LOGINLa habitación se sentía extrañamente vacía ahora. Solo el suave tintineo de la porcelana rompía el silencio mientras las doncellas recogían las tazas de té abandonadas y los platos de galletas que nadie había tocado. Barrister Dash permanecía sentado al otro extremo de la mesa, dándoles a las dos mujeres la privacidad necesaria para hablar, mientras los tres hombres continuaban de pie cerca de la entrada, exactamente donde habían permanecido desde el momento en que entraron.
La madre de Salma cruzó la habitación y se acomodó en el sofá de terciopelo junto a ella. Durante un rato, ninguna de las dos dijo nada. Simplemente tomó la mano de Salma y la sostuvo entre las suyas. —Sabes, Salma... —dijo con suavidad, acariciando distraídamente con el pulgar el dorso de la mano de su hija—. Al menos podrías pensarlo. Salma soltó una risa baja e incrédula. —¿Pensarlo? —No tienes que tomar una decisión hoy. —No tengo ninguna decisión que tomar. —La voz de Salma sonó plana—. Papá ya decidió por mí. Las palabras quedaron suspendidas entre ellas. Su madre suspiró y bajó la mirada por un instante. —No voy a fingir que tu padre tenía razón. No tenía derecho a imponerte algo así. —Hizo una pausa antes de volver a mirar a Salma—. Pero también sabes cómo funcionaba su mente. Una vez que creía que algo era necesario, no había manera de hacerlo cambiar de opinión. Salma tragó con dificultad. —Nunca escuchaba. —No —admitió su madre en voz baja—. Escuchaba... simplemente siempre creía que sabía qué era lo mejor. Aquello dolió aún más porque era verdad. Salma sintió que el pecho se le oprimía mientras su mirada se desviaba hacia la pila de contratos matrimoniales que seguía sobre la mesa de caoba. Tres contratos. Tres desconocidos. Un año. Todo por lo que había trabajado reducido a un acuerdo al que jamás había dado su consentimiento. —Me ignoró por completo —susurró. Su voz tembló a pesar de sus esfuerzos por mantenerla firme. —Ignoró todo lo que quería... todo lo que soy. Las lágrimas contra las que había luchado desde la lectura del testamento finalmente comenzaron a caer. —Toda mi vida... —dijo, secándose las mejillas con rabia—, intentó arreglarme. Cada vez que me presentaba al hijo de algún político o al sobrino de algún multimillonario, pensaba que, tarde o temprano, cambiaría. Su madre le pasó un brazo alrededor de los hombros. —Mi niña... —Él sabía que amaba a las mujeres. —Lo sé. —Lo sabía. —La voz se le quebró. —Y aun así hizo esto. Por primera vez aquella mañana, Salma dejó de intentar ser fuerte. Se dejó caer en el abrazo de su madre, con los hombros temblando bajo el peso de todo lo que Arthur había dejado atrás. Su madre le acarició el cabello lentamente, con movimientos tranquilos y reconfortantes. —Tu padre se obsesionó —dijo en voz baja—. No con controlarte... sino con proteger todo aquello que había construido durante toda su vida. En algún momento, se convenció de que ambas cosas eran lo mismo. —Suspiró—. Tú eras la única hija biológica que tuvo. En su mente, el apellido Wellington solo podía sobrevivir a través de ti. Salma cerró los ojos. —Amo a Aria. Las palabras apenas fueron un susurro. —Se suponía que nos casaríamos en diciembre. Una sonrisa triste apareció fugazmente en su rostro antes de desaparecer. —Ya había empezado a enviarme fotos de complejos turísticos en la playa. Quería una boda en un destino especial. Incluso bromeó diciendo que probablemente lloraría antes que yo. Una lágrima recorrió la mejilla de Salma. —Hablamos de adoptar después de un año. Ya tenía nombres elegidos... —Soltó una risa temblorosa—. Había planeado todo nuestro futuro antes de que yo siquiera decidiera qué flores quería. El corazón de su madre se encogió al escucharla. —Aria te ama. —No sé si podrá seguir amándome después de esto. —No lo sabrás hasta que se lo cuentes. Salma negó con la cabeza. —¿Y cómo se supone que debo explicárselo? —preguntó con amargura—. ¿Cómo le digo a la mujer con la que se supone que voy a casarme que mi padre muerto me ha ordenado casarme primero con tres hombres? Ninguna