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Capitulo. 18

Autor: Belladonna
last update Fecha de publicación: 2026-10-21 23:26:42

Pov Bianca

Valentino se quedó completamente quieto dentro de mí. Su mano seguía tapándome la boca, pero ahora la presión era distinta, más de advertencia que de placer. El agua seguía cayendo, cubriendo un poco el sonido de nuestra respiración.

Desde la habitación, Lorenzo volvió a hablar, más cerca.

—¿Bianca? ¿Estás bien?

Valentino acercó la boca a mi oído y me susurró, muy bajo:

—Dile que no. Que ya casi sales.

Tragué saliva. Él sacó la mano de mi boca despacio. Yo respiré hondo, tratando de que la voz me saliera normal.

—Estoy bien —dije, un poco más alto—. Ya casi termino. No hace falta que entres, cariño. Salgo en un minuto.

Hubo un segundo de silencio. Valentino no se movió. Seguía dentro de mí, duro, el pecho pegado a mi espalda.

—Está bien —contestó Lorenzo desde el otro lado de la puerta—. Te espero abajo. Quiero mostrarte algo de la boda.

Escuchamos sus pasos alejarse. Valentino soltó el aire despacio contra mi cuello. No se apartó.

—Buena chica —me murmuró.

Yo seguía con las manos apoyadas en la baldosa, el corazón latiéndome fuerte, consciente de que Lorenzo estaba en la casa… y de que Valentino todavía no se había salido de mí.

Valentino no se detuvo. En cuanto escuchamos los pasos de Lorenzo bajar las escaleras, empezó a moverse otra vez dentro de mí, lento pero profundo, entrando y saliendo con esa misma fuerza de antes. El agua seguía cayendo sobre nosotros.

Intenté apartarme.

—Tengo que salir —susurré, con la voz tensa—. Está abajo.

Él me agarró más fuerte de la cadera y me empujó de nuevo contra la pared. Una de sus manos subió a mi pecho y me apretó las tetas, pellizcándome los pezones mientras seguía follándome.

—No —me dijo al oído, la voz ronca—. De aquí no te vas hasta que te corras… y me hagas correrme a mí, mami. Ahora de ti depende cuánto tiempo tarde.

Siguió entrando y saliendo de mí, duro, el sonido húmedo mezclándose con el del agua. Gemía bajo contra mi oreja, el aliento caliente, mientras me apretaba las tetas y me mantenía pegada a la baldosa. Cada embestida me sacudía el cuerpo. Yo apretaba los labios para no hacer ruido, consciente de que Lorenzo estaba en la casa, pero Valentino no aflojaba.

Me follaba como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, sus gemidos bajos y sucios justo en mi oído, recordándome que no me iba a soltar hasta que los dos termináramos.

Valentino bajó una mano entre mis piernas sin dejar de moverse dentro de mí. Sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a frotarlo con fuerza, pellizcándolo y apretándolo al mismo tiempo que me embestía. El placer me subió de golpe, intenso y rápido. Sentí cómo el orgasmo se me venía encima, las piernas temblándome, el cuerpo apretándose solo alrededor de su polla.

Él lo notó. Usó la mano libre para taparme la boca otra vez, fuerte, ahogando el gemido que se me escapaba.

—Vamos, dámelo —me susurró al oído, la voz ronca y tensa—. Déjame sentir cómo me aprieta tu coño cuando te vienes.

Esas palabras me rompieron. El orgasmo me golpeó de lleno. Me corrí fuerte, apretándolo una y otra vez, el cuerpo sacudiéndose contra la pared mientras él me follaba y me frotaba el clítoris sin parar. Eso lo arrastró a él. Gruñó bajo contra mi cuello, empujó hondo un par de veces más y se corrió dentro de mí, respirando pesado, el pecho subiendo y bajando contra mi espalda.

Se quedó quieto un momento, todavía dentro, recuperando el aire. Luego se salió despacio. Me dio un beso corto en el hombro, casi casual.

—Ahora sí me voy —dijo, con la voz más tranquila—. Gracias por la ducha.

Y salió del baño como si nada, dejando la puerta entreabierta y a mí sola bajo el agua, con las piernas temblando y el corazón latiéndome fuerte.

Cuando salí del baño, me sequé despacio y me puse ropa cómoda. Bajé las escaleras intentando que mi cara no delatara nada. Lorenzo estaba en la sala, con el teléfono en la mano y unos papeles sobre la mesa de centro.

—¿Todo bien? —me preguntó al verme—. Tardaste un poco.

—Sí —contesté, acercándome—. El agua estaba demasiado caliente y me quedé más de la cuenta.

Él sonrió y me hizo un gesto para que me sentara a su lado. Me mostró unos mensajes de la wedding planner y empezamos a hablar de los arreglos florales otra vez.

Yo asentía, opinaba, incluso reí en algún momento. Pero cada vez que me movía sentía el recuerdo de Valentino entre las piernas, la forma en que me había agarrado, lo que me había dicho al oído.

Pasamos buena parte de la mañana así.

Lorenzo me abrazó por la cintura en un momento, me besó la sien y me dijo que le gustaba cómo estábamos organizando todo. Le devolví el abrazo. Me sentí culpable.

Y al mismo tiempo, una parte de mí seguía pensando en cómo Valentino me había follado contra la pared minutos antes, en cómo me había tapado la boca para que no gritara, en lo fácil que le había resultado hacerme correr.

Más tarde, Lorenzo salió un rato a hacer unas llamadas al jardín. Me quedé sola en la cocina, preparando café, cuando escuché pasos detrás de mí. No tuve que darme la vuelta para saber quién era.

—Tranquila —dijo Valentino en voz baja, abriendo la nevera como si nada—. Solo vine por agua.

No lo miré. Seguí con lo mío, pero sentí su presencia a mi lado. Él se sirvió un vaso, bebió despacio y, antes de irse, me rozó la cintura con los dedos, apenas un segundo.

—Te ves bien después de la ducha —murmuró.

Y se fue.

Me quedé quieta, con las manos apoyadas en la encimera, el corazón acelerado otra vez. Lorenzo seguía afuera. La casa estaba en silencio. Y yo sabía

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