Mag-log in—¡Abre la puerta o voy a destrozar cada pared de este apartamento!
La voz de Freya temblaba, conteniendo una ira a punto de estallar. Podía oír la respiración agitada de Xavier mientras intentaba bloquear el paso.
—Freya, déjame explicarte…
¡Pum!
Freya no le dio la oportunidad. Empujó a Xavier con tanta fuerza que él se golpeó contra la pared y, acto seguido, agarró el pomo de la puerta del baño. Estaba cerrada con llave.
—Ya lo sé —susurró Freya.
¡Crack! La cerradura se rompió al instante cuando Freya forzó la entrada y la puerta se estrelló violentamente contra la pared.
Solo pude quedarme paralizada junto al lavabo de mármol, vestida únicamente con el enorme suéter negro de Xavier. En mis manos apretaba los restos arrugados de mi blusa y mi ropa interior. Tenía los labios hinchados y el cabello hecho un desastre total.
No había forma de fingir que aquella situación pareciera «inocente».
Los ojos de Freya escanearon todo mi cuerpo: el suéter que se me caía por un hombro, mis piernas desnudas, hasta la tenue marca rojiza bajo mi mandíbula. Una expresión de asco se esculpió de inmediato en su rostro perfecto.
—Ya sabía que eras patética, Ravenna —siseó—. Pero resulta que has caído mucho más bajo de lo que imaginaba.
Xavier apareció en el umbral detrás de ella. Su expresión se había endurecido. Intentó interponerse entre nosotras. —Freya, ya basta. Baja ahora mismo.
—¿Ya basta? —Freya bufó, actuando como si Xavier no estuviera ahí—. Mírate. —Su sonrisa burlona fue punzante—. Patética. No me extraña que Scott te rechazara. Siempre has sido mis sobras, recogiendo las migajas que voy dejando. Siempre la eterna segundona.
Esas palabras me arrastraron de vuelta al salón de baile. El frío rechazo de Scott. Las miradas de la gente. Sus risas. Años de ser tratada como si no valiera nada.
La ira surgió tan rápido que me temblaron los dedos.
—Repítelo una vez más —gruñí, dando un paso hacia ella.
Freya ladeó la cabeza. Esa sonrisa arrogante que tan bien conocía adornó sus labios. —¿Qué? ¿Que solo eres basura de segunda mano? —Se rio—. Ubícate, Ravenna. Nunca vas a estar a mi nivel.
Mi mano se movió antes de que mi cerebro pudiera detenerla.
¡Plaf!
El sonido de la bofetada resonó en el baño. La cabeza de Freya salió disparada hacia un lado. Su cabello rubio voló, cubriéndole el rostro. Me miré la palma de la mano, en estado de shock.
Giró el rostro lentamente. Una marca roja y furiosa ya empezaba a aparecer en su mejilla. Sus ojos brillaron con odio.
—Acabas de abofetearme —susurró—. ¿La pequeña Ravenna cree que puede golpearme y salir viva?
Antes de que pudiera responder, se abalanzó sobre mí.
Su mano se cerró alrededor de mi muñeca como unas tenazas de hierro. La fuerza de su tirón fue tan brutal que mi hombro gritó de dolor. Me arrastró fuera del baño, arrojándome por el suelo de la sala.
—¡Freya… suéltame!
Intenté frenarme clavando los talones en el suelo de madera pulida, tratando de resistirme. Pero ella solo apretó su agarre y tiró con más fuerza, tratándome como a una criminal atrapada con las manos en la masa cometiendo traición. Mis pies descalzos se arrastraban. El suéter se me subió hasta los muslos. Le arañé los dedos, retorciéndome, luchando por liberarme.
—¡Suéltame!
Xavier se movió rápido. Atrapó el brazo de Freya, intentando que me soltara. —Suéltala. ¡La estás lastimando!
Freya lo empujó con la mano que tenía libre, sin disminuir la velocidad de sus movimientos. —¡No te metas!
Luché con más fuerza. Mis uñas arañaron su piel. Mi cuerpo se retorcía. —¡He dicho que me sueltes!
Freya ni siquiera intentó bajar la voz; quería que todos en el edificio la escucharan. —Después de todo lo que hicimos por ti… clases particulares, ropa, toda la caridad que te dimos… ¿te acuestas con mi novio y ahora tienes las agallas de tocarme?
Me arrastró más allá del sofá y sobre los trozos rotos de la cerradura esparcidos por el suelo. Cada paso me hacía sentir más humillada. Tropecé y casi me caigo, pero ella simplemente me dio un tirón.
Xavier le agarró la muñeca por segunda vez, esta vez de forma cortante. —Freya. Basta.