de las dos tenía una respuesta. Después de un largo momento, su madre volvió a hablar. —Si de verdad conoce tu corazón, entenderá que nada de esto fue decisión tuya. Salma soltó una risa entre lágrimas. —Diablos, ni siquiera quiero tener hijos. Se apartó y se secó el rostro con furia. —¿Alguna vez papá me preguntó qué quería? ¿Alguna vez se detuvo a pensar que quizá no quería continuar con su precioso linaje? Simplemente decidió cómo debía ser mi vida, vinculó mi herencia a ello... Su voz se endureció. —...y luego murió. Se puso de pie tan bruscamente que el sofá se desplazó ligeramente detrás de ella. —No voy a hacer esto. Su madre se levantó de inmediato y la tomó de la mano antes de que pudiera alejarse. De pie junto a la alta figura de Salma, parecía casi delicada, pero había una fuerza serena en la manera en que se aferraba a ella. —No tomes esta decisión hoy —dijo suavemente—. Estás de duelo. Estás enfadada. No tienes que aceptar los deseos de tu padre en este mismo instante. Le apretó la mano. —Tómate el tiempo para conocerlos. Soporta un año si eso es lo que hace falta. Cuando termine, podrás alejarte de los tres y regresar a la vida que siempre has querido. Miró los ojos llenos de lágrimas de su hija. —Eres la única heredera de Wellington Group, cariño. —Su voz continuó siendo suave, pero firme—. Empieza a comportarte como tal. Ante las palabras de su madre, Salma tragó el nudo que tenía en la garganta y respiró profundamente. Se secó las lágrimas, se acomodó la chaqueta y volvió a sentarse. Después dirigió la mirada hacia los tres hombres que habían estado esperando, tranquilos y pacientes, a que ella tomara una decisión. —Preséntense —ordenó. Su voz había recuperado su habitual tono autoritario. Se recostó contra los cojines, una sonrisa oscura y cínica curvando sus labios mientras murmuraba para sí: —Ya que tengo que hacerlo, al menos me divertiré un poco. El primer hombre dio un paso al frente de inmediato. Tenía la piel color caramelo y era brasileño, con unos llamativos ojos color avellana y una abundante cabellera oscura y rizada. Era alto y corpulento, y su traje negro parecía hecho a la medida de su imponente físico. Cuando habló, su voz profunda estaba impregnada de una seguridad absoluta. —Soy Adam —dijo, sosteniendo la mirada de Salma sin una sola señal de intimidación. Salma lo recorrió de arriba abajo con la mirada. Era innegablemente atractivo, y aquella energía atrevida era exactamente lo que necesitaba para poner en marcha aquel circo. Con una sonrisa fría, lo miró directamente y le comunicó sus condiciones. —No sería mala idea que nos casáramos primero. Dentro de tres semanas, un martes por la noche. Adam pareció encantado consigo mismo. Hizo una breve y respetuosa inclinación de cabeza y se volvió para seguir al sirviente que inmediatamente lo condujo por la gran escalera para mostrarle el ala de la mansión que le había sido asignada. En cuanto Adam abandonó la habitación, el segundo hombre salió a la luz. Tenía la piel pálida, casi de porcelana, el cabello rubio platino y los ojos verdes más intensos que Salma había visto en su vida. Su mandíbula parecía tallada en mármol y enmarcaba unos labios perfectamente definidos. Su abdomen delgado y marcado prácticamente tensaba la tela de su camisa blanca abotonada. Cuando habló, su nombre salió acompañado de un barítono profundo, grave y cargado de una sensualidad animal que provocó una repentina e inexplicable oleada de calor entre las piernas de Salma. —Shane —murmuró. Sus ojos se clavaron en los de ella como los de un depredador siguiendo a su presa. Salma dejó escapar una risita involuntaria, sin aliento, completamente tomada por sorpresa por la intensidad de su presencia. A su lado, su madre asintió de inmediato, aprobándolo. —Oh, Shane me gusta mucho —rió la mujer mayor, dándole un pequeño codazo a Salma. Salma, ahora genuinamente divertida por lo absurdo de aquel juego, le devolvió la sonrisa. Se inclinó hacia delante, sosteniendo la profunda mirada de Shane. —El jueves por la noche, Shane, serás mi