INICIAR SESIÓNPov Bianca
Los días siguientes fueron raros. Lorenzo estaba más presente en la casa por los preparativos de la boda, y Valentino se movía con una normalidad que me ponía nerviosa. No me buscaba de forma obvia. No me escribía.
No me miraba de más cuando estábamos los tres. Pero cada vez que pasaba cerca de mí, aunque fuera en la cocina o en el pasillo, sentía esa tensión silenciosa.
Una tarde Lorenzo tuvo que salir a una reunión con el abogado. Me quedé en el estudio revisando unos contratos de los proveedores cuando Valentino entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de él y se apoyó en ella.
—¿Estás ocupada? —preguntó, con esa voz baja.
—Sí —contesté, sin levantar mucho la vista de los papeles—. Y tu padre puede volver en cualquier momento.
Él no se movió. Se quedó ahí, mirándome.
—No vine a cogerte —dijo, casi divertido—. Solo quería ver si seguías fingiendo que no piensas en mí.
Levanté la mirada. Él sonrió de lado, se acercó solo un poco y dejó una mano sobre el escritorio, cerca de la mía.
—Cuando él te toque esta noche —añadió, más bajo—, acuérdate de cómo te corriste conmigo en la ducha. Nada más.
Y se fue.
Esa noche, cuando Lorenzo me besó y me llevó a la cama, cerré los ojos y traté de concentrarme en él. Pero las palabras de Valentino se me quedaron pegadas.
Se movía despacio, cariñoso, y yo gemía bajo, como siempre. No me corrí. Él tampoco se dio cuenta. Cuando terminó, me abrazó y se durmió rápido. Yo me quedé despierta un rato, mirando el techo, con el cuerpo inquieto y la certeza de que Valentino tenía razón.
Lorenzo salió temprano.
Lo escuché moverse por la casa, decirme desde la puerta que volvía al mediodía y cerrar detrás de él. Me quedé un rato más en la cama, mirando el techo, hasta que el silencio me empujó a levantarme. Me puse un pantalón corto y una camiseta vieja y bajé a la cocina a hacerme un café.
Estaba sirviéndomelo cuando escuché pasos en las escaleras.
Valentino apareció en el marco de la puerta. No dijo nada. Solo me miró, se acercó y me quitó la taza de las manos para dejarla sobre la encimera. Me agarró de la cintura y me llevó de vuelta a mi habitación sin hablar.
Cerró la puerta con el pie.
Me sentó en el borde de la cómoda y me bajó el pantalón corto junto con la ropa interior de un solo movimiento.
Me abrió las piernas con las manos y se arrodilló entre ellas. Su boca fue directa. Sentí su lengua caliente y húmeda recorrer todo mi coño, lenta al principio, luego más precisa, lamiéndome el clítoris con presión firme.
Un gemido se me escapó y él me agarró más fuerte de los muslos para que no me cerrara.
Subió las manos por debajo de mi camiseta y me la levantó. Me chupó las tetas con la misma hambre, atrapando un pezón entre los labios, succionando fuerte y luego mordiendo suave mientras sus dedos seguían trabajando entre mis piernas.
El placer me subió rápido, intenso, casi demasiado. Me agarré al borde de la cómoda, la cabeza echada hacia atrás.
Se puso de pie.
Me bajó un poco más, me abrió más las piernas y entró en mí de una sola embestida, profunda y dura. Empezó a moverse fuerte y rápido, el sonido de la madera golpeando contra la pared mezclándose con el de nuestra respiración. Me tapó la boca con una mano cuando gemí más alto y con la otra me apretó una teta, pellizcándome el pezón mientras me follaba sin pausa.
Me corrí rápido.
El orgasmo me golpeó de lleno, apretándolo una y otra vez, el cuerpo temblando contra él. Él gruñó bajo, empujó más hondo un par de veces y se corrió dentro de mí, respirando pesado contra mi cuello. Se quedó quieto unos segundos, el pecho subiendo y bajando.