Freya lo ignoró por completo. Sus ojos se clavaron en los míos con una satisfacción cruel. —¿Crees que te elegiría a ti antes que a mí? Sigue soñando, Ravenna.
Me retorcí con todas mis fuerzas y finalmente logré liberarme por un segundo, pero ella me golpeó en la cara de inmediato.
Me palpitó el pómulo de dolor y el impacto me hizo tambalear y caer sobre el sofá. Intenté equilibrarme sobre los cojines, jadeando, sintiendo el sabor a sangre en la boca.
Sin embargo, mi ira se negaba a extinguirse.
—Te odio —escupí.
—Qué bien. —Sonrió; la misma sonrisa dulce de la infancia que ponía cuando me robaba los juguetes—. A papá le encantará escuchar esto.
Mi rostro palideció al instante. —Freya, no. Me iré de Luminara. Desapareceré…
—Oh, voy a disfrutar muchísimo el momento de destruirte, hermanita querida. —Dio un paso al frente, alzándose sobre mí—. ¿Crees que esta noche es lo peor que te podría pasar? No. Esta noche es solo el principio.
Se dio la vuelta y salió. La puerta se cerró de un portazo con tal fuerza que hizo temblar las ventanas.
Mis piernas se sentían débiles. Me desplomé en el borde del sofá, temblando tan violentamente que los dientes me castañeteaban. Todo el mundo lo sabría. Mi padre, el hombre al que había intentado enorgullecer toda mi vida, ahora tenía un arma lo suficientemente poderosa como para enterrarme para siempre.
Xavier estaba de pie a un par de metros de mí, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. Tras un largo silencio, soltó una risa grave que sonó casi como una burla.
Lo miré desesperada. —Xavier… ¿qué vamos a hacer?
Levantó una ceja, como si mi pregunta fuera la cosa más ridícula que hubiera escuchado. —¿«Vamos»? —Se rio de nuevo, esta vez de forma más fría—. No hay un «nosotros», Ravenna.
Se me revolvió el estómago.
Me miró durante unos segundos, lo suficiente como para que el ambiente se volviera incómodo, y luego se encogió de hombros. —Bueno, la realidad es la que es. Pero no lo pienses demasiado. Esto no es lo que te imaginas.
—Me usaste —dije.
Sonrió levemente. —Nunca te prometí nada.
Se inclinó, apartando unos mechones de cabello de mi rostro, pero el gesto se sintió falso. —Vete a casa. Llora con tu papá o lo que sea que sueles hacer. No esperes nada más de mí.
Mis ojos ardían, pero no quería que me viera llorar. —Eres un verdadero monstruo.
—Y aun así te atrae este monstruo. Qué raro, ¿no?
Me puse de pie con las piernas temblorosas, envolviéndome en su enorme suéter. Cuando llegué a la puerta, volvió a hablar.
—Ravenna.
No debí haber volteado, pero lo hice.
Xavier ni siquiera apartó la vista de su teléfono. —Intenta no morirte esta noche.
Por un instante, realmente pensé que le importaba.
—No quiero tener que lidiar con tu funeral —añadió.
La luz de la mañana atravesaba el ático en líneas nítidas y elegantes, tan costosas como todo lo que había allí.Encontré a Xavier ya vestido, de pie junto al ventanal, con una taza de café negro en la mano mientras revisaba algo en una tableta segura. La ciudad allá abajo parecía de lo más normal. El collar alrededor de mi garganta, no.—Quiero dejar definido hoy mismo el horario de la clínica —dije.No se volvió.—Ya lo definí.—Definiste los límites. Yo quiero los días y los horarios.Bloqueó la tableta y se giró hacia mí. Xavier no había levantado la voz ni una sola vez desde que llegamos a Vanguard. Empezaba a pensar que eso era incluso peor que sus ataques de ira.—Martes, miércoles y viernes —dijo—. De diez a tres. Nada de turnos nocturnos ni horas extras sin autorización. El equipo de Kaelen permanecerá contigo durante todo el turno. Cualquier conversación ajena a cuestiones médicas que tengas con alguien que no pertenezca al personal de la clínica deberá contar con mi aprobaci
La señora Gable estaba de pie junto a la mesa consola, con las manos entrelazadas y su expresión tan indescifrable como siempre. Me miró a mí, luego al collar y finalmente a Xavier.—La suite principal está preparada —informó—. El refrigerador está abastecido. El equipo del señor Ashborne terminó de revisar el perímetro. La señorita Wilson está en la sala este, tal como solicitó.Brie.—Pediste verla —dijo él—. Tienes veinte minutos. Después se irá. Kaelen permanecerá en esta planta. La señora Gable la acompañará a la salida.No discutí. Todavía no.Brie se puso de pie cuando entré en la sala. Su rostro se iluminó de alivio al verme.—Tienes un aspecto horrible —dijo.—Yo también te extrañé.Se acercó y me abrazó con cuidado, procurando no lastimarme las heridas que aún no habían sanado del todo. Cuando se apartó, bajó la mirada hacia el Gleipnir y se quedó observándolo.—Entonces es permanente.—Sí.—Y te vas a quedar.—Por ahora.Brie apretó los labios.—Está vigilando la puerta, ¿ve
