Se connecterEl aire se congeló en los pulmones de Aria. Su padre la miró. Por primera vez en meses, sus ojos se clavaron en los de ella, llenos de una desesperación egoísta. Roberto Stelle tragó saliva, se aclaró la garganta y se giró hacia la imponente mujer que seguía de espaldas.
—Beatriz... por favor, concédenos dos minutos a solas con mi hija —pidió Roberto con la voz quebrada—. Necesitamos hablar con ella. Beatriz Lombard no se giró. Solo hizo un leve ademán con su mano, dándoles permiso sin emitir una sola palabra. Su silencio dejaba claro que no le importaban los métodos familiares, sino el resultado. Roberto tomó a Aria del brazo con firmeza y la arrastró hacia el fondo del despacho, cerca de una puerta lateral que conectaba con una sala de juntas contigua, lo suficientemente lejos para que los demás no escucharan los detalles. —Aria, tienes que hacer esto —le pidió Roberto en un susurro desesperado, apretándole el antebrazo—. Tienes que firmar ese maldito contrato. Es la única forma de salvarnos. Aria sintió un frío amargo recorriéndole la espina dorsal. Se soltó del agarre de su padre con un movimiento brusco, mirándolo con una mezcla de horror e incredulidad. —¿Que yo lo haga? —preguntó Aria, forzando la voz para no gritar—. La novia de Ezequiel es Adriana. La que salía con él y gastaba su dinero es tu niña mimada. ¿Por qué tengo que pagar yo por sus caprichos? No lo voy a hacer, papá. No voy a casarme con un hombre en coma solo para salvar tus negocios. La desesperación en el rostro de Roberto se transformó de golpe en algo oscuro, una línea dura que Aria jamás le había visto mientras su madre estaba viva. El hombre la acorraló con la mirada, perdiendo cualquier rastro de piedad. —Lo vas a hacer porque estás en deuda conmigo, Aria —soltó con frialdad. Aria dio un paso atrás, parpadeando, como si no entendiera el idioma en el que le estaba hablando. —¿De qué estás hablando? —¿De verdad crees que la empresa está en la ruina solo por malas inversiones? —Roberto se inclinó hacia ella, con los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada—. Pasé años pagando los mejores hospitales del país, tratamientos experimentales y cirugías millonarias para tu madre antes de que el cáncer se la llevara. Me vacié los bolsillos por ella, Aria. Quedé al borde de la quiebra para mantenerla con vida un par de meses más. Todo ese dinero salió de mis costillas. Así que no me vengas con discursos de orgullo. Te toca pagar la deuda de tu madre y salvar el apellido que te da de comer. Cada palabra de su padre fue como un estilete clavándose directamente en su corazón. El dolor fue tan físico que tuvo que apoyar la espalda contra la pared para no caerse. Sintió náuseas, una mezcla de profunda ofensa y asco absoluto al ver cómo el hombre que se suponía debía protegerla usaba el cadáver de su madre como una moneda de cambio barata. Miró a Roberto. El hombre frente a ella ya no era el padre que la cargaba en brazos de niña ni el que prometía cuidarla siempre. Ahora era un extraño, un miserable manipulador dispuesto a venderla con tal de salvar sus privilegios. En ese preciso segundo, algo se rompió dentro de ella. El llanto que amenazaba con salir de su garganta se congeló, transformándose en una costra de hielo y orgullo. Lo miró fijamente y, en el silencio de su mente, lo borró. A partir de esa noche, ella ya no tenía padre. Ya no tenía familia. Estaba completamente sola en el mundo. —Está bien —dijo Aria. Su voz salió extrañamente calmada, desprovista de cualquier emoción—. Voy a pagar esa deuda. Pero tú y yo terminamos aquí. Sin esperar una respuesta del hombre, que pareció parpadear sorprendido por la frialdad de su hija, Aria caminó con la espalda recta de regreso al centro del despacho del director. Se detuvo frente a Beatriz. —Traiga los papeles, señora Lombard —declaró Aria, mirando fijamente a la mujer—. Yo firmaré el contrato.Aria contuvo el aliento frente al monitor de la oficina. En la pantalla, el vídeo mostraba el pasillo con nitidez: ella misma ingresando a la habitación aquella noche, y horas después, saliendo sola. Minutos más tarde, la cámara capturaba la silueta de un hombre saliendo de la misma puerta. Pero el ángulo cenital de la cámara impedía verle el rostro o distinguir cualquier rasgo identificativo. No había nombre, no había tarjetas de crédito asociadas visibles; absolutamente nada útil. —¿Tienen algo más? ¿Algún otro ángulo del vestíbulo o de los ascensores? —preguntó Aria, con un hilo de desesperación asomándose en su voz. —Lo lamentamos profundamente, señora Lombard. Es todo lo que el sistema de esa sección almacena antes de la sobrescritura automática —respondió el gerente con total neutralidad. Aria salió del hotel con las manos completamente vacías, sintiendo una frustración agria quemándole el pecho y los ojos ardidos por las ganas de llorar. Había tenido que tragar su orgul
