FAZER LOGINEn la ciudad que nunca duerme, existen dos mundos que jamás deberían cruzarse el de la luz que ciega y el de las sombras que consumen. Naia vive en el primero, o al menos lo intenta. Sus pies conocen el rigor del ballet clásico y la humillación del escenario de un club nocturno. Para ella, el baile no es arte, es una moneda de cambio; un sacrificio necesario para mantener con vida lo único que ama. Se mueve como un cisne en un lago de fango, ocultando tras una máscara la desesperación de quien ya no tiene nada que perder, salvo su propia alma. Artem Belov es el dueño de las sombras. Un magnate ruso cuya presencia gélida y acento profundo dictan las reglas del juego antes de que este siquiera comience. Acostumbrado a comprar imperios y a silenciar voluntades, Artem no busca amor, busca posesión. Para él, Naia no es una mujer, es una obsesión vestida de seda y diamantes; una belleza inalcanzable que ha decidido encerrar en una jaula de cristal. Un contrato. Un año. Una vida a cambio de otra. Esta no es una historia de amor convencional. Es el relato de una rendición. En el momento en que Naia aceptó el trato, el escenario cambió para siempre. Ahora, ella debe aprender que en el mundo de Artem Belov, la libertad es un lujo que no se puede costear, y que el precio de salvar a quien amas es pertenecer, en cuerpo y mente, al hombre de los ojos grises.
Ver maisArtemEl invierno moscovita golpea los cristales de la mansión con una furia que en otros tiempos me habría parecido un presagio de guerra. Pero hoy, el viento aullador es solo música de fondo para la paz que reina dentro de estos muros. Me observo en el espejo del vestidor, acomodando los gemelos de oro que Naia me regaló en nuestro tercer aniversario. Mi reflejo me devuelve la imagen de un hombre que ha aprendido a sonreír con los ojos, aunque mi mandíbula conserve la firmeza del acero.Cinco años han pasado desde que el corazón de Naia se detuvo y yo lo obligué a latir de nuevo con mis propias manos. Cinco años desde que Mijaíl llegó al mundo para recordarme que el verdadero poder no reside en cuántos hombres puedes matar, sino en a cuántos eres capaz de hacer felices.—¡Papá! ¡Papá, se acabó el tiempo! —la voz de mi hijo retumba en el pasillo, seguida del eco de sus pequeños zapatos de charol contra el suelo de madera noble.Mijaíl entra en mi vestidor como un torbellino de elegan
Artem El aire de Moscú era un cuchillo de hielo cuando salimos por las puertas privadas de la clínica, pero esta vez el frío no me produjo esa alerta visceral de siempre. Tenía mis brazos ocupados por el peso más valioso y frágil que el universo me había entregado Mijaíl. A mi lado, en una silla de ruedas empujada por una enfermera bajo mi supervisión letal, estaba Naia. Se veía pálida, sí, y sus movimientos aún eran cautelosos por la cirugía, pero estaba viva. Respiraba el mismo aire que yo. El milagro se había consolidado.El despliegue para llevarlos a casa no era una simple escolta; era una operación de guerra. Veinte camionetas blindadas formaban un perímetro que bloqueaba dos manzanas a la redonda. Mis hombres, vestidos de gala negra y portando armas largas, mantenían a raya a cualquier curioso o periodista que hubiera olido la noticia del nacimiento del heredero. No era ostentación; era un mensaje para mis enemigos Si te acercas a ellos, borraré tu linaje de la historia.—Art
NaiaEl despertar no fue una explosión de luz, sino una lenta y pesada ascensión desde las profundidades de un océano de obsidiana. Al principio, no había nada más que un silencio absoluto y una sensación de ingravidez que me hacía dudar de mi propia existencia. No sentía dolor, no sentía frío, solo una paz extraña y lejana. Pero entonces, un sonido empezó a perforar la bruma. Era un ritmo constante, un bip... bip... bip... que parecía anclarme a algo sólido.Poco a poco, mis sentidos regresaron como soldados cansados volviendo de una batalla. Sentí el peso de mis párpados, que pesaban como si estuvieran hechos de plomo. Sentí el roce de una sábana de algodón sobre mi piel y un calor intenso, casi eléctrico, rodeando mi mano derecha. Intenté mover los dedos y una punzada de dolor agudo en el pecho me recordó que todavía tenía un cuerpo.Hice un esfuerzo sobrehumano y logré abrir los ojos. La luz de la habitación era suave, tamizada por persianas que dejaban pasar apenas unos hilos de
ArtemEl dolor no es algo que yo sienta a menudo. El dolor es para los débiles, para las víctimas. Pero lo que sentí en ese momento, cuando la línea del monitor se volvió plana y el pitido constante llenó la sala, no fue dolor. Fue la aniquilación total de mi existencia. Mi mundo se colapsó en un punto negro y denso donde no había aire, ni luz, ni futuro.Miré su rostro. Estaba tan pálido, tan sereno, como una escultura de mármol que alguien había olvidado terminar. Sus manos, que horas antes apretaban las mías con la fuerza de la vida, ahora estaban laxas, frías, ajenas.—Señor Belov… la hora de la muerte… —comenzó a decir la doctora con una voz temblorosa, mirando su reloj.—¡CÁLLATE! —rují. El sonido de mi propia voz no me pertenecía; era el grito de una bestia herida de muerte.Me puse en pie, apartando a los médicos y enfermeras con una violencia ciega. Lancé a un enfermero contra la pared y empujé a la cirujana con tal fuerza que cayó al suelo. No me importaba la esterilidad d


















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