LOGINLa inmensa cama king-size, vestida con sábanas de seda blanca, dominaba el centro del dormitorio principal.Clarissa, vistiendo un conjunto de pijama de satén holgado pero elegante, acomodó con minuciosidad tres almohadones de plumas a lo largo del colchón, trazando una línea divisoria impecable justo en la mitad de la superficie.Bastian emergió del vestidor abrochándose los botones del pantalón de descanso, con la camisa entreabierta sobre el pecho. Se detuvo a la orilla del mueble, observando la barricada textil con una ceja ligeramente arqueada.—¿Una muralla de almohadones, Clarissa? —inquirió Bastian con una voz grave, impregnada de una diversión contenida.—Es una frontera preventiva —respondió ella, dándole un último golpe con el puño a la última almohada para afianzarla—. Un acuerdo tácito para evitar invasiones territoriales durante la noche.Bastian contempló la barrera y luego clavó sus ojos oscuros en el rostro de la joven. Dejó escapar un suspiro pausado, un aliento pesa
La fresca brisa del atardecer movía las cortinas de la terraza del parador cuando el móvil empezó a sonar con un zumbido metálico y persistente. Clarissa miró la pantalla. El número no estaba guardado en su lista de contactos, pero la combinación de cifras le causó un inmediato rechazo en el estómago.Presionó la pantalla táctil y se llevó el auricular al oído con serena tranquilidad.—¿Tienes alguna pizca de vergüenza en la sangre, Clarissa? —espetó la voz chillona de Verónica, cargada de una histeria sofocante—. Mírate nada más, ridícula. Alojándote en la misma suite que el presidente de la multinacional. ¿Acaso no te importa guardar las apariencias mientras el proceso legal de la separación sigue su curso?Clarissa escuchó la respiración agitada al otro lado de la línea, sosteniendo la compostura con una frialdad matemática.“Sigue creyendo que sus chillidos tienen el poder de acobardarme”, razonó la joven, apretando con fuerza la funda del dispositivo que llevaba en su bolsillo. O
La voz de Teodora cortó el aire de la piscina con la nitidez de un cristal al romperse. La prestigiada matrona ni siquiera se inmutó cuando Natalia y sus amigas la miraron con incredulidad.—Si no se retiran inmediatamente de esta zona, me aseguraré de que la dirección del hotel invalide sus pases y agregue sus nombres a la lista negra de la cadena —sentenció Teodora, dando un paso al frente con una compostura aristocrática—. La discriminación barata y la vulgaridad no son toleradas entre personas con auténtica educación.Natalia sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Camila agachó la vista, incapaz de sostener la mirada de una mujer tan influyente, mientras Thiago daba dos pasos hacia atrás en silencio. Sin atreverse a articular una sola objeción, el grupo recogió sus pertenencias y se retiró a toda prisa por el pasillo lateral, tragándose la humillación.Clarissa nadó hacia la orilla con brazadas limpias. Apoyó las manos sobre el borde de mármol y salió del agua con una
Apenas el elevador privado cerró sus puertas doradas llevándose a Bastian, Natalia dejó escapar un resoplido cargado de veneno, frotándose la muñeca enrojecida. Se volvió hacia su círculo cercano con la mirada inyectada en furia.—¡Es ridículo! —exclamó Natalia, alzando la voz para que las personas más cercanas escucharan su indignación—. ¿De verdad tenemos que creernos esta farsa? ¿Desde cuándo una muerta de hambre como Clarissa tiene derecho a usar la suite VIP por mérito propio?—Por favor, Natalia, todos sabemos cómo consiguen esas facilidades las mujeres como ella —intervino Camila, una de sus amigas, acomodándose las gafas de sol con gesto despectivo—. Un hombre con semejante posición no lleva a una cualquiera a la suite presidencial de gratis.—Exacto —añadió Thiago, cruzándose de brazos mientras soltaba una risotada burlesca—. En la facultad no tenía ni para pagar las copias de los exámenes. ¿Y ahora resulta que se pasea por el hotel más exclusivo de Canadá?—Se vendió al mejo
El joven empleado del turno de la tarde, contratado hacía apenas tres días, apretaba la tabla de apuntes con los nudillos blancos mientras sudaba frío. Su inexperiencia en el puesto le impedía comprender la jerarquía del recinto; desconocía por completo los protocolos especiales que eximían a los huéspedes de la suite presidencial VIP de llevar boletos, sellos de tinta o registros impresos en la piel.—Lo siento, señorita —balbuceó el trabajador, acorralado por la presión social de los clientes—. Si no me muestra una acreditación visible, debo pedirle que abandone el área inmediatamente.Natalia y su grupo de amigas estallaron en risas estridentes, cruzándose de brazos con una superioridad cargada de veneno.—¡Escucharon todos! —gritó Natalia, dirigiéndose a la multitud con un tono burlesco—. ¡Que la saquen de una vez! ¡Esta muerta de hambre no tiene dónde caerse muerta y viene a apestar el área VIP de la gente decente! ¡Seguridad, sáquenla a la calle antes de que robe algo más!Los m
El alboroto comenzó a reverberar contra las paredes de cristal del recinto acuático. Atraídos por los gritos desatinados de Natalia, varios huéspedes acomodados que descansaban en las tumbonas de teca levantaron la cabeza, sosteniendo sus copas de champán con curiosidad despectiva. En cuestión de segundos, un círculo de miradas inquisitivas y murmullos ahogados comenzó a cerrarse en torno a la piscina.Natalia, al sentir el respaldo del público, infló el pecho con arrogancia y elevó aún más la voz, llena de un dramatismo venenoso.—¡No solo es una colada, es una delincuente! —proclamó la arpía, señalando a Clarissa con un dedo acusador—. ¡Tengan mucho cuidado con sus carteras y sus joyas! Quienes la conocemos desde la facultad sabemos de lo que es capaz. En la universidad siempre desaparecían pulseras, cosméticos y dinero en efectivo de los casilleros del vestidor. ¡Todas sabíamos perfectamente que esta muerta de hambre era la ladrona que robaba a escondidas!Un murmullo de indignació







