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El olor del hospital siempre le había parecido repugnante a Aria Stelle. Olía a cloro industrial, a sábanas recién lavadas y a ese metal frío que avisa que las cosas no van a salir bien. Hacía solo seis meses que había respirado ese mismo aire cuando el cuerpo de su madre se apagó tras una dolorosa batalla contra el cáncer. Pero hoy, en la sala de espera VIP de la clínica central, nadie estaba llorando por amor.
—¡Es un egoísta! —protestó Adriana en voz alta. Se llevó las manos perfectas a las mejillas, cuidando de no correrse la base de maquillaje—. ¡Teníamos planes, papá! Si queda desfigurado o lisiado... ¡mi vida se va a arruinar por completo! Aria miró a su media hermana desde la esquina de la sala, el rincón donde solía esconderse desde que Margot y su hija se instalaron en su hogar tras la muerte de su madre. Fue entonces cuando descubrió la doble vida de su padre: Roberto había mantenido a una amante y a una hija fuera del matrimonio durante años. Adriana llevaba un vestido de lino blanco que acababa de comprar esa tarde. Ni una sola lágrima ensuciaba sus ojos. Para ella, el hombre que se debatía entre la vida y la muerte en la sala de cuidados intensivos no era el amor de su vida; era una inversión de alto valor que acababa de estrellar su deportivo negro a doscientos kilómetros por hora. Ezequiel. El nombre golpeó el pecho de Aria. Cerró los ojos, dejando que el recuerdo la asaltara con la fuerza de siempre. Hacía dos años, cuando su madre aún batallaba contra su enfermedad, desbordada por la angustia y el agotamiento, Aria colapsó en una banca de la clínica, hecha un nudo. Fue allí donde lo vio por primera vez. Un joven alto y pálido, que parecía recuperarse de su propia crisis médica, se detuvo al verla llorar. Sin hacer preguntas ni saber quién era ella, se acercó, sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo tendió en silencio antes de seguir su camino. Aquel pequeño gesto de bondad, en medio del abandono que sentía, se clavó en el corazón de Aria para siempre. —Cállate, Adriana, por el amor de Dios —la voz de Roberto la devolvió bruscamente al presente. Sonaba vieja, gastada. Estaba apoyado contra la pared, con el rostro ceniciento—. Los médicos dicen que no responde. Daño axonal difuso. Está en estado vegetativo. —¿Y qué pasará con los contratos? —Margot dio un paso al frente, cruzándose de brazos. Roberto, nuestras empresas están con el agua al cuello. Los Lombard son nuestro único salvavidas. Si ese muchacho queda como un mueble en esa cama, la junta directiva le quitará el control a su madre y nosotros iremos a la quiebra antes del próximo mes. Nadie miraba a Aria. Nadie se preguntaba qué sentía la chica silenciosa en el rincón. La puerta de la sala privada se abrió con un chasquido seco. De ella salió la doctora a cargo, seguida por una mujer que derramaba autoridad a pesar del dolor en sus ojos: Beatriz Lombard. La matriarca del imperio familiar vestía un traje sastre oscuro y mantenía la espalda tan recta que parecía hecha de piedra. Sus ojos recorrieron la sala de espera, ignorando los sollozos falsos que Adriana improvisó en un segundo. —Necesito hablar con ustedes —dijo Beatriz, con voz fría y cortante—. A solas. En la oficina de la dirección del hospital. Ahora mismo. Beatriz los guió hacia el despacho privado del Director General de la clínica, un espacio al que tenía acceso absoluto debido a que el Consorcio Lombard era el principal benefactor y accionista del hospital. El lugar era de un diseño minimalista, con enormes ventanales que daban a las luces de la ciudad. Beatriz no se sentó; se quedó de pie junto al escritorio. —Ir directo al grano nos ahorrará tiempo a todos —declaró Beatriz, clavando su mirada en Roberto—. El informe médico es definitivo. Ezequiel tiene un daño cerebral severo. No saben si despertará. Para el mercado exterior, el director ejecutivo del Grupo Lombard está temporalmente indispuesto, pero si la junta directiva descubre la verdad, las acciones caerán en picada mañana. Necesito estabilidad legal ahora