LOGINOlivia está desesperada porque una enorme deuda ha surgido de repente y su vida está sumida en el caos. Dorian no creen el el amor después de que su prometida lo dejara plantado en el altar. Una noche en un crucero, por error el destino se empeñó en juntarlos. Varios obstáculos deberán enfrentar. ¿Liv logrará que Dorian vuelva a confiar en el amor o caso Dorian logrará no sucumbir a la inocencia de Liv? Una noche, un contrato y una decisión que los unirá para siempre.
View MoreMadison no llegaba.
El reloj de la iglesia marcaba las doce y cuarto, y el altar, adornado con flores blancas, seguía vacío. Dorian Sinclair había dejado de mirar la puerta principal hacía diez minutos; el nudo en su estómago se había transformado en un peso de plomo que le dificultaba respirar. Los susurros de los invitados eran como el zumbido de un enjambre en sus oídos.
El párroco, un hombre de rostro cansado y mirada compasiva, se acercó a él con pasos lentos. «Lo siento mucho, señor Sinclair. No podemos retrasar más la ceremonia. La siguiente boda está programada para la una».
Dorian sintió que el suelo se abría bajo sus pies. «¿Cómo que no se puede esperar más?» Su voz sonó más áspera y alta de lo que pretendía. No era una pregunta, era un rugido de incredulidad. No podía ser. Ella no podía hacerle eso. No después de todo lo que él había sacrificado. No después de haber enfrentado a su propia familia, de haber renunciado a su herencia, solo por ella.
«Cálmate, Dorian.» Su primo William se interpuso entre él y el sacerdote, poniéndole una mano firme en el hombro. «El padre no tiene la culpa de esto».
Dorian se zafó del agarre de William con un movimiento brusco. «Maldita sea». La palabra escapó de sus labios como un veneno. Miró su reloj de muñeca. Sesenta y siete minutos. Sesenta y siete minutos de espera, de humillación silenciosa, de ver las miradas de lástima de los asistentes. No podía ser una simple demora. Algo le había pasado.
Sin mediar palabra, sin mirar a su primo, sin despedirse de ningún invitado, Dorian se encaminó hacia la salida de la iglesia. Sus pasos resonaron en el silencio sepulcral que había dejado tras de sí. Solo existía una pregunta en su mente, un pensamiento que repetía como un mantra mientras llegaba a su coche: Tiene que estar bien. Solo eso importa.
El motor del deportivo negro rugió. Dorian se fundió con la carretera, ignorando los límites de velocidad. El paisaje urbano se difuminó a su alrededor. La imagen de Madison en su vestido blanco se mezclaba con la visión de ella sonriéndole desde el altar, tal y como habían ensayado. El dolor de la espera se transformaba en una ansiedad punzante que le roía las entrañas.
Llegó al edificio de ella en un tiempo récord. No esperó el ascensor, tomó las escaleras, subiendo los tres pisos de dos en dos, con las pulsaciones martilleándole las sienes. Al llegar al rellano, se detuvo en seco, el corazón a punto de estallarle en el pecho.
Un sonido. Un gemido. Ahogado, pero inconfundible. Y luego, otro, más claro, seguido de la risa ronca de un hombre.
No.
La negación fue visceral. Su mente se negaba a procesar lo que sus oídos estaban captando. No podía ser Madison. No ella. No el día de su boda. Despacio, con una parsimonia que le costó un esfuerzo sobrehumano, sacó la llave del bolsillo. La introdujo en la cerradura con la precisión de un ladrón, haciendo el menor ruido posible. La puerta se abrió sin un chirrido.
El apartamento olía a su perfume y a algo más, a sudor y a sexo. Los gemidos se hicieron más nítidos, guiándolo por el pasillo hasta la puerta entreabierta de la habitación principal. La misma habitación donde él tantas veces le había susurrado te quiero al oído.
Empujó la puerta con la punta de los dedos. La luz de la tarde entraba por la ventana, bañando la escena que lo petrificó.
Madison estaba allí. Desnuda, enredada en las sábanas y en los brazos de otro hombre. Su cuerpo, que él conocía al dedillo, se arqueaba bajo el roce de manos ajenas. Una ola de náuseas y fuego lo recorrió. El mundo se redujo a esa imagen, a la presión insoportable en su pecho.
Se escondió en la sombra del umbral, incapaz de moverse, incapaz de dejar de mirar. Sentía la traición quemarle como ácido en las venas.
