LOGINLa entrada que Mariana había escrito el día que fue a La Canela era la número diecisiete.
Valentina lo supo porque las entradas estaban fechadas y porque llevaba tiempo suficiente leyendo para haber pasado por las dieciséis anteriores con la concentración de quien sabe que lo que tiene en las manos no admite lectura diagonal. Cada página requería lo que requería. No más, no menos.
Las primeras entradas eran de hac&ia
Valentina tragó. Se le había cerrado la garganta por dentro, sin ruido, igual que cuando llegaba la factura de la clínica. Sintió que se le humedecían los ojos y dejó que pasara. No pensaba limpiarse. Que viera lo que costaba.—No quiero que sea un trabajo para ti —dijo.—No lo es.—No quiero que me conviertas en algo que hay que arreglar. Me has arreglado ya demasiado. —Se enderezó—. Anoche pensé que lo mejor era irme esta misma mañana, sin hablar. Hoy pienso que tampoco quiero eso.Sebastián se quedó quieto. Valentina vio cómo le cambiaba la respiración, vio el músculo de la mandíbula saltar y volver a su sitio.—Necesito tiempo —dijo ella—. No para decidir si me voy. Necesito tiempo para saber si lo que siento es real o si soy la protagonista de la historia de Mariana que finalmente encont
Sebastián regresó a su sillón. El cuadro quedó torcido en la pared, torcido de verdad, y a Valentina le molestó más de lo razonable. Lo miró un rato. Nadie lo enderezó.—¿No vas a mirarlo? —preguntó él.—Después.—Está todo.—No te lo pregunté.Bajó la vista a la carpeta. Pasó el pulgar por el borde del cartón, donde alguien había escrito con lápiz algo que ya no se leía. Cuando habló, lo hizo bajo y sin prisa, con la voz que usaba para cerrar la caja del día.—Me elegiste porque era útil. No porque me vieras.Había preparado la frase durante la noche para decirla con más filo. Salió sin ninguno, y se le quebró un poco en la palabra útil. Se mordió la mejilla.Sebastián no se movi&oacut
Contrato se levantó. Estiró primero las patas delanteras, después las traseras, con la parsimonia del que va a hacer algo que lleva rato pensando, cruzó la alfombra con el rabo bajo y se metió debajo del sofá. Se le veía solo el hocico y un ojo, fijo.—Hasta el perro sabe que esta vez no hay arbitraje posible.—dijo Valentina mirándolo.—Le gusta el sofá —dijo Sebastián, con la voz de un hombre que se agarra a lo que hay.—No te hagas el gracioso.—No lo hago. Estoy aterrado.Ella soltó el aire por la nariz y se pasó la lengua por el interior de la mejilla, justo donde ya había una carne más fina. La luz de las siete y media entraba oblicua por la ventana y le caía a él en media cara, y a ella le dio por pensar en la cantidad de veces que había visto esa cara a esa hora, con la taza en la mano, co
El teléfono vibró sobre la mesa auxiliar. Santiago, seguro, por la hora y por esa manera de insistir que tenía. Sebastián estiró el brazo sin mirar la pantalla, lo apagó y lo dejó boca abajo.—¿Era importante? —dijo Valentina.—Menos que esto.—Bien. Continúa.Sebastián se echó hacia atrás en el sillón. Miró la alfombra, no a ella, y habló como se lee un informe que uno habría preferido no escribir.—Rodrigo lleva dieciséis años contando una versión de aquello en la que tu padre es el culpable. El que firmó, el que vació las cuentas, el que se fue dejando a otros socios con el agua al cuello. La contó en las cenas adecuadas, a la gente adecuada, hasta que dejó de ser una versión y se volvió un hecho. Hoy medio sector la da por cierta.&mdas
Contrato soltó un ronquido largo y se giró panza arriba. Valentina lo miró a él, luego a Sebastián, y tuvo la impresión de que hasta el perro esperaba la respuesta.—Antes dime otra cosa —dijo ella—. ¿Santiago sabía?—Parte.—Llámalo.—Son las once y cuarto.—Llámalo.Sebastián sacó el teléfono, marcó y dejó el altavoz sobre la otomana, junto a la oreja del perro. Sonó cuatro veces.—Más vale que sea una emergencia —dijo Santiago, con la voz de quien no dormía pero no pensaba admitirlo—, y que sea de las buenas.—Soy yo —dijo Valentina—. ¿Tú sabías lo de mi padre?Un silencio largo, de esos en los que se oye al otro lado un mueble crujir y alguien incorporándose.—Sabía par
Valentina dejó pasar un minuto antes de volver a hablar.Seguían en la salita, en los mismos sillones, con el té frío en tres tazas y Contrato roncando sobre la otomana con las patas apuntando hacia ella. Eran las once y diez. Le dolían los hombros de tanto sostener la postura de mujer serena.—Ahora lo de Rodrigo.Sebastián levantó la vista.—¿Hoy?—Lo acordamos esta tarde. Todo lo que sepas, el mismo día.—Pensé que por hoy ya habías tenido bastante.—Pensaste mal. Sin dejar nada fuera.—Eso suena a cláusula.—Lo es.Sebastián dejó el cuaderno en la mesa, se inclinó con los codos en las rodillas y entrelazó los dedos. Tardaba en empezar. Valentina conocía ese tardar, el de alguien que ordena algo que lleva años en desorden.—Hace diec