El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando Aria salió de la universidad. Tal como lo había prometido, el sedán negro de los Lombard ya la esperaba junto a la acera. Morgan se inclinó con respeto en cuanto la vio acercarse y le abrió la puerta. —Buenas tardes, señora Aria. —Buenas tardes, Morgan —correspondió ella mientras se acomodaba en el asiento trasero. El coche arrancó con suavidad, incorporándose al tráfico denso de la ciudad. Durante los primeros minutos reinó el silencio, pero las manos de Aria, aferradas con fuerza a la correa de su bolso, delataban la tormenta que llevaba por dentro. No podía seguir cruzada de brazos esperando que la verdad cayera del cielo. Tenía que empezar a averiguar sobre la trampa de aquella noche en el hotel o la situación terminaría por asfixiarla. Giró el rostro hacia la ventanilla, respiró hondo y tomó una decisión impulsiva. —Morgan... ¿podríamos hacer una parada antes de volver a casa? —preguntó con la mayor naturalidad posi
En la residencia de los Stelle, la habitación de Adriana parecía un campo de batalla. Vestidos de diseñador con etiquetas colgando, zapatos de tacón de edición limitada y frascos de perfume destrozados yacían esparcidos por todo el suelo. En el centro del caos, Adriana paseaba de un lado a otro con el rostro desencajado, respirando con la boca abierta mientras las lágrimas de furia le quemaban las mejillas. Su hermoso cabello rubio, usualmente impecable, caía desordenado sobre sus hombros. —¡No lo entiendo! ¡Simplemente no lo entiendo! — gritó Adriana con la voz quebrada por la histeria, lanzando un cojín contra el ventanal—. ¡Han pasado horas desde el incidente, Galiano dijo que Ezequiel ni siquiera quiso escuchar mis reclamos, y él... él no ha movido un solo dedo para llamarme! En el umbral de la puerta, su madre, observaba el desastre sin inmutarse lo más mínimo posible. Estaba acostumbrada a los arrebatos de su hija, pero sabía que esta vez el peligro era real: por primera vez
—Tranquilo, hombre, solo bromeaba para aligerar el ambiente —se disculpó su amigo entre risas leves—. Por cierto, ¿supiste algo de Adriana? Me llamó temprano hecha un mar de lágrimas. Dice que no piensa volver a pisar tu casa hasta que pongas orden. Está indignada, creo que deberías llamarla. Durante mucho tiempo, los reclamos constantes de Adriana le habían parecido a Ezequiel una consecuencia lógica, y tolerable, del compromiso que arrastraban del pasado. Sin embargo, tras los acontecimientos recientes y las palabras de Aria sobre las manipulaciones de su hermana, el drama de Adriana empezaba a resultarle insoportable. —Adriana sabe perfectamente cómo soy —respondió Ezequiel con total frialdad—. Si quiere montar un berrinche, que lo haga. —Vaya, vaya... ¿Defendiendo a la mujer con la que te casaron? —insistió Galiano—. Cuidado, Ezequiel, no te vayas a enganchar con tu esposa. Y hablando en serio... el día que se harten y firmen el divorcio, avísanos. A más de uno en el club no
Al cruzar la puerta de la mansión, una brisa de aire fresco le golpeó el rostro, como si la mañana intentara despejar la pesadez que llevaba sobre los hombros. A pocos pasos, el chofer ya la aguardaba de pie junto al coche, sosteniendo la puerta trasera abierta. —Buenos días, señora Aria —la saludó el chofer con una inclinación respetuosa. —Buenos días, Morgan. Gracias —respondió Aria con una sonrisa amable antes de subir al vehículo. Se acomodó en el asiento trasero mientras el coche ponía marcha hacia el campus. El trayecto transcurrió envuelto en una calma tensa; mientras las calles desfilaban tras la ventanilla, su cabeza no dejaba de dar vueltas, en su mente repasaba sus pendientes académicos y la manera para empezar a investigar las pruebas del hotel por su cuenta. Al detenerse frente a la entrada del campus, Morgan bajó con rapidez para abrirle la puerta. —Estaré aquí esperándola a las cuatro de la tarde, señora —le recordó el hombre con amabilidad. —Excelente,
El silencio en el dormitorio se volvió insoportable. Aria, arrinconada contra el borde de la cama, sujetaba la toalla contra su pecho con fuerza. Le daba la espalda a Ezequiel, con las mejillas quemándole de pura vergüenza. No solo la había visto completamente expuesta, sino que había caído en su regazo como una tonta. El corazón le latía a un ritmo desbocado que amenazaba con ahogarla. Ezequiel no dijo una sola palabra. La miró un segundo más, giró la silla de un golpe y avanzó hacia la salida sin volver la vista atrás. El chasquido de la puerta al cerrarse retumbó en el pasillo. Al otro lado, en la penumbra del corredor, Ezequiel se detuvo. Tenía la respiración entrecortada y el pecho subiéndole y bajándole a tirones. La imagen de Aria; su piel húmeda, el temblor de sus labios a milímetros de los suyos, se le quedó clavada en la cabeza, negándose a desaparecer. Apretó la mandíbula hasta que las sienes le daban pinchazos de dolor. Había entrado a esa habitación dispuesto a apla