Cuando se salió, me subió la ropa con calma. Me miró, todavía con la respiración agitada.
—Te casas en unos días —dijo, la voz ronca—. Y ya no te voy a coger por un tiempo. Esto es para que me recuerdes cada vez que él esté dentro de ti.
Lo miré, las piernas todavía abiertas, el corazón latiéndome fuerte.
—¿Por qué?
Valentino se acomodó la ropa y se pasó una mano por el pelo, como si nada.
—Me voy unos días. Regreso el día de la boda, mami. Así que no me extrañes demasiado.
Se inclinó, me dio un beso corto y húmedo en los labios, se dio la vuelta y salió del cuarto.
Me dejó ahí, sentada en la cómoda, con el sabor de él en la boca y el cuerpo todavía temblando, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.
La noche antes de la boda la casa estaba en silencio. Lorenzo se había quedado dormido temprano, cansado de los últimos preparativos. Yo no podía dormir.
Llevaba días sin saber nada de Valentino. Lorenzo solo me había dicho, de pasada, que había vuelto a España por unos asuntos.
No dio más detalles y yo no pregunté. No quise insistir.
Me quedé despierta, mirando el techo, con el vestido de novia colgado en la puerta del armario. Mañana me casaba. Y lo único en lo que podía pensar era en si Valentino iba a aparecer o no. En si de verdad se había ido. En si esas últimas palabras en mi habitación habían sido en serio.
Cerré los ojos e intenté dormir.
No pude.
BiancaLa ceremonia civil transcurrió con impecable perfección. Firmé el acta, sonreí y acepté el beso de Lorenzo ante los aplausos de todos.Pero bajo el tul blanco, mi cuerpo ardía.Sentía el rastro tibio de Valentino escurriéndose entre mis muslos, recordándome a quién pertenecía realmente. Durante el brindis, busqué sus ojos entre la gente; él me miraba desde una esquina con una sonrisa lenta y posesiva.La fiesta apenas comenzaba, pero lo único que deseaba era que Lorenzo se durmiera para correr a buscarlo.La recepción avanzaba entre copas y felicitaciones. Estaba de pie junto a Lorenzo, fingiendo atender a los invitados, cuando escuché pasos firmes a nuestras espaldas.Alcé la vista para encontrarme con Valentino. Lo miré un segundo, traicionada por el deseo que aún me quemaba por dentro, hasta que bajé la mirada y vi su mano entrelazada con otra.Detrás de su hombro apareció una chica rubia, de facciones delicadas y una sonrisa angelical, con aire de no romper un plato.Me que
Pov BiancaLa mañana de la boda se extendía con una calma extraña sobre la mansión.Estaba frente al espejo contemplando mi vestido clásico de novia. Faltaban cuarenta y cinco minutos para la firma y Lorenzo se terminaba de arreglar en otra habitación.Un clic seco rompió el silencio. La puerta se abrió despacio.Alcé la vista en el reflejo.Valentino estaba en el umbral, con el traje oscuro ligeramente desalineado y una sonrisa peligrosa. Me recorrió de arriba a abajo con la mirada.Cerró la puerta tras él y dio un paso al frente.—Ya regresé, mami —susurró con voz ronca.Lo miré a través del espejo, cruzando los brazos sobre la tela blanca del vestido.Una sonrisa cínica se dibujó en mis labios.—No me digas que vienes a pedirme que no me case y que escape contigo...Valentino soltó una risa baja, cargada de burla. Dio un paso más hasta quedar a espaldas mías, reflejándose a mi lado.—Jamás le haría eso a mi padre.Lo miré de reojo, sintiendo cómo el sarcasmo me quemaba en la lengua
