en el top tres, justo debajo de “confiar en las promesas de un ex” y “comer sushi de una gasolinera”. Pero allí estaba. Con un hombre desangrándose en su sofá. —¿Cómo demonios terminé en esto? —murmuró, presionando una toalla contra la herida en su costado. El desconocido—porque sí, seguía siendo un maldito desconocido—estaba inconsciente, pero su respiración era firme. Eso era bueno, suponía. Aún no se moría. Punto para ella. —Vamos, grandote, necesito que no me demandes cuando despiertes —siguió murmurando mientras intentaba contener la hemorragia—. O que no me mates… eso también estaría genial. Se apartó un momento para observarlo. Era guapo. Pero no del tipo “modelo de revista” sino de ese atractivo letal que decía “tengo secretos oscuros y probablemente maté a alguien ayer”. Mandíbula fuerte, cejas rectas, labios tensos incluso en su inconsciencia. Como una estatua de mármol con mala actitud. —Apuesto a que eres un dolor en el culo cuando estás despierto. El hombre gruñó débilmente. ¿Gruñó? Elena parpadeó. No tenía tiempo para analizar si había imaginado eso o no. Necesitaba hacer algo con la bala. No era cirujana, pero había visto suficientes series médicas para saber que dejarla allí no era una opción. Fue a su pequeño botiquín y sacó unas pinzas. —Dios, dime que esto no terminará mal —susurró antes de inclinarse sobre él. Tomó aire y comenzó. Sujetó la bala con las pinzas y tiró. Cinco segundos después, el hombre se despertó. Y trató de matarla. Víktor Mikhailov despertó en un caos de dolor y confusión. Un ardor agudo le perforaba el costado, como si le hubieran prendido fuego por dentro. Su cuerpo estaba pesado, cada músculo tenso por el instinto de lucha. No sabía dónde estaba. No sabía quién lo había traído aquí. Pero había alguien encima de él. Su instinto se activó antes que su mente. Su mano se cerró en una garganta con fuerza. Un sonido ahogado. Un jadeo de sorpresa. Viktor enfocó la vista, pero en vez encontrar un sicario, se encontró con unos ojos enormes y asustados… y una mujer demasiado pequeña para estar en medio de esta m****a. La mujer del callejón. —¡Joder, suéltame! —intentó decir ella, aunque su voz salió como un silbido porque, claro, él la estaba ahorcando. Víktor parpadeó. M****a. El dolor lo golpeó con más fuerza al moverse y su visión se aclaró. Soltó su agarre y la vio caer sobre su trasero, tosiendo. No era una amenaza. Ella lo miraba con furia, llevándose una mano al cuello. Víktor se llevó la mano al costado y notó la venda improvisada. Su mirada recorrió el pequeño departamento. No estaba en un hospital. No estaba muerto. ¿Dónde carajo estaba? Su mente procesó los detalles a la velocidad del rayo. Espacio pequeño, sin lujos. Una sola salida. Sin cámaras. No era un sitio en el que lo buscarían de inmediato. Eso era bueno. Pero también significaba que no tenía idea de cuánta ventaja le llevaba su enemigo. —¿Intentabas matarme? —gruñó ella con voz ronca. Víktor la miró sin expresión. Unas pinzas ensangrentadas estaban en la mesa de centro. —¿Tú hiciste esto? —preguntó con voz rasposa. Ella puso los ojos en blanco. —No, el hada de los primeros auxilios vino y te curó mientras yo veía N*****x. —bufó, poniéndose de pie con dificultad—. Y para ser sincera, si hubiera sabido que despertarías con el deseo de asesinarme, te habría dejado desangrarte. Víktor sintió una chispa de algo cercano a la diversión. Cercano. Ella se cruzó de brazos, aún sin miedo. —Si vas a intentar matarme otra vez, avísame. Así al menos me despido de mi cuenta bancaria. Víktor la observó en silencio. Esta mujer no era normal. Y eso, en su mundo, podía ser un problema. Víktor cerró los ojos un segundo. No sabía qué m****a estaba pasando, pero una cosa era segura. A esa mujer le debía su vida.La máscara de cristal. A simple vista, la reunión parecía una elegante velada de negocios: hombres trajeados conversaban con copas en la mano, algunas mujeres vestidas con lujo los acompañaban, y el ambiente estaba impregnado de un aire refinado. Pero había algo más bajo la superficie.Víktor salió de la sala privada con pasos tranquilos, como si hubiera discutido un simple contrato. Su saco negro estaba impecable, su rostro sereno. Nadie en el evento habría imaginado que, apenas unos minutos antes, había dictado una sentencia de muerte.Sus ojos buscaron instintivamente entre los asistentes. Y entonces la vio: Elena, de pie junto a una mesa, conversando torpemente con una mujer mayor que no paraba de hablar. Pero sus ojos no estaban en la conversación, estaban en él. Fijos. Atentos.La joven intentó no parecer nerviosa cuando él se acercó.—¿Todo bien? —preguntó él, como si nada fuera fuera de lo habitual.—Sí… claro —respondió ella, aunque su voz sonaba más aguda de lo normal—. Sol
