LOGINLa miré sin saber qué decir durante unos segundos. Damián me estaba investigando. No preguntándome. Investigándome. —¿Y qué respondió Teresa? —pregunté finalmente. —Lo que recordaba. —Eso no me ayuda. Carmen dejó escapar el aire con impaciencia. —No dijo nada que te descubriera. Por suerte, vosotras sois gemelas y compartisteis muchas cosas durante años. Pero no podemos confiar en que todas las preguntas sean tan fáciles de responder. Me alejé hacia la cómoda. —Sabía que sospechaba. —¿Qué quieres decir con que lo sabías? —preguntó Carmen, acercándose un paso. —Me observa demasiado. Hace preguntas pequeñas y después parece guardar las respuestas —expliqué mientras apoyaba las manos sobre la madera—. La otra noche me preguntó por Nora. Le dije que era amiga de la universidad y enseguida quiso saber desde cuándo. Mi madre palideció ligeramente. —¿Le hablaste de Nora? Me giré. —No le conté nada importante. —Nora era amiga tuya, Elena. No de Isabella. —Lo sé. —Enton
La noticia de que mis padres estaban en la mansión me llegó por Klaus poco después del mediodía. Yo estaba en la habitación colocando algunas cosas dentro del armario para que aquella convivencia improvisada con Damián pareciera mínimamente creíble cuando escuché un golpe suave en la puerta. Cerré el cajón donde acababa de guardar dos camisetas y me giré. —Adelante —respondí mientras apartaba una bolsa vacía del borde de la cama. Klaus asomó primero la cabeza y después entró apenas lo necesario. —Señora Müller, sus padres acaban de llegar —informó el mayordomo con esa calma suya que conseguía hacer parecer normal hasta la visita menos esperada—. La señora Margarethe está con ellos en el salón. Me quedé con una blusa entre las manos. —¿Mis padres? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿Avisaron de que vendrían? Klaus negó suavemente. —No, señora. La señora Voss dijo que se encontraban cerca y pensaron que sería un buen momento para saludar. Claro. Porque mis padres siempre aparecían «cas
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, tardé unos segundos en recordar por qué el techo no era el de mi habitación. La respuesta llegó en cuanto giré la cabeza y vi el sofá vacío al otro lado del dormitorio. La manta que Damián había utilizado estaba doblada sobre uno de los brazos y el cojín colocado exactamente en su sitio, como si nadie hubiera dormido allí. Por supuesto. Hasta para pasar una noche incómoda aquel hombre tenía que dejarlo todo como si acabara de salir de una fotografía de revista.Me incorporé despacio y miré la hora. Eran las siete y cuarto. Damián ya no estaba. Eso tampoco me sorprendía. Seguramente llevaba una hora en el gimnasio, había respondido quince correos y despedido mentalmente a tres personas antes de que yo consiguiera abrir ambos ojos.Me bajé de la cama y fui hasta el baño todavía medio dormida. Sobre uno de los lavabos estaban mis productos de aseo, colocados junto a los suyos de una forma que me hizo detenerme. La noche anterior los había dejad
Diez minutos después estaba entrando en la habitación de Damián con una pequeña bolsa en una mano y mi almohada bajo el brazo, porque existían límites para todo y dormir con una almohada ajena era uno de los míos. No había traído demasiadas cosas: el pijama, ropa para la mañana siguiente, mis productos de aseo y el libro que todavía no terminaba. Si su abuela iba a quedarse varios días, tendría tiempo de trasladar lo necesario más adelante. De momento, prefería pensar que aquello era una estancia temporal y no otro cambio permanente que mi vida había decidido hacer sin consultarme.Damián estaba junto al armario guardando el reloj que había llevado durante el día. Se había quitado la chaqueta y tenía las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. Cuando me vio entrar con la almohada, primero la miró a ella y después a mí.—¿También has traído provisiones por si quedamos atrapados aquí durante una tormenta? —preguntó Damián con una ceja levantada mientras cerraba el cajón.Dejé
—Intentaré recordarlo —respondí sonriendo. —No lo intentes. Hazlo —me corrigió ella, divertida—. Ya tengo suficiente con este nieto que parece haber nacido con cuarenta años. En ese momento me limité a girar hacia Damián. Él acababa de sentarse nuevamente y nos observaba con una expresión de paciencia forzada. —¿Siempre fue así? —pregunté mientras señalaba discretamente hacia él. La mujer soltó mi mano para acomodarse en el sofá. —Peor —respondió sin dudar—. A los once años hizo un horario para sus vacaciones de verano. Lo miré. —No. Damián dejó escapar un suspiro. —Tenía actividades —se defendió, apoyando un brazo sobre el respaldo del sofá. —Tenías once años —le recordó su abuela, mirándolo con incredulidad—. Pusiste hasta una hora para «tiempo libre». No pude evitar reír. —Eso es lo más Damián que he escuchado desde que llegué a esta casa —admití. Él se dió la vuelta hacia mí. —Llevas pocos días aquí. Todavía tienes tiempo para escuchar cosas peores —respondió con sequedad.
┃ 𝐄𝐋𝐄𝐍𝐀 𝐕𝐎𝐒𝐒 ┃Habían pasado apenas unos minutos desde que me había acomodado en el sillón junto a la ventana cuando escuché tres golpes firmes en la puerta. Aparté el libro que tenía sobre las piernas y miré hacia la entrada con cierta sorpresa. Klaus nunca llamaba de aquella manera; su toque era mucho más discreto y, además, solía anunciarse antes de entrar. Durante un instante pensé que alguna empleada necesitaba algo, así que me levanté sin demasiada prisa y abrí.Damián estaba al otro lado. Eso bastó para que me quedara inmóvil. No porque su presencia me resultara intimidante, sino porque desde la noche de bodas había cumplido su palabra con una precisión casi absurda. Había pedido distancia y la mantenía. No aparecía en mis habitaciones, no buscaba conversaciones y, cuando coincidíamos, se comportaba conmigo con la misma educación que utilizaría con una socia a la que no tenía intención de conocer fuera de una sala de reuniones. Por eso verlo frente a mi puerta era lo ú







