INICIAR SESIÓNRaven
Saco el teléfono. Se llama Vivienne Cole. Conocía el nombre mucho antes de que Roman lo hiciera; todo el mundo conocía a Vivienne Cole. Fue Miss América a los veintidós años, tiene el tipo de belleza que no parece real, el tipo que de pequeña mirabas y te preguntabas de verdad si pertenecía a una especie distinta de persona. Perfecta de esa forma específica e irritante que parecía completamente natural. Había pasado del circuito de concursos a la actuación y había pasado la última década acumulando nominaciones a premios, portadas de revistas y la atención devota de cualquiera que hubiera visto su cara. Solía ver sus películas acurrucada en el sofá con mamá. Abro I*******m y encuentro su perfil sin ni siquiera tener que buscarlo. 4,2 millones de seguidores. La publicación más reciente es un carrusel: fotos previas a la boda, luz dorada suave, Roman con una camisa de lino blanca viéndose exactamente como siempre se ve, y Vivienne encajada a su lado como si hubiera nacido para estar ahí. La cabeza echada hacia atrás, riendo. Su mano en la cintura de ella. El pie de foto dice: El amor de mi vida. Tres semanas más. 847.000 me gusta. Deslizo antes de poder detenerme y encuentro a su hija en una de las fotos. Aria. Dieciséis años, del primer matrimonio de Vivienne, y de alguna forma igual de devastadoramente guapa que su madre, la misma estructura ósea, la misma gracia fácil, como si la belleza fuera simplemente algo que corría por su sangre y no pudiera diluirse. Sonreía a la cámara con el brazo alrededor del cuello de Roman y él le devolvía la sonrisa, y algo de esa foto en concreto se me asentó en el pecho como una piedra. Me ha reemplazado por completo y ha borrado de su vida cada recuerdo de mi madre y de mí. Cierro la aplicación y la vuelvo a abrir de inmediato como una idiota y busco los blogs en su lugar. EL CEO DEL IMPERIO BELLERIE, ROMAN BELLERIE, SE CASARÁ CON LA ANTIGUA MISS AMÉRICA Y QUERIDA DE HOLLYWOOD VIVIENNE COLE EN LO QUE LOS ENTENDIDOS DE LA SOCIEDAD CALIFICAN COMO EL EVENTO DE LA DÉCADA. La novia de América ha encontrado a su igual, y él tiene una flota de jets privados y tres rascacielos en Boston para demostrarlo. Bloqueo el teléfono y lo pongo boca abajo sobre el muslo. Él tiene cincuenta y un años y ella treinta y siete y son la pareja más hermosa que nadie haya visto nunca y en tres semanas se casan en lo que aparentemente es el evento de la década y yo tengo veintiún años en un vuelo transatlántico intentando recordar cómo respirar con normalidad. Se enciende el aviso del cinturón de seguridad. Me enderezo, me recojo el pelo y repaso la lista de cosas sensatas. Tengo veintiún años. Tengo una vida. Tengo una carrera a medio terminar y un futuro que existe completamente fuera de Roman Bellerie y de todo lo que me hizo sentir en una habitación hace tres años. Voy a casa por una boda. Voy a sonreír y a ser normal y a verlo casarse con una mujer de la que todo el mundo ya está enamorado. Estoy bien. La voz del capitán llega por el intercomunicador, suave y despreocupada, anunciando el descenso. Miro cómo Boston va apareciendo lentamente entre las nubes, gris y familiar, llena de cosas que empaqueté hace mucho tiempo y a las que nunca volví. Prometió que estaría. Hace dos semanas, la última vez que hablamos, lo dijo con tanta sencillez. «Estaré ahí cuando aterrices». Como si no hubiera pasado el tiempo. Como si tres años de distancia cuidadosa hubieran sido solo un pequeño inconveniente que podíamos dejar de lado en llegadas. «Estaré ahí cuando aterrices». Me había aferrado a eso más de lo que debería. Lo había reproducido en mi cabeza más veces de las que admitiría jamás. Las ruedas tocan tierra con fuerza y cierro los ojos, apoyo las palmas planas sobre los muslos y me digo que es solo adrenalina. Solo nervios. Solo el cuerpo haciendo lo que hacen los cuerpos. Dentro, la terminal es ruidosa y brillante y huele a café y a aire reciclado. Me abro paso entre la gente con el equipaje de mano y el corazón está haciendo algo completamente irracional. Tres años y todavía sé