esposo. Shane mostró una sonrisa encantadora e inesperadamente acompañada de un hoyuelo que contrastaba por completo con su aspecto peligroso. Caminó directamente hacia el sofá, tomó delicadamente la mano de Salma entre las suyas y depositó un suave beso sobre sus nudillos sin apartar los ojos de ella ni un solo segundo. Luego se incorporó, giró sobre sus talones y siguió a otro sirviente escaleras arriba, dejando a Salma sonrojada sobre el sofá. —¡Uuuuh, qué sexy! —exclamó su madre, abanicándose mientras Salma moría de vergüenza. —Arthur ciertamente tenía buen gusto para elegir hombres. Finalmente, el tercer hombre dio un paso al frente. Durante todo aquel tiempo, la mirada de Salma había regresado curiosamente hacia él una y otra vez. Era delgado y medía alrededor de un metro ochenta y tres, prácticamente a la misma altura que ella, y tenía una manera de comportarse notablemente suave y femenina. Sus cálidos ojos marrones transmitían bondad, mientras que su largo cabello castaño caía perfectamente más allá de sus hombros. Sus dedos estaban cuidadosamente arreglados, con una manicura impecable. En cuanto habló, su voz sonó dulce, elegante y reconfortante. La naturalidad con la que se desenvolvía hizo que Salma se levantara de su asiento, caminara hasta él y tomara sus suaves manos perfectamente cuidadas entre las suyas. —Bueno, papá sí tuvo la consideración de traer a uno que despertara mi curiosidad, ¿eh? Salma soltó una carcajada, volviéndose hacia su madre con absoluto asombro. El hombre sonrió con elegancia. —Me gustas, Devon —dijo Salma, dejando que un tono juguetón y coqueto se filtrara en su voz mientras le daba unas palmaditas en la mano—. De hecho, vas a ser mi primer esposo. El lunes por la noche, Devon. Devon hizo una elegante inclinación de cabeza y se volvió para marcharse con la doncella. Salma lo observó alejarse, reparando en el ligero y deliberado movimiento de sus pasos que hacía que su cintura se marcara con una elegancia natural. Con una sonrisa divertida, volvió a acomodarse en su asiento y tomó su copa de cristal para disfrutar junto a su madre del vino tinto que quedaba.Salma se había despertado una semana atrás con la sensación de que su vida ya no le pertenecía. Llevaba dos meses casada y, de alguna manera, había conseguido establecer una rutina para mantener tranquilos a todos los hombres con los que de repente tenía que lidiar en su vida. Pero la cruda verdad era que estaba perdiendo a diario la mejor parte de su vida. Aria se estaba alejando poco a poco de ella. El amor de su vida se estaba quedando cada vez más en silencio, y Salma había estado tan absorta en el Testamento y en los deseos de su padre que había perdido completamente de vista lo que de verdad importaba y lo que la hacía feliz, verdaderamente feliz.Había pasado toda la semana evitando a todos los hombres y concentrándose estrictamente en el trabajo. A pesar de todos sus esfuerzos, seguía sin poder hablar con Aria apropiadamente sin inventar alguna excusa poco convincente para terminar la llamada antes de que la culpa la delatara. Para sobrellevarlo, había aceptado todas y cada un
Shane intentó hacerle una señal discreta con un firme movimiento de cabeza, rogándole que no se acercara.Aunque al principio Cherry se había mostrado reacia a que Shane aceptara el trato, le había hecho prometer que lo mantendría estrictamente profesional y que no habría ningún trato especial, y Shane había aceptado sin problema. Sabía que llevar a Salma allí, al restaurante al que Cherry lo había llevado para celebrar su aniversario, era una mala idea, pero estaba tan absorto en sus pensamientos, intentando hacer todo lo posible por complacer a Salma. Antes de que Cherry pudiera acercarse tambaleándose, Shane se volvió hacia Salma.—¿Quieres salir de aquí?Salma pareció emocionada por el repentino cambio de planes y asintió con entusiasmo. Sin embargo, no estaba completamente ajena a lo que ocurría; había notado su repentino pánico, y sus ojos siguieron brevemente la dirección de su mirada hasta la influencer de estilo de vida que se acercaba tambaleándose y el grupo de amigos que l