La voz del hombre, un tipo de cabello oscuro que no reconoció, rompió el hechizo. «¿No deberías estar casándote en este momento?» Su risa fue un cuchillo.
Madison rio también, un sonido que Dorian jamás le había escuchado. Era cínico, despiadado. «Ese iluso debe de estar esperándome todavía en la iglesia,» respondió, con un tono que goteaba veneno. «Ni siquiera sé cómo lo soporté tanto tiempo.»
Dorian sintió que el alma se le desprendía del cuerpo. Esa no era la mujer que le había jurado amor eterno.
«Vamos, ¿por qué llegaste tan lejos, entonces?» preguntó el amante, mordisqueándole el cuello.
«Porque era el heredero de Thomas Sinclair.» La confesión de Madison fue un disparo directo al corazón de Dorian. «Pero el muy idiota renunció a todo por casarse conmigo. Y ahora, como ves, ya no sirve para nada.»
Eso fue todo. La última pieza del rompecabezas encajó con un clic brutal. No era amor, nunca lo había sido. Era un plan. Y él había caído como un maldito títere.
La rabia, fría y blanca, lo invadió. Quería entrar, quería gritar, quería arrancarles la piel a besos y a puñetazos. Pero algo, quizás un resto de dignidad, lo detuvo. No les daría el placer de verlo sufrir. No les daría ese espectáculo.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire viciado, y se dio la vuelta. Cruzó el salón, el pasillo, y al llegar a la puerta principal, la cerró con toda la fuerza de su despecho. El portazo retumbó en el apartamento como un disparo. Que lo oyeran. Que supieran que él lo sabía.
Ya en el coche, con las manos aferradas al volante hasta que los nudillos se le blanquearon, se permitió una sola lágrima. Una. Se deslizó por su mejilla y él la secó con el dorso de la mano, como si le quemara. Se odió con cada fibra de su ser. Se odió por ser tan estúpido, por haber entregado su herencia, su futuro y su corazón a una serpiente.
«Nunca más,» se juró a sí mismo, la voz ronca por la ira contenida. «Nunca más otra mujer me hará esto. Ninguna volverá a verme como un juguete.» Arrancó el coche y se perdió en la carretera, sin saber adónde iba, solo con la necesidad de alejarse de todo.
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Cuatro meses después…
El motor del coche se apagó con un suspiro metálico. Dorian miró el letrero de neón parpadeante que anunciaba «El Último Trago». Era su refugio, su templo de olvido en las noches en que los recuerdos de ella se volvían demasiado insoportables, que eran casi todas.
Entró. El aire olía a cerveza rancia, a madera húmeda y a desesperanza. Se encaminó a la barra, sin saludar a nadie.
Matt, el barman, levantó la cabeza con una sonrisa de complicidad. «¿Lo de siempre, Sinclair?» preguntó con la confianza de quien ya conocía su rutina.
Dorian se sentó en el taburete, pasándose una mano por el pelo. «No. Lo más fuerte que tengas.» Su voz sonó ronca, gastada. «Tómate el tiempo que quieras en prepararlo. Me da igual.»
Matt asintió y comenzó a mezclar líquidos que Dorian ni se molestó en identificar. Mientras esperaba, escaneó el local con la mirada. Un par de mesas ocupadas, una pareja discutiendo en un rincón, y en el otro extremo del bar…
Ella.
Una mujer de pelo castaño, con una melena que caía en ondas suaves sobre sus hombros, le sonreía. No era una sonrisa tímida, era descarada, segura de sí misma. Una sonrisa que parecía decirle: Te he visto y sé lo que eres.
Dorian sintió un cosquilleo en la nuca, un eco lejano del dolor de meses atrás, pero lo sofocó de inmediato. Esa noche, no quería pensar. Quería sentir cualquier otra cosa. Sus labios se curvaron en una sonrisa igual de descarada y perversa. Levantó el trago que Matt acababa de servirle, lo llevó a sus labios y bebió de un solo trago, sin apartar la mirada de la castaña.
Luego, se levantó y comenzó a caminar hacia ella.
En eso se había convertido su vida: en una sucesión de noches como esta, de whisky barato, de sonrisas vacías y de sexo sin nombre. Una vida de olvido, de placer momentáneo y de un vacío que siempre regresaba. Y así estaba bien. Era lo único que quería. Porque el amor, había aprendido por las malas, no era más que una mentira disfrazada de promesa.