exactamente cómo se sentirá verlo: la forma en que todo mi cuerpo se quedará en silencio y a la vez gritará. He pensado en este momento durante semanas. Qué diré. Cómo me veré. Si notará que he cambiado. Recorro con la mirada las caras que esperan más allá de la barrera. Y no lo encuentro. Miro otra vez. Y otra. La multitud se va diluyendo mientras la gente encuentra a los suyos y se aleja, y sigue sin haber rastro de Roman. Nada. Entonces un hombre de traje oscuro da un paso adelante con las manos juntas y una expresión de cortesía practicada. —Señorita Bellerie. —Inclina ligeramente la cabeza—. Su padre envía sus disculpas. No ha podido liberarse. Me ha pedido que la lleve directamente a su oficina. Lo miro un momento. James. El chófer personal de Roman. Lo conocía desde que yo tenía doce años. —Su oficina —repetí. —Sí, señorita. Miro hacia la barrera una vez más. Hacia el espacio donde se suponía que debía estar él. Luego cojo la maleta y sigo a James hacia la mañana gris de Boston, y me digo que la sensación que se me está asentando en el pecho en este momento es alivio. Casi me lo creo.RavenEl ático está en silencio.Anaya se fue hace una hora, después de que termináramos la pizza y habláramos de todo y de nada, y me abrazó en la puerta durante mucho rato sin decir nada, que es como sé que está más preocupada por mí de lo que deja ver.Intento dormir. Me tumbo en la cama de invitados, miro el techo, escucho el silencio y el cerebro no se me para.Me levanto.El despacho de Roman está al final del pasillo, en la planta de arriba. Conozco esta casa mejor que nada. Sé qué tablas del suelo crujen y qué pomos se atascan, y sé que la luz bajo la puerta de su despacho significa que sigue despierto, porque Roman Bellerie no se duerme antes de medianoche ni siquiera en un buen día.La luz está ahí.Me quedo fuera de su puerta con el camisón de seda, el blanco fino que me llega a media muslo, llamo una sola vez y empujo la puerta antes de que pueda decirme que no entre.Está detrás del escritorio con el portátil abierto, las gafas de leer puestas y las mangas de la camisa su
RavenPasé toda la tarde limpiando el dormitorio de invitados y poniendo las cosas en su sitio.Eso debería ser trabajo de las limpiadoras, pero necesitaba algo que me distrajera de pensar demasiado en toda esta situación.Meto la última esquina de la sábana, me aparto para mirar el trabajo que he hecho y asiento satisfecha.Alguien llama a la puerta y digo:—La puerta está abierta.La puerta se abre y Anaya entra sosteniendo una botella de champán por encima de la cabeza.—Una botella para dar la bienvenida a la reina. —La enseña de forma dramática antes de abrazarme.—Anaya —digo su nombre con tanto alivio—. No tienes ni idea de lo feliz que estoy de que estés aquí.Ella echa la cabeza hacia atrás y me mira la cara con atención.—Lo sé, perra. Duh, soy yo. —Se aparta, deja la botella en el escritorio, el pelo rizado salvaje alrededor de la cara, y ya está inspeccionando la habitación con la mirada.—Un momento. —Mira a su alrededor despacio—. ¿Por qué están tus cosas aquí? —No esper
RavenEncuentro pasta sobrante en la nevera, la caliento y me siento en la barra de la cocina con el móvil y una taza de café, intentando sentirme normal. No funciona, pero lo estoy intentando.Estoy desplazando la pantalla sin mirar nada en concreto cuando oigo abrirse el ascensor.Ya sé quién es.Mantengo la mirada en el teléfono.Sus pasos cruzan el salón y entonces está en el umbral de la cocina. Levanto la vista y la imagen de él después de un día entero separados me golpea igual que en su oficina. Como algo para lo que no estaba preparada por mucho que creyera estarlo.Se ha aflojado la corbata. La chaqueta la lleva sobre un brazo y los dos primeros botones de la camisa están abiertos, y mis ojos se dirigen directamente a la franja de pecho que se ve ahí antes de que pueda detenerlos. El cuerpo de este hombre. Es tan sexy. Incluso ahora. Incluso después de todo. El vientre se me contrae con un calor que no tengo derecho a sentir.Vuelvo a mirar el teléfono, eligiendo ignorarlo.