Para el resto del mundo, Shane era un coqueto despiadado y calculador, de físico encantador, pero su rutina de los martes y jueves era la que había tomado a Salma completamente por sorpresa. Mientras Adam llevaba sus límites al extremo con sus noches desenfrenadas de discotecas, fiestas y sexo, y Devon la desafiaba con su sumisión, Shane la estaba cortejando de verdad, de una manera deliberada y romántica.Después de que su padre falleciera, había jurado afrontar aquella condena matrimonial de doce meses con una madurez estricta y profesional. Apenas llevaba siete semanas dentro de aquel acuerdo, intentando hacer todo lo posible por mantener una actitud abierta hacia todos los hombres de su vida, pero el enfoque particular de Shane la irritaba. No solo lo había ignorado durante sus primeras presentaciones porque estaba demasiado ocupada mirando a Devon, el más femenino de los tres, sino que Shane realmente creía que podía conseguir que dejara de ser gay simplemente siendo dulce y adop
El beso profundo y prolongado bajo el cielo ámbar que se desvanecía los dejó a ambos sin aliento. Cuando Devon se apartó lentamente, sus cálidos ojos marrones estaban oscurecidos y un suave rubor le calentaba el rostro. Incluso con su esbelta estatura de un metro ochenta y tres, su cuerpo atlético y entrenado transmitía una fuerza silenciosa adquirida durante años de artes marciales y entrenamiento de combate, pero en aquel porche se despojaba voluntariamente de toda aquella guardia. Salma levantó la mirada hacia él, con sus ojos felinos brillando con una chispa juguetona y dominante que tomó por completo el control del espacio entre ambos al instante.—Vamos dentro, Devon —murmuró, con una voz suave e inquebrantable.Devon asintió, con una suave sonrisa sumisa jugando en sus labios mientras dejaba que ella tomara su mano. Atravesaron las puertas de cristal y entraron en la penumbra de la suite principal, con las pesadas cortinas ya corridas para bloquear el resto del mundo. Para Salm
La infancia de Devon no había sido más que un confuso caos de intentos por sobrevivir. Nunca conoció a sus padres biológicos, y crecer dentro del sistema de acogida significó pasar de un hogar a otro durante toda su vida, sin que nadie supiera realmente ni le dijera de dónde venía. Adondequiera que fuera, tenía que soportar un trato muy duro, tanto físico como psicológico. Cuando apenas tenía nueve años, un padre de acogida cruel hizo todo lo posible por destrozarlo. El hombre le gritaba a Devon todos los días, llamándolo débil y burlándose de él simplemente porque era más sensible y delicado que los demás chicos.Aquel hombre destruyó por completo su confianza en sí mismo, manteniendo a Devon a su lado únicamente para las visitas de los servicios sociales y utilizando el dinero para financiar su fuerte adicción a la bebida. Aterrorizado y completamente solo, Devon dejó de hablar por completo. Se escondía en los rincones, y el acoso severo que sufría en la escuela hizo que sus notas c
—Hola, cariño —la dulce y elegante voz de Devon interrumpió sus profundos pensamientos.Subió rápidamente los escalones del porche hacia ella, con sus brazos desnudos acunando una enorme sandía verde con manchas amarillas. Salma levantó la mirada de su portátil y una sonrisa genuina apareció de inmediato en su rostro. Dio un lento y refrescante sorbo al zumo fresco de apio y col rizada que él le había preparado aquella mañana.—No me digas que el jardín ya está dando frutos enormes, Devon —rio ligeramente mientras él le sonreía juguetonamente.—Ojalá —hizo un puchero, antes de volver a esbozar una enorme sonrisa mientras se acercaba al lugar donde ella estaba sentada—. Las compré ayer en la tienda. Quiero intentar plantarlas. Escuché que son muy dulces y que tienen un sabor parecido al de un caramelo. —Dejó la pesada fruta sobre la mesa de madera—. Me pregunto si crecerían bien aquí. En realidad, es originaria de las regiones semidesérticas de África. La llaman Crimson Sweet amarilla.