Esperé hasta el cuarto día.Las consecuencias políticas ya habían sido evaluadas, archivadas y declaradas resueltas. El nombre de Alistair ya no le abría puertas. La Corona había guardado silencio. Las heridas sufridas en el ala sellada se habían reducido a molestias residuales. Sobre el papel, ya no quedaba nada que justificara el nivel de control que Xavier había impuesto.Lo encontré en el despacho, revisando una serie de contratos del norte.—Voy a volver a la clínica —dije—. Tres turnos por semana para empezar. Y dos noches en el bar, si Roman todavía tiene esos turnos disponibles.Xavier no levantó la mirada de inmediato. Cuando finalmente lo hizo, vi aquella nueva expresión suya: serena, firme, absoluta.—No.—No te lo estaba preguntando.Dejó el documento a un lado.—No volverás a ninguno de esos lugares sin autorización y un equipo de vigilancia.—Pasé años trabajando en ambos sitios antes de que me cerraras este collar alrededor del cuello. No estoy pidiendo permiso para exis
Las notificaciones comenzaron a llegar antes del mediodía.Atticus las entregó en una pequeña pila, cada una sellada y definitiva. Los privilegios restantes de Alistair Holloway en el consejo habían sido revocados. Su acceso a las líneas de crédito de la Corona estaba congelado. Tres alianzas discretas que habían protegido sus propiedades durante una década se disolvieron en menos de una hora. A primera hora de la tarde, la corte ya había comenzado a hablar de él en pasado.El nombre de Kane había desaparecido de todos los registros activos. La cláusula de contingencia había sido eliminada formalmente del archivo. La familia de Astrid Silverskiöld sufrió un golpe financiero público lo bastante importante como para obligarla a retirarse de dos contratos del norte. La Corona no emitió ningún comunicado. Simplemente permitió que las piezas cayeran.La guerra había terminado.Me senté en la suite de seguridad mientras observaba a Xavier leer la confirmación definitiva. No sonrió. Tampoco p
Capítulo 123: Su hija, su peónAlistair Holloway llegó puntualmente, tan impecable como siempre. Miró por encima del hombro de Xavier y sus ojos se detuvieron un instante en el Gleipnir que llevaba alrededor del cuello antes de volver a fijarse en Xavier.—Supongo que esto tiene que ver con la documentación pendiente. Si querías una reunión formal, podrías haberla solicitado por los canales correspondientes.Xavier ni siquiera le ofreció una silla.—Lo sabías.La expresión de Alistair apenas cambió.—Tendrás que ser más específico.Xavier abrió la carpeta y colocó el primer memorando sobre la mesa.—«La hija menor de los Holloway es la pareja destinada verdadera. El rechazo público por parte de Scott Redwood debe llevarse a cabo según lo previsto. La desheredación formal tendrá lugar inmediatamente después. Objetivo principal: impedir que Beckett la localice o la reclame».Alistair leyó la página y luego la dejó sobre la mesa.—Una antigua cláusula de contingencia. La oficina de la Cor
No pude dormir.Xavier me había dejado encerrada en la suite, con un guardia apostado en la puerta y una carpeta sobre la mesa. Leí aquellos documentos una y otra vez, hasta que las partes más crueles quedaron grabadas a fuego en mi mente.Cuando salió el sol, las palabras empezaron a desdibujarse ante mis ojos. Seguía sentada en la misma silla cuando Xavier regresó. Miró el desayuno que no había tocado y después los documentos esparcidos por toda la mesa.—No has dormido.—He estado ocupada.—Leer las mismas páginas una y otra vez no cambiará lo que está escrito en ellas.—Y fingir que no existen tampoco.Apartó la silla frente a mí y se sentó.—¿Has comido algo?Negué con la cabeza.Me sirvió un vaso de agua y lo deslizó hacia mí. Lo dejé donde estaba.—Mi padre observó cómo Scott me rechazaba delante de toda la manada —dije—. Se quedó allí mientras me despojaban de mi nombre y me echaban de casa. Durante todos esos años, creí que se avergonzaba de mí. Jamás imaginé que lo había plan







