INICIAR SESIÓN¡Hola a todos! Espero que estén disfrutando de mi historia. Durante estos dias, comenzarán las actualizaciones diarias, asi que estén atentos. Gracias por su apoyo Cariños ♥
Maddison Spencer – Bennett.El bosque no nos soltó de inmediato. Cuando la grieta del cielo se cerró a medias y la voz de Samara dejó de retumbar en las ramas, el claro siguió respirando con nosotros. Elijah no me soltó la mano. Vladimir tampoco. Alonso se quedó a mi izquierda, la palma abierta sobre mi espalda como si pudiera sostener el peso de lo que acababa de despertar. Santino y Sokaris no hablaron. Solo miraron el horizonte negro que se había abierto sobre las copas y luego me miraron a mí, como si ya supieran lo que yo todavía no me atrevía a decir en voz alta.El tirón no se fue. Se quedó. Más profundo que la marca de Vladimir, más antiguo que el vínculo de Alonso, más callado que cualquier promesa que hubiera hecho en el patio. Era el hilo entre la heredera y el primogénito, y ahora que el velo se había levantado, no pedía permiso. Pedía cierre.—No hay tiempo —dijo Kallie, baja, casi sin burla—. Las diosas están empujando. Lo siento en los huesos.Asentí por dentro. No hací
Maddison Spencer – Bennett.La luz salió de mi pecho y cruzó el espacio hasta Elijah. No era dorada ni plateada. Era un destello brillante, que te enceguecía con solo mirar.Caí de rodillas mientras Vladimir dio dos pasos hacia atrás jadeando. Alonso soltó una exclamación y se llevó una mano al pecho. Santino retrocedió también. Sokaris alzó el rostro hacia las copas negras de los árboles.El vínculo predestinado acababa de despertar. No era el de Vladimir y yo. Era algo más antiguo. El velo que cubría el centro del bosque se levantó de golpe y una fuerza me atravesó desde la nuca hasta los talones. No fue dolor exactamente. Fue afirmación. Una parte de mí que había estado dormida desde antes de mi nacimiento abrió los ojos y miró directamente a Elijah.Lo sentí. El vínculo entre la heredera y el primogénito.No era solo un vínculo de pareja. No era solo una promesa romántica ni una orden para amar a alguien. Era una conexión de origen, una línea escrita antes de que pudiera elegir mi
Maddison Spencer – Bennett.El espejo no reflejaba al grupo. Reflejaba el principio.Un niño de ojos dorados estaba de pie frente a tres figuras envueltas en luz lunar. Una de ellas le tendía las manos. Otra sostenía una espada. La tercera lloraba.El niño no era Vladimir… Era Sebastián.No… El nombre apareció dentro de mi cabeza con tanta fuerza que Kallie se estremeció. Elijah Saint Lorent.—¡Eres tú! —dije y no fue una pregunta.La frase salió de mi boca rota, pequeña, casi inútil frente al tamaño de lo que acababa de ver. Sebastián cerró los ojos. Durante un instante pareció que iba a negar la imagen, negar el nombre, negar incluso el bosque. Después dejó caer los hombros.—Sí.El espejo vibró. Vladimir dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de tocarme. Alonso se colocó a mi izquierda. No delante. Ya había aprendido que no necesitaba protegerme de todo lo que podía herirme; a veces solo tenía que permanecer allí mientras yo decidía si quería mirar.—¿Tú eres Elijah? —preguntó.
Sebastián Lafallete.—¿Qué encontraron? —preguntó Maddison.Su voz salió más baja de lo que quería, pero no más débil. La furia seguía allí. Podía verla en la forma en que mantenía los hombros tensos, en la mano que Alonso todavía sujetaba con cuidado y en la manera en que evitaba mirar mi boca.No había olvidado el patio y yo tampoco.Vladimir giró ligeramente hacia mí. No necesitaba pronunciar una palabra. La orden estaba en sus ojos: habla. La lasca de piedra permanecía en el suelo, entre nosotros. El nombre raspado en su superficie parecía haberse oscurecido desde que entramos en la sala.Elijah.No había querido que mi nombre apareciera allí. No delante de ella. No mientras todavía podía fingir que Sebastián Lafallete era una identidad y no una costra levantada sobre una herida demasiado antigua.—Encontramos un camino —dije.Maddison frunció el ceño.—Eso no es lo que pregunté.—Es la única respuesta que puedo darte aquí.—Qué conveniente.La frase cayó entre nosotros con el mis
Maddison Spencer – Bennett.El rechazo no dolió como una bofetada. Dolió como una puerta que se cerraba cuando ya habías dado el paso. Todavía sentía sus manos en la cara. El pulso bajo sus pulgares. El centímetro de aire entre su boca y la mía, y después la risa... Baja, fea. Calculada.“Qué barato, princesa y qué predecible.”La frase seguía girando dentro de mi cabeza, golpeando siempre el mismo lugar. No era la primera vez que alguien intentaba herirme. Tampoco era la primera vez que alguien se burlaba de mí. Pero Sebastián no se había reído de mi furia, ni de mis amenazas, ni de mi forma de hablar cuando estaba asustada.Se había reído porque había sabido que iba a besarlo. Eso era lo que me quemaba.Había leído mi deseo como si fuera una página abierta. Había dejado que me acercara, había inclinado apenas la cabeza, había esperado a que cerrara los ojos y, justo cuando yo estaba a punto de olvidar todo lo que debía preguntarle, había convertido mi vulnerabilidad en un chiste.Sa
Sokaris.La muerte no tenía prisa y yo tampoco. Salimos por la puerta norte cuando el otro auto todavía no había doblado hacia el este. No había amanecido del todo, aunque la noche ya empezaba a perder profundidad. Vi a Vladimir subir sin mirar atrás.No necesitaba hacerlo. Su cuerpo entero estaba hecho de una negativa. La espalda rígida, las manos cerradas, la cabeza ligeramente inclinada como si llevara dentro una voz que no quería escuchar. Lafallete subió después al otro auto. Antes de entrar, miró una vez por el cristal. No fue una mirada larga, pero sí demasiado tranquila.Maddison se dio la vuelta antes de devolverle la mirada. Alonso quedó en la escalera con la mandíbula tensa. Santino, que estaba en el otro auto, lo observó por encima del hombro. Yo no necesitaba estudiar su rostro para saber lo que pensaba. Alonso parecía un hombre dispuesto a arrancarle el corazón a alguien, pero no sabía todavía a quién.Eso, más que la furia de ella me dijo que la noche anterior no había s