La sentenciaElena sintió el peso de la tensión en la sala, como si el aire se volviera más denso con cada segundo que pasaba. Todos los presentes habían fijado la mirada en Lev, esperando su reacción, su defensa… su caída.El hombre tragó saliva, pero no levantó la vista del papel entre sus manos. Sus nudillos estaban blancos por la presión con la que lo sostenía.—No sé de qué hablas, jefe —intentó decir con voz controlada, pero el leve temblor en su tono lo delató.Víktor no apartó la mirada de él. Su postura relajada era una trampa, un falso sentido de calma antes del golpe definitivo.—No me hagas perder el tiempo, Lev. —Su voz sonó peligrosa—. ¿Cuánto te pagaron?El silencio se hizo aún más pesado.Lev levantó la cabeza, su mirada oscurecida por el miedo, pero con un destello de desafío.—No me han pagado nada porque no hice nada —soltó con un poco más de convicción.Víktor esbozó una sonrisa fría.—Entonces no te molestará que revisemos tu cuenta bancaria.La tensión se disparó
La prueba de lealtad Elena sintió un nudo formarse en su estómago. Sabía que Víktor no era un hombre común, pero la forma en que había dicho “no hay marcha atrás” le heló la sangre.Se obligó a mantener la compostura mientras lo seguía. Lo llevó por un pasillo más alejado del bullicio y entraron en una sala con iluminación tenue. Un grupo reducido de hombres esperaba dentro. Todos vestían trajes oscuros, con expresiones serias y posturas rígidas.Víktor se acercó a la mesa central, donde había un par de copas de whisky servidas. Se sirvió una sin prisa, dejando que el silencio dominara la habitación antes de hablar.—Sabemos que hay un traidor entre nosotros —dijo, con la calma de alguien que ya tenía el control de la situación—. Y esta noche vamos a averiguar quién es.Elena sintió que su cuerpo se tensaba.Los hombres se miraron entre ellos, y aunque ninguno habló de inmediato, la tensión en la sala se volvió más espesa.—Las últimas operaciones se han visto comprometidas. Informac
No hay marcha atrás Elena salió de la sala con la sensación de que acababa de hacer un pacto sin siquiera conocer sus términos. No podía evitar preguntarse si esa decisión la protegería… o la condenaría.Apenas regresó al salón principal, notó que la atmósfera había cambiado. Los murmullos se habían vuelto más intensos, y la llegada de nuevos invitados llenaba el espacio con una energía densa. Hombres trajeados intercambiaban saludos con sonrisas medidas, mientras sus guardaespaldas se mantenían cerca, atentos a cada movimiento.—Bebe esto.Elena giró la cabeza y vio a Sergei extendiéndole una copa de champagne.—No bebo mientras trabajo —respondió con escepticismo.Sergei soltó una carcajada breve.—No es para que te relajes, sino para que encajes. Aquí, todos sostienen una copa, incluso si no toman un solo sorbo.Elena tomó la copa con un suspiro y la sostuvo entre los dedos, tratando de aparentar naturalidad.Pero su piel aún ardía con la sensación de la conversación con Víktor.M
Cruzando el umbral parte 2—Bien —dijo finalmente—. Sígueme.Elena obedeció, aunque por dentro sentía que estaba a punto de meterse en un terreno peligroso.Elena sentía el peso de cada paso mientras seguía a Víktor a través del pasillo. El bullicio de la reunión quedaba atrás, pero la tensión en el aire no disminuía. Sabía que este no era un simple cambio en sus responsabilidades. Algo dentro de ella le gritaba que estaba entrando en un mundo del que quizás no podría salir tan fácilmente.Víktor la condujo a una sala más pequeña, con muebles de cuero y una iluminación tenue. No era tan lujosa como otras partes de la mansión, pero tenía un aire de exclusividad, como si solo unos pocos tuvieran el privilegio de estar allí. Él se giró para mirarla, su rostro impasible como siempre.—A partir de hoy, además de ser mi mucama, asistirás a algunos eventos conmigo —dijo con su tono frío y calculador.Elena entrecerró los ojos, cruzándose de brazos.—¿Eventos como este?—Sí. Reuniones, cenas,
Cruzando el umbralElena se removió en su asiento, sintiendo que esa conversación se volvía más extraña con cada segundo.—Entonces… además de limpiar y ordenar, ¿quieres que sea algo así como tu asistente en eventos? —preguntó con cautela.Víktor ladeó la cabeza, su mirada analizando cada una de sus reacciones.—Puedes llamarlo así si quieres.—¿Y qué se supone que haga exactamente en esas reuniones? —insistió, cruzándose de brazos.Él sonrió de manera enigmática.—Escuchar, observar, servir si es necesario… y no hacer preguntas.Elena sintió que su estómago se apretaba. ¿Escuchar y observar? ¿Qué clase de reuniones eran esas?—¿Cuándo es la primera? —preguntó con fingida indiferencia.—Mañana en la noche —respondió Víktor sin vacilar—. Ponte algo elegante. No te preocupes por el vestido, Sergei se encargará de eso.Elena abrió la boca para protestar, pero se contuvo. No tenía sentido discutir. Además, todavía no tenía pruebas concretas de que su jefe era algo más que un millonario e







