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Capitulo. 16

Author: Belladonna
last update publish date: 2026-10-21 02:55:28

PoV Bianca

Valentino me empujó de cara contra el colchón y me subió el culo de un tirón. Sentí el aire frío en la piel mojada un segundo antes de que su polla me abriera de golpe. Entró de una sola embestida, gruesa y dura, hasta el fondo. El grito se me ahogó en la garganta. Mis dedos se aferraron a las sábanas.

—Mírate —gruñó, la voz baja y ronca justo detrás de mi oído. Me agarró del pelo con fuerza y me tiró la cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda—. Una puta que se deja coger por su hijastro. ¿Eso es lo que eres?

No me dio tiempo a contestar. Empezó a follarme fuerte. Las caderas golpeaban contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno, cada embestida más profunda que la anterior. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba por completo, el calor de su cuerpo pegado al mío y el roce áspero de su pelvis contra mi piel.

—Dilo —ordenó, apretándome más el pelo. Su otra mano se clavó en mi cadera, los dedos hundidos en la carne—. Di que eres una puta por tu hijastro.

Cada golpe me sacudía entera. El placer era sucio, intenso, casi doloroso de lo bueno que se sentía. Las palabras salieron rotas, entre jadeos.

—Soy una puta… soy una puta por ti…

Valentino soltó una risa corta y oscura. Aceleró. Me folló más duro, más rápido, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Me soltó el pelo solo para agarrarme de la nuca y empujarme más contra la cama, usándome. Su polla entraba y salía sin piedad, rozándome por dentro en ese punto que me hacía temblar las piernas.

—Eso es. Aguántalo —me dijo, la voz tensa—. Te gusta que te rompa así, ¿verdad? Te gusta que tu hijastro te use como la zorra que eres. Mírate… mojada, abierta, pidiendo más.

Y lo peor era que sí. Cada vez que me lo recordaba, cada vez que me embestía como si me perteneciera, me apretaba más alrededor de él. El orgasmo me golpeó de repente, violento.

Mi cuerpo se contrajo, las piernas temblaron y un gemido largo se me escapó mientras él seguía follándome sin parar, sin soltarme, reclamándome con cada golpe profundo y posesivo.

Valentino me tenía de cara contra el colchón, el culo en alto, mientras me follaba con embestidas profundas y brutales. Cada golpe de sus caderas contra mi piel sonaba húmedo y fuerte. Me tiró del pelo hacia atrás otra vez, obligándome a arquear más la espalda, y pegó la boca a mi oído.

—Mi padre no te coge así —gruñó, la voz ronca y burlona, sin dejar de embestirme—. No te rompe el coño, ¿eh? Él no te abre así… no te llena como yo.

El comentario me atravesó. Un gemido se me escapó sin control mientras él empujaba más hondo, más duro, reclamándome con cada movimiento.

—Mírate —siguió, apretándome más la cadera con la otra mano—. Te estás corriendo con la polla de tu hijastro. Una puta que se deja usar mientras piensa en casarse con mi padre.

Aceleró. El ritmo se volvió más sucio, más posesivo. Sentía cómo me estiraba, cómo me golpeaba ese punto por dentro una y otra vez.

Mis piernas temblaban. El placer era tan intenso y vergonzoso que me apreté alrededor de él sin poder evitarlo.

—Eso es… —jadeó él, notándolo—. Aguántalo. Dime que te gusta más que él te folle así. Dime que quieres que tu hijastro te rompa.

Y lo dije. Entre gemidos rotos, con la cara enterrada en las sábanas y su polla entrando y saliendo de mí sin piedad, se lo dije. Porque en ese momento, con él follándome así, no podía negar nada.

Los dos estábamos desnudos sobre las sábanas revueltas, con la piel todavía brillante de sudor y el olor a sexo impregnado en la habitación.

Valentino se incorporó despacio, apoyó la espalda en el cabecero y buscó el paquete de cigarros que tenía en la mesita de noche. Lo encendió con calma, la llama iluminándole un segundo la cara. Dio una calada larga, el humo saliendo despacio de su boca, y luego me lo extendió sin decir nada.

Lo tomé. Mis dedos temblaban un poco.

El sabor era fuerte, amargo, y se mezclaba con el de él que todavía tenía en la lengua.

—No te sientas con algún puto poder después de esto —le dije, la voz más baja de lo que quería. No lo miré directo—. Solo fue una vez. No va a volver a pasar. Y tú no te vas a meter en mi relación.

Valentino soltó una risa corta, casi silenciosa. Recuperó el cigarro de entre mis dedos, lo llevó a sus labios y le dio otra calada lenta mientras me observaba. Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo, sin prisa, deteniéndose en las marcas rojas que me había dejado en las caderas y en el interior de los muslos.

—¿Quieres apostar? —dijo al fin, la voz ronca y tranquila—. La próxima vez que mi padre te coja, vas a pensar en mí dentro de ti. Vas a recordar exactamente cómo te rompí esta noche. Y luego… tú misma me vas a buscar.

Sentí un calor incómodo subirme por el pecho. Quise contestarle algo cortante, pero las palabras se me quedaron atoradas.

—Estás tan seguro —logré decir, intentando sonar firme mientras me sentaba en el borde de la cama y buscaba mi ropa en el suelo.

Él no se movió. Se recostó un poco más, el cigarro todavía entre los dedos, y me miró con esa expresión de quien ya sabe cómo va a terminar esto.

—Tan seguro como que te vas a casar con mi papá —respondió—. Ahora vete a tu cuarto, mami. Ya casi amanece. No vaya a ser que el personal de servicio llegue y te vea salir de aquí… con las piernas temblando y bien follada.

Me puse de pie. Las piernas me fallaron un segundo y tuve que apoyarme en el colchón. Recogí el pijama del suelo, sintiendo todavía el ardor entre las piernas y el peso de lo que acababa de pasar.

—Eres un hijo de puta —le solté, dándome la vuelta para irme.

Antes de que diera el primer paso, se inclinó y me dio una nalgada fuerte, seca, que resonó en la habitación. El golpe me hizo dar un respingo y un pequeño gemido se me escapó sin querer. La piel me ardió al instante.

—Lo sé —dijo él, ya acomodándose de nuevo en la cama, el cigarro de vuelta en la boca—. Ahora vete. Tengo sueño.

Me quedé un segundo quieta, con la mano en la nalga y el corazón latiéndome fuerte, antes de salir de la habitación sin mirar atrás.

 

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