LOGINEl salón privado de la Casa Bonnet, en la zona alta de la ciudad, respiraba un lujo silencioso y asfixiante. Las paredes enteladas en damasco perla amortiguaban el rumor de la calle, mientras maniquíes de terciopelo exhibían abrigos de piel, vestidos a medida y joyas dispuestas sobre bandejas de plata.Chiara caminaba a mi lado con la barbilla en alto y satisfacción evidente; se había asegurado de reservar la sala entera para nosotras y un selecto grupo de herederas de las dinastías comerciales del consejo. Para mi hermana era un acto de orgullo demostrar que la señora de los Moretti no era un mito recluido tras los muros del acantilado, sino una mujer de su propia estirpe.Yo vestía un conjunto sobrio de lana fina color carbón, cerrado hasta el cuello, con el zafiro latiendo como un pulso dormido bajo la tela.En la estancia aguardaban tres jóvenes sentadas en un diván. Dos nos recibieron con sonrisas calculadas y saludos corteses; la tercera ni se molestó en disimular el desdén que
La luz de media mañana entraba tamizada por los altos ventanales del salón de té, proyectando rectángulos dorados sobre la mesa de caoba. Frente a mí, varios manuales de comercio marítimo y balances de aduanas permanecían abiertos. Sin embargo, mi atención no estaba fija en los números; en el ambiente flotaba una corriente invisible, densa y cargada de una electricidad ajena a cualquier amenaza armada.Lucas estaba sentado cerca de la chimenea, fingiendo limpiar los mecanismos de un reloj de bolsillo de plata. Se había asignado la custodia de la estancia con la excusa de no dejar sola a la cuñada convaleciente, pero su rigidez lo delataba. No apartaba la vista del metal pulido, aunque sus hombros se tensaban cada vez que el aroma a flores silvestres y cítricos de Chiara cruzaba la habitación.Chiara, en cambio, rebosaba una energía radiante y descarada.Repasaba un esquema de rutas logísticas con la punta de una estilográfica, luciendo un vestido verde esmeralda de corte impecable y u
El regreso a la fortaleza de los Moretti tuvo el peso de un cortejo fúnebre.El portón de hierro forjado se cerró tras la caravana con un chirrido pesado que cayó sobre mí como una losa. Aunque las heridas del abdomen habían cerrado gracias a la transfusión, el cuerpo me pesaba; los músculos de la espalda y los muslos estaban agarrotados por el latigazo contra el hormigón, y cada respiración profunda arrastraba el recuerdo áspero del humo y la llovizna helada.En el vestíbulo, la servidumbre permanecía alineada contra los zócalos de madera oscura, con la vista baja y los uniformes almidonados sin una arruga. Nadie se atrevía a levantar los ojos. Tras la purga en los sótanos y la ejecución de Gia, el terror en la casa era un veneno espeso; todos me miraban como al motivo por el que los hombres de Dante bajaban al patio cargando bolsas de cal viva. Para ellos, yo era una sentencia de muerte con vestido de terciopelo.Excepto para una persona.Cuando Dante me ayudaba a despojarme del abr
La lluvia repiqueteaba como plomo fundido contra las vidrieras emplomadas del despacho de Don Roberto. El aroma a tabaco de pipa, cuero viejo y cera de abejas no lograba enmascarar el hedor invisible de la culpa que saturaba el aire.La puerta de roble macizo se abrió de golpe sin previo aviso.Dante entró en la estancia con el abrigo largo empapado de aguanieve, arrastrando una frialdad que hizo bailar las llamas de la chimenea. Su rostro estaba desencajado, con la mandíbula pétrea y los ojos grises reducidos a dos brasas de ceniza viva. No se quitó los guantes de cuero; bajo el brazo izquierdo sostenía la carpeta carmesí extraída del búnker subterráneo.Don Roberto, sentado tras su imponente escritorio de caoba, levantó la vista de unos balances aduaneros con el ceño fruncido.—Hay formas de entrar al despacho de tu padre, muchacho. Te enseñé modales antes de enseñarte a disparar.Dante no respondió. Caminó tres zancadas pesadas y arrojó el expediente abierto sobre la mesa.El papel
Las luces de la ciudad eran apenas un parpadeo sucio a través de los cristales empañados del todoterreno.Dante no había regresado a la villa tras dejar a Valeria bajo la custodia blindada de tres escuadras de élite en la clínica privada. La acusación de Aurelio De Santis le martilleaba las sienes como un disparo a bocajarro: «Siete impactos de nueve milímetros perforando el radiador... Alguien que jamás ha dejado con vida a una sola mujer de tu estirpe».Aurelio era un zorro viejo, pero en sus ojos no había soberbia, había certeza. Y Dante necesitaba destruirla antes de que esa sombra le arrancara a Valeria de las manos.El vehículo frenó en seco en el muelle viejo de San Pietro frente a un bloque de hormigón armado semienterrado en la roca. Antiguo polvorín naval durante la guerra, servía desde hacía medio siglo como la cámara acorazada de los Moretti; el archivo muerto de sentencias, sobornos y ejecuciones extraoficiales que ningún libro de contabilidad registraba.Dante bajó sin p
A la mañana siguiente, la planta privada de la clínica de San Pietro parecía un polvorín bajo custodia militar.Frente a la puerta de mi suite médica, dos centinelas cruzaron sus fusiles en aspa al ver aparecer a Chiara con abrigo claro y el pelo revuelto por el viento.—No tiene autorización para pasar, señorita De Santis —dijo el guardia con voz de hierro—. Órdenes directas de Don Dante.—¡Es mi hermana! —suplicó Chiara, forcejeando con las manos en el aire—. ¡Solo necesito ver que está viva!El ascensor se abrió con un timbre metálico y emergió Lucas Moretti. El hermano menor de Dante vestía chaqueta de cuero y vaqueros oscuros, con ojeras profundas y el paso apresurado; Dante había puesto al clan en alerta de madrugada tras el atentado y la revelación de mi linaje.Chiara corrió hacia él y le aferró el brazo:—¡Lucas! Por favor, diles que me dejen entrar. Te lo ruego... solo cinco minutos.Lucas la miró con cautela. Conocía el peso de las órdenes de su hermano, pero los ojos de la







