เข้าสู่ระบบXavier se marchó al anochecer.Me quedé mirando la puerta cerrada, molesta conmigo misma por lo mucho que deseaba que regresara.Por primera vez en días, tenía la suite para mí sola. Ningún guardia merodeando afuera, ningún miembro del consejo cuestionando mi derecho a existir, ningún Xavier observándome como si yo fuera otro problema que no podía permitirse perder.Te disculpaste con él, susurró Ciel.Levanté mi copa.—Lo sé.Te arrodillaste frente a él mientras las pruebas contra Astrid seguían sobre la mesa. Le dijiste que lamentabas que su reclamación es
Las pruebas estaban esparcidas sobre la mesa de la sala de preparación, como un cadáver a la espera de una autopsia. Atticus permanecía de pie en uno de los extremos, hablando con voz inexpresiva y clínica, mientras Kaelen vigilaba la puerta. A mi lado, Xavier rozaba el Gleipnir con el pulgar, como si necesitara comprobar que de verdad estaba allí.La unidad que Matias había logrado descifrar revelaba un patrón: dinero y favores que circulaban a través de empresas fantasma del norte hasta llegar a determinados miembros del consejo. Todo coincidía a la perfección con el repentino interés de la Corona por la reclamación del Gleipnir.Atticus tocó una última línea en la tableta.—La firma secundaria más
La cámara de examinación se encontraba en las profundidades del palacio, excavada en la misma piedra negra que el resto de Wintersaint. Era fría, carecía de ventanas y estaba iluminada por luces mágicas de un azul pálido que hacían que todos los rostros parecieran desprovistos de sangre.Doce asientos.Tres nombres habían sido convocados para la sesión a puerta cerrada.El asiento de Astrid estaba vacío. El cojín seguía intacto. Todos lo notaron. Nadie hizo comentarios al respecto.En Wintersaint, una ausencia tan evidente era toda una declaración. Astrid no necesitaba presenciar el examen porque ya sabía lo que diría el mago o porque ya había presentado sus ob
La sesión a puerta cerrada se celebró en una cámara más pequeña, junto al salón principal. Madera oscura. Sin ventanas. Solo doce asientos ocupados.Reprodujeron las grabaciones sin previo aviso.Eran imágenes granuladas de las cámaras de vigilancia de The Pit. Yo aparecía con un abrigo que no era mío, delgada y agotada, recorriendo callejones que todavía recordaba por el olor a orina y sangre vieja.Después apareció un breve fragmento del escenario del Satin Claw: luces rojas, música barata y mi cuerpo moviéndose por dinero, porque la alternativa había sido mucho peor.El último corte mostraba la noche de mi rechazo original: yo, con diecinueve años, arrodillada en el Salón de Luminara mientras Scott se alejaba con Freya del brazo.Ciel se agitó violentamente ante aquella última imagen. Un sonido bajo y quebrado recorrió nuestro vínculo. Era un recuerdo, no miedo.El lobo de Xavier reaccionó de inmediato y volvió a someterla con una presión abrumadora e incuestionable. Ciel guardó si
Xavier no me permitió vestirme sola.Se colocó detrás de mí frente al espejo alto, ya vestido con un traje formal negro que lo hacía parecer tallado en invierno y dinero. Yo seguía desnuda, con la única excepción del Gleipnir. El metal descansaba cálido contra mi garganta. Todos los moretones de la noche anterior quedaban claramente expuestos a la luz de la mañana.Observó mi reflejo mientras sus manos recorrían mi cuerpo. No había nada sexual en sus movimientos. Era una inspección. Como si estuviera contando cada marca que me había dejado y decidiendo cuáles debía ocultar el vestido y cuáles debía enmarcar el Gleipnir.—Mírate.
Desperté con el collar puesto.Él ya estaba despierto. Lo supe por la forma en que su respiración se mantenía demasiado controlada contra mi nuca.Su mano descendió lentamente por mi cuerpo, como si solo estuviera comprobando que no se le hubiera olvidado nada.—Todavía estás llena de mí —murmuró, con la voz ronca por el sueño—. Bien.Intenté cerrar las piernas, pero me lo impidió apoyando una mano sobre mi muslo.—No. Ahora no puedes esconderlo.—Xavier...—Silencio.Me mordió el costado del cuello, justo por encima del collar.—Quiero sentir cuánto sigues deseando esto, incluso después de cómo te traté.Me mordí la mejilla con tanta fuerza que saboreé la sangre, pero ni siquiera eso ayudó.Ciel se removió, incapaz de encontrar la calma, aunque por un instante consiguió contenerse.Xavier me dio la vuelta como si no pesara nada. La luz de la mañana dejaba al descubierto cada moretón de mi garganta, mis caderas y mis muslos. Los contempló con una satisfacción que ni siquiera intentó d