mismo para activar la cláusula de sucesión familiar. Necesito que Ezequiel esté casado. Y necesito un heredero legítimo para proteger su patrimonio antes de que impugnen su capacidad legal. La habitación se quedó en un silencio absoluto. —¿Casado? —saltó Margot, con los ojos brillando de codicia—. Bueno, Adriana y Ezequiel ya tenían planes... —Sé perfectamente quién es la chica con la que mi hijo estaba comprometido —interrumprió Beatriz, fijando sus ojos fríos en Adriana—. Pero a mí no me interesan los romances. Me interesa un contrato. El Grupo Lombard saldará la totalidad de las deudas de las empresas Stelle y transferirá una asignación mensual a la mujer que firme los papeles de matrimonio esta misma noche. A cambio, ella se someterá a la inseminación artificial con las muestras de mi hijo. Una vez que nazca el heredero, el acuerdo se cumple. Adriana dio un paso atrás, pálida. —¿Inseminación? ¿Con un vegetal? —el tono de Adriana perdió la elegancia, volviéndose tosco—. ¡Papá, no! ¡Están locos! ¿Quieren que pase mi juventud atada a un hombre conectado a una máquina? ¿Que tenga el hijo de un muerto en vida? ¡Mi carrera en el modelaje apenas empieza! ¡No voy a arruinar mi cuerpo ni mi vida metida en esa mansión cuidando a un enfermo! —¡Adriana, cállate! —intervino Margot, agarrándola del brazo, intentando disimular el escándalo. Beatriz Lombard ni se inmutó. Una sonrisa helada apareció en sus labios. —No soy sentimental, Roberto. No me importa cuál de tus hijas firme el documento. Solo necesito un vientre dispuesto a darme un nieto. Si aceptan, sus deudas desaparecen hoy. Si se niegan, mañana ordeno el embargo de tus propiedades y tu nombre estará en las noticias de bancarrota. Tienen cinco minutos. Beatriz caminó hacia el ventanal, dándoles la espalda. Roberto se giró hacia Margot y luego miró desesperado a su hija menor. —Margot... nos van a quitar la casa. Iré a la cárcel —susurró el hombre, con las manos temblándole visiblemente. —Adriana no lo va a hacer, Roberto. No voy a permitir que mi niña pase por ese infierno —respondió Margot con voz firme. Entonces, sus ojos calculadores se desviaron lentamente hacia el rincón. Hacia la figura silenciosa—. Pero... tienes otra hija.Aria contuvo el aliento frente al monitor de la oficina. En la pantalla, el vídeo mostraba el pasillo con nitidez: ella misma ingresando a la habitación aquella noche, y horas después, saliendo sola. Minutos más tarde, la cámara capturaba la silueta de un hombre saliendo de la misma puerta. Pero el ángulo cenital de la cámara impedía verle el rostro o distinguir cualquier rasgo identificativo. No había nombre, no había tarjetas de crédito asociadas visibles; absolutamente nada útil. —¿Tienen algo más? ¿Algún otro ángulo del vestíbulo o de los ascensores? —preguntó Aria, con un hilo de desesperación asomándose en su voz. —Lo lamentamos profundamente, señora Lombard. Es todo lo que el sistema de esa sección almacena antes de la sobrescritura automática —respondió el gerente con total neutralidad. Aria salió del hotel con las manos completamente vacías, sintiendo una frustración agria quemándole el pecho y los ojos ardidos por las ganas de llorar. Había tenido que tragar su orgul
El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando Aria salió de la universidad. Tal como lo había prometido, el sedán negro de los Lombard ya la esperaba junto a la acera. Morgan se inclinó con respeto en cuanto la vio acercarse y le abrió la puerta. —Buenas tardes, señora Aria. —Buenas tardes, Morgan —correspondió ella mientras se acomodaba en el asiento trasero. El coche arrancó con suavidad, incorporándose al tráfico denso de la ciudad. Durante los primeros minutos reinó el silencio, pero las manos de Aria, aferradas con fuerza a la correa de su bolso, delataban la tormenta que llevaba por dentro. No podía seguir cruzada de brazos esperando que la verdad cayera del cielo. Tenía que empezar a averiguar sobre la trampa de aquella noche en el hotel o la situación terminaría por asfixiarla. Giró el rostro hacia la ventanilla, respiró hondo y tomó una decisión impulsiva. —Morgan... ¿podríamos hacer una parada antes de volver a casa? —preguntó con la mayor naturalidad posi