Raven«Vivienne está en casa. Sé amable con ella».Eso fue lo que me dijo por teléfono cuando yo me subía al coche.Voy a conocer a mi futura madrastra. La ironía de toda esta situación resulta casi risible.Estoy sentada en el asiento trasero de esta limusina negra mientras James me conduce hasta el ático, repitiendo una y otra vez todo lo que ocurrió en aquella oficina, y cuanto más lo repaso, más me duele.No puedo creer que Roman me tratara como a una niña.Eso es lo que más duele. No la distancia cuidadosa que puso entre nosotros ni la forma en que se quedó de pie junto a aquella ventana de espaldas a mí. Es el hecho de que, incluso después de todo, incluso después de que me plantara frente a él y le dijera la verdad, me mirara como si yo siguiera teniendo diecinueve años y no supiera lo que hacía.Pero incluso a los diecinueve yo sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que lo quería a él.Sabía exactamente lo que estaba pidiendo cuando le pedí que me enseñara a tocarme. Entonces
RomanHe estado en habitaciones con presidentes. He negociado tratos que hicieron sudar a hombres hechos y derechos a través del traje. He enterrado a una mujer a la que amaba y mantuve la compostura junto a su tumba porque mi hija necesitaba que yo fuera firme, y lo fui.Ahora no soy firme.Sabía que venía. Tuve tres semanas para prepararme. Tres semanas desde el momento en que le dije a mi asistente que la llamara porque yo no podía hacerlo yo mismo. Me dije que era cortesía. Me dije que no tenía nada que ver con necesitarla de vuelta aquí. Había ensayado esto. Sabía exactamente quién iba a ser cuando la viera.Y entonces el ascensor se abrió y ella estaba de pie en mi pasillo, siendo tratada como si no fuera nadie, y todo lo que había ensayado se fue a un sitio al que no pude llegar.Siempre fue hermosa. Incluso a los diecinueve tenía esa clase de belleza que te hacía mirar dos veces y luego odiarte a ti mismo por ello. Pero entonces era una chica. Delgada, insegura, mirándome con
RavenEn unos minutos volveré a ver a Roman después de tres años separados, y que Dios me ayude, podría perder la cabeza solo de pensarlo.James conduce con suavidad y sin prisa, como si la urgencia no existiera en el mundo. Se me había olvidado eso de él. Se me habían olvidado muchas cosas de Boston hasta que empezaron a aparecer una a una fuera de la ventanilla, exigiendo ser recordadas.La ciudad se ve igual. Por supuesto que se ve igual. Tres años se sienten enormes por dentro y no significan nada para un horizonte de rascacielos.Apoyo la sien contra el cristal frío y miro cómo pasa, y entonces se me corta la respiración porque ahí está él, Roman, de doce metros de alto en una valla publicitaria sobre el cruce, con un traje oscuro, los brazos cruzados y esa expresión controlada que lleva en todas las fotografías profesionales. Como un hombre al que nunca le ha pillado desprevenido nada.Pero yo lo conozco mejor.El Roman de esa valla es el que el mundo recibe. Despiadado, sereno







