LOGINPOV LeoEl reloj del pasillo marca las tres de la madrugada cuando empujo la puerta principal del anexo.Valentina está sentada en el sofá de la sala, iluminada solo por la lámpara de lectura. Lleva puesta la camiseta gris con la que bajó por la escalera de incendios hace dos días, recién lavada, y unos pantalones deportivos oscuros. Tiene los pies descalzos apoyados sobre la mesa de cristal y hojea un libro de arte sin prestarle verdadera atención.Cierro la puerta con cuidado. Al escuchar el clic de los seguros magnéticos, ella levanta la vista.—¿Terminó? —pregunta Valentina, dejando el libro a un lado y poniéndose de pie.—Terminó —confirmo, aflojándome el nudo de la corbata y dejando mi maletín en el suelo—. El equipo táctico allanó la mansión de Victoria Montenegro a la una de la mañana. No opusieron resistencia. Encontramos la portátil cifrada en su tocador y la libreta azul en la caja fuerte, tal como dijo Ofelia.Me acerco a la pequeña cocina empotrada, abro la nevera y saco
POV OfeliaEl golpe contra el volante me dejó sin aliento por un segundo.El humo del radiador de mi sedán se eleva frente al parabrisas agrietado. Me llevo una mano a la frente, buscando rastros de sangre, pero solo encuentro sudor frío. La bolsa de aire no se activó. El impacto frontal a baja velocidad apenas abolló el frente de mi auto, pero destrozó el parachoques del vehículo que se cruzó en mi camino.Miro por la ventanilla. Estamos en la salida de la autopista sur, a menos de cinco kilómetros de la entrada de Trescastaños.Acelero el motor, intentando retroceder, pero las llantas chirrían sobre el asfalto. El eje delantero está trabado.—¡Bájate del auto! —grita una voz masculina desde afuera.La puerta del conductor de la camioneta negra contra la que choqué se abre. Bruno, el jefe de seguridad de Damián, baja empuñando su arma de reglamento. Apunta directo a mi parabrisas mientras avanza por el asfalto iluminado por los faros delanteros.No puedo huir.Apago el motor, levanto
POV ValentinaEl salón de conferencias del hotel Grand Palace está reservado a nombre de una de las empresas fantasma de Damián. La mesa de caoba es inmensa. En el centro, hay una jarra de cristal con agua mineral y dos vasos vacíos.Reviso la hora en mi reloj de pulsera. Faltan tres minutos para la reunión.Leo está de pie junto al ventanal que da a la ciudad, observando el tráfico de la tarde. No lleva corbata, pero no se ha quitado el saco. Su postura es rígida. El maletín donde trajo las copias de los registros digitales que Sebastián le dio anoche descansa sobre la mesa.—Si Guzmán llega con sus abogados, no dirá una sola palabra que lo comprometa —advierte Leo, dándose la vuelta para mirarme.—Guzmán no traerá abogados, Leo —le aseguro, sentándome en la cabecera de la mesa, cruzando las piernas con aplomo—. Este es un asunto de partido. Él cree que lo llamé para pedirle dinero prestado a cambio de mi silencio sobre sus obras no declaradas. Viene dispuesto a intimidarme.Leo se a
POV RenataEl timbre de la puerta de servicio de Migas suena tres veces seguidas.Dejo la bandeja de medialunas recién horneadas sobre el mostrador de acero inoxidable y me limpio las manos con el delantal. Camila está sentada en una silla alta frente a los hornos industriales. Revisa las hojas de inventario, sumando los pedidos de harina para el próximo mes. Su vientre de casi diecisiete semanas ya no puede ocultarse bajo sus blusas holgadas.—Yo abro —le digo, caminando hacia la salida trasera.Desde el ataque de los prestamistas al hospital y al local, la orden de Damián fue clara: Camila solo puede venir a la panadería si está acompañada por un anillo de seguridad completo. Y desde que la viuda Montenegro empezó a financiar la venganza de Ofelia, Bruno no delega mi custodia a nadie.Miro por la mirilla de la puerta metálica. Bruno est&aacut
POV LeoLa voz de Sebastián resuena a través de la puerta de madera reforzada, sacándonos del trance.Valentina se separa de mí a toda prisa, con el rostro ruborizado. Recoge el vestido negro del suelo mientras yo busco mis pantalones. Nos vestimos en tiempo récord. El aire de la sala, que hace un minuto parecía eléctrico, ahora está acelerado.Termino de abrocharme la camisa y de asegurar el cinturón antes de caminar hacia la entrada.Desactivo los pasadores magnéticos.Sebastián, Damián y Bruno entran al anexo de inmediato. Los tres traen los rostros serios. Damián viste un suéter oscuro y Bruno lleva la misma ropa deportiva que usaba para entrenar, señal de que la noticia los hizo movilizarse desde la casa principal sin perder un segundo.Sebastián deja su tableta electrónica sobre la mesa, conectando un cable a un pequeño proyector portátil que siempre lleva en el maletín.—Las oficinas de la fiscalía son un nido de ratas, Leo —suelta el investigador, sin preámbulos—. Victoria Mon
POV ValentinaLa vibración del teléfono rompe la burbuja en la que estábamos.Leo se aparta unos centímetros, con la respiración agitada, y saca el aparato de su bolsillo. Mira la pantalla y frunce el ceño al reconocer el número de su amigo. Atiende la llamada y activa el altavoz mientras me rodea los hombros con el brazo libre.—Dime, Sebastián. Estamos afuera del museo. Acabamos de frenar a Victoria frente a la prensa.—Esa mujer no tiene límites, Leo —la voz del investigador suena alterada, con ruidos de teclados y voces de fondo—. Ofelia debió avisarle mucho antes que nosotros rastreamos los servidores de Ignacio, porque Victoria acaba de jugar su carta de respaldo.—Habla claro. ¿Qué hizo?—Alguien entró al sistema interno de evidencias hace veinte minutos. Alteraron los registros digitales del caso de narcóticos que estás llevando. Borraron tus firmas de la cadena de custodia y plantaron correos electrónicos falsos donde supuestamente aceptas un soborno del abogado defensor.El