Pov BiancaLos días siguientes fueron raros. Lorenzo estaba más presente en la casa por los preparativos de la boda, y Valentino se movía con una normalidad que me ponía nerviosa. No me buscaba de forma obvia. No me escribía.No me miraba de más cuando estábamos los tres. Pero cada vez que pasaba cerca de mí, aunque fuera en la cocina o en el pasillo, sentía esa tensión silenciosa.Una tarde Lorenzo tuvo que salir a una reunión con el abogado. Me quedé en el estudio revisando unos contratos de los proveedores cuando Valentino entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de él y se apoyó en ella.—¿Estás ocupada? —preguntó, con esa voz baja.—Sí —contesté, sin levantar mucho la vista de los papeles—. Y tu padre puede volver en cualquier momento.Él no se movió. Se quedó ahí, mirándome.—No vine a cogerte —dijo, casi divertido—. Solo quería ver si seguías fingiendo que no piensas en mí.Levanté la mirada. Él sonrió de lado, se acercó solo un poco y dejó una mano sobre el escritorio, cerca de
Pov BiancaValentino se quedó completamente quieto dentro de mí. Su mano seguía tapándome la boca, pero ahora la presión era distinta, más de advertencia que de placer. El agua seguía cayendo, cubriendo un poco el sonido de nuestra respiración.Desde la habitación, Lorenzo volvió a hablar, más cerca.—¿Bianca? ¿Estás bien?Valentino acercó la boca a mi oído y me susurró, muy bajo:—Dile que no. Que ya casi sales.Tragué saliva. Él sacó la mano de mi boca despacio. Yo respiré hondo, tratando de que la voz me saliera normal.—Estoy bien —dije, un poco más alto—. Ya casi termino. No hace falta que entres, cariño. Salgo en un minuto.Hubo un segundo de silencio. Valentino no se movió. Seguía dentro de mí, duro, el pecho pegado a mi espalda.—Está bien —contestó Lorenzo desde el otro lado de la puerta—. Te espero abajo. Quiero mostrarte algo de la boda.Escuchamos sus pasos alejarse. Valentino soltó el aire despacio contra mi cuello. No se apartó.—Buena chica —me murmuró.Yo seguía con la
Pov BiancaLorenzo llegó a media tarde.Me encontró en la cocina, revisando unos correos de la wedding planner, y se acercó por detrás para abrazarme. Pasamos un buen rato en la mesa del comedor. Él hablaba de los horarios de la ceremonia, de si el primo de su madre al final iba a poder venir desde Italia, de un detalle con el fotógrafo.Yo escuchaba, tomaba notas en el teléfono y de vez en cuando le corregía algo. En algún momento me agarró la mano por encima de la mesa y me la apretó suave. Le sonreí. Se sentía normal. Casi demasiado.Cuando subimos a la habitación ya era de noche. Me besó con calma, de esos besos largos que él da cuando quiere que las cosas vayan lentas. Me desvistió sin prisa, dejando la ropa en el suelo, y me tumbó en la cama. Cuando se colocó entre mis piernas y entró en mí, lo hizo despacio, suspirando contra mi cuello.Me quedé quieta un momento, tratando de seguirle el ritmo.Él se movía con esa paciencia de siempre.Yo cerré los ojos y le pasé las manos
PoV BiancaValentino me empujó de cara contra el colchón y me subió el culo de un tirón. Sentí el aire frío en la piel mojada un segundo antes de que su polla me abriera de golpe. Entró de una sola embestida, gruesa y dura, hasta el fondo. El grito se me ahogó en la garganta. Mis dedos se aferraron a las sábanas.—Mírate —gruñó, la voz baja y ronca justo detrás de mi oído. Me agarró del pelo con fuerza y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda—. Una puta que se deja coger por su hijastro. ¿Eso es lo que eres?No me dio tiempo a contestar. Empezó a follarme fuerte. Las caderas golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno, cada embestida más profunda que la anterior. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba por completo, el calor de su cuerpo pegado al mío y el roce áspero de su pelvis contra mi piel.—Dilo —ordenó, apretándome más el pelo. Su otra mano se clavó en mi cadera, los dedos hundidos en la carne—. Di que eres una puta por tu hijastro.Cada g