Dos años después Era un día especial para Olivia, ese día era su graduación y Dorian tenía pensado darle una sorpresa. Tratando de no hacer mucho ruido se acercó a ella por detrás sorprendiéndola. —Dorian, me asustaste—soltó Olivia risueña mientras ella la abrazaba. — ¿Cómo está mí graduada con honores favorita?—le pregunto divertido. Olivia se dio la vuelta para enfrentarlo con una sonrisa en la cara. —Espero que estés hablando de mi Dorian Alessandro porque si no me voy a poner muy celosa. —De quien más estaré hablando sino de mi inteligente esposa—le contesto con una sonrisa de orgullo. Olivia se veía hermosa esa noche con ese vestido esmeralda que le resaltaban esos hipnotizantes ojos verde oliva. Estaban en una pequeña reunión familiar en donde todos celebraban la graduación de su esposa. Dorian no pudo contenerse más, estaba preciosa así que la beso robándole el aliento enfrente de todos. —Dorian—le reclamo sonrojada lo que lo hizo sonreír mucho más—Estamos enfrente d
Dorian estaba feliz de que pronto seria dado de alta y podría irse a casa con su esposa. Ya no aguantaba un segundo más en ese hospital. —Puedes quedarte quieto, sobrino—le pidió su tía Claudia pero es que estaba tan ansioso para que le dieran de alta que no podía dejar de moverse de aquí para allá.—Lo siento tía pero me quiero ir de aquí lo antes posible—se disculpó él.Olivia a un llegaba de la universidad ya que aunque ella quería quedarse con él, no la dejó. Más que hoy tenía un examen importante con el profesorcito ese que no le agradaba el mucho.— ¿Cuándo es que llega Olivia?—le pregunto Claudia ojeando una revista que tenía en la mano.—Me dijo que salía a eso de las dos y media así que no debería tardar mucho en llegar—respondió el mirando su reloj.Y en efecto no paso mucho tiempo hasta que la presencia de Olivia llenara toda la habitación o eso le pareció a Dorian que en cuanto llego salió a su encuentro para recibirla con un buen beso sin importarle la presencia de Clau
—Pues para haber estado en contra del matrimonio se te ve felizmente enamorado.Dorian se rio.—Estoy felizmente casado y eso debo agradecértelo a ti y a mi tía—le agradeció Dorian a su padre.—En esto la que se lleva todo el crédito es tu tía—Thomas sonrió—Siempre ha tenido ese don de juntarnos con las mujeres correctas aun en contra de nuestra voluntad.Dorian se puso serio sabiendo a donde se dirigía esa conversación.—Papá, Madison dijo muchas cosas antes de que la policía llegara.Thomas suspiro: —Me lo imagino y en esa historia no era precisamente a mi favor ¿cierto?Dorian negó.—Hijo si soy sincero cuando era joven no era el ejemplo de hombre ideal, hice muchas cosas de las que no me llena de orgullo y de las que también hoy en día me arrepiento.—Dijo que Jason es mi medio hermano eso es ¿verdad? ¿Lo sabias todo este tiempo?—cuestiono Dorian.Pero entre más Dorian lo analizaba parecía ser cierto, los tres tenían el mismo todo de color de ojos, la misma compleción y estatura.
Olivia no podía dejar de llorar mientras observaba la herida en donde salía mucha sangre. El tiempo pasaba con prisa y veía como Dorian iba palideciendo debido a toda la sangre que estaba perdiendo.— ¿Por qué no llega rápido la ambulancia?—soltó molesta y angustiada.—Estamos haciendo todo lo posible por favor tenga paciencia—le respondió el oficial.—Mi marido se estaba muriendo por cada segundo que pasa, así que no me pida paciencia—Olivia estaba desesperada.—Hermosa, cálmate. Estoy bien—intento tranquilizarla Dorian.—No estás bien Dorian.Olivia no podía dejar de llorar por lo que Dorian como pudo se acercó a ella y acuno su rostro con una mano limpiándole las lágrimas con delicadeza.—No llores más, no por mí. No lo merezco—Olivia negó con la cabeza estando en desacuerdo—Yo no te merezco.—No digas eso—le pidió ella sin controlar las lágrimas que corrían por su rostro las que Dorian se dedicó a secar una por una.—No lo hago, no cuando dude de ti, no cuando lo único que hecho e


















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