En la residencia de los Stelle, la habitación de Adriana parecía un campo de batalla. Vestidos de diseñador con etiquetas colgando, zapatos de tacón de edición limitada y frascos de perfume destrozados yacían esparcidos por todo el suelo. En el centro del caos, Adriana paseaba de un lado a otro con el rostro desencajado, respirando con la boca abierta mientras las lágrimas de furia le quemaban las mejillas. Su hermoso cabello rubio, usualmente impecable, caía desordenado sobre sus hombros. —¡No lo entiendo! ¡Simplemente no lo entiendo! — gritó Adriana con la voz quebrada por la histeria, lanzando un cojín contra el ventanal—. ¡Han pasado horas desde el incidente, Galiano dijo que Ezequiel ni siquiera quiso escuchar mis reclamos, y él... él no ha movido un solo dedo para llamarme! En el umbral de la puerta, su madre, observaba el desastre sin inmutarse lo más mínimo posible. Estaba acostumbrada a los arrebatos de su hija, pero sabía que esta vez el peligro era real: por primera vez
—Tranquilo, hombre, solo bromeaba para aligerar el ambiente —se disculpó su amigo entre risas leves—. Por cierto, ¿supiste algo de Adriana? Me llamó temprano hecha un mar de lágrimas. Dice que no piensa volver a pisar tu casa hasta que pongas orden. Está indignada, creo que deberías llamarla. Durante mucho tiempo, los reclamos constantes de Adriana le habían parecido a Ezequiel una consecuencia lógica, y tolerable, del compromiso que arrastraban del pasado. Sin embargo, tras los acontecimientos recientes y las palabras de Aria sobre las manipulaciones de su hermana, el drama de Adriana empezaba a resultarle insoportable. —Adriana sabe perfectamente cómo soy —respondió Ezequiel con total frialdad—. Si quiere montar un berrinche, que lo haga. —Vaya, vaya... ¿Defendiendo a la mujer con la que te casaron? —insistió Galiano—. Cuidado, Ezequiel, no te vayas a enganchar con tu esposa. Y hablando en serio... el día que se harten y firmen el divorcio, avísanos. A más de uno en el club no
Al cruzar la puerta de la mansión, una brisa de aire fresco le golpeó el rostro, como si la mañana intentara despejar la pesadez que llevaba sobre los hombros. A pocos pasos, el chofer ya la aguardaba de pie junto al coche, sosteniendo la puerta trasera abierta. —Buenos días, señora Aria —la saludó el chofer con una inclinación respetuosa. —Buenos días, Morgan. Gracias —respondió Aria con una sonrisa amable antes de subir al vehículo. Se acomodó en el asiento trasero mientras el coche ponía marcha hacia el campus. El trayecto transcurrió envuelto en una calma tensa; mientras las calles desfilaban tras la ventanilla, su cabeza no dejaba de dar vueltas, en su mente repasaba sus pendientes académicos y la manera para empezar a investigar las pruebas del hotel por su cuenta. Al detenerse frente a la entrada del campus, Morgan bajó con rapidez para abrirle la puerta. —Estaré aquí esperándola a las cuatro de la tarde, señora —le recordó el hombre con amabilidad. —Excelente,
El silencio en el dormitorio se volvió insoportable. Aria, arrinconada contra el borde de la cama, sujetaba la toalla contra su pecho con fuerza. Le daba la espalda a Ezequiel, con las mejillas quemándole de pura vergüenza. No solo la había visto completamente expuesta, sino que había caído en su regazo como una tonta. El corazón le latía a un ritmo desbocado que amenazaba con ahogarla. Ezequiel no dijo una sola palabra. La miró un segundo más, giró la silla de un golpe y avanzó hacia la salida sin volver la vista atrás. El chasquido de la puerta al cerrarse retumbó en el pasillo. Al otro lado, en la penumbra del corredor, Ezequiel se detuvo. Tenía la respiración entrecortada y el pecho subiéndole y bajándole a tirones. La imagen de Aria; su piel húmeda, el temblor de sus labios a milímetros de los suyos, se le quedó clavada en la cabeza, negándose a desaparecer. Apretó la mandíbula hasta que las sienes le daban pinchazos de dolor. Había entrado a esa habitación dispuesto a apla







