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Capitulo 8

作者: J Ran
last update 公開日: 2026-09-25 03:16:45

El ascensor privado de Ethan Volko era una cápsula de titanio y cristal ahumado que ascendía a una velocidad silenciosa. Celeste se sentía como si estuviera siendo catapultada hacia un vórtice, su corazón martilleando contra sus costillas al ritmo frenético del acero.

La tensión en la sala de juntas de la planta baja se había cortado con un cuchillo segundos antes.

Celeste había levantado la mirada solo cuando el dueño ya estaba a tres pasos de ella. Intentó mantener el contacto visual a raya,
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  • La maldición del Lobo    Capitulo 8

    El ascensor privado de Ethan Volko era una cápsula de titanio y cristal ahumado que ascendía a una velocidad silenciosa. Celeste se sentía como si estuviera siendo catapultada hacia un vórtice, su corazón martilleando contra sus costillas al ritmo frenético del acero.La tensión en la sala de juntas de la planta baja se había cortado con un cuchillo segundos antes.Celeste había levantado la mirada solo cuando el dueño ya estaba a tres pasos de ella. Intentó mantener el contacto visual a raya, forzándose a fijar sus ojos en el nudo de la corbata de seda oscura, concentrándose en el trabajo, no en el hombre.—Señor Volko, bienvenido a la sede de Santiago —había dicho Don Ignacio, con la voz más formal que Celeste le había escuchado nunca—. Permítame presentarle a la Señorita Celeste: nuestra Analista Junior. Ella ha sido seleccionada para asistirlo personalmente durante su estancia.Celeste, entrenada en la inmovilidad corporativa, había extendido la mano con una pulcritud automática.

  • La maldición del Lobo    Capitulo 7

    La noche se había tragado la autopista del Cantábrico. El coche, un sedán blindado de color oscuro, cortaba la densa niebla salitre que subía desde la costa. El trayecto de Asturias a Santiago de Compostela era una tortura de tres horas que se sentía como una eternidad para un hombre cuyo cuerpo estaba diseñado para la caza, no para la inmovilidad.El hombre de ojos azules como el zafiro iba sentado en la parte trasera, sin molestarse en desabrocharse el cuello de su costoso traje. Sus ojos zafiros no veían el paisaje borroso de los eucaliptos gallegos que pasaban veloces; estaban fijos en el presente: la adquisición. Bajo el asiento, sus músculos se tensaban y se relajaban con un tic nervioso, el instinto de la bestia contenida por la lana fría del tweed.Héctor, su hombre de confianza, se atrevió a pasar un sobre de manila.—Señor, aquí está el perfil solicitado. Celeste, Analista Junior, Vesperia. Es la responsable principal de la documentación de riesgo de Siderurgia del Norte. Do

  • La maldición del Lobo    Capitulo 6

    Pasaron tres años desde que Celeste llegó a Santiago de Compostela. Tres años de absorber la disciplina de su carrera, Administración de Empresas, de sustituir el olor a pino por el de papel y carbón, y de enterrar el recuerdo del bosque bajo capas de lógica, balances financieros y planificación. Los sueños del lobo de ojos azules se volvieron menos frecuentes, aunque más intensos cuando la Luna Llena se asomaba por las estrechas calles de granito.Lira se había convertido en su ancla, una explosión de color y caos que impedía a Celeste volverse tan gris como las paredes de la ciudad. Gareth, el enigmático compañero de la librería, desapareció misteriosamente al comienzo de su segundo año, justo después de que Celeste se atreviera a preguntarle sobre su cicatriz. Su ausencia dejó un vacío incómodo y un nuevo tema de estudio para Celeste: la gestión del abandono.Ahora, Celeste estaba a un semestre de graduarse y ya había asegurado un puesto de trabajo. Su esfuerzo metódico había dado

  • La maldición del Lobo    Capitulo 5

    La mañana llegó sin piedad. El sol aún no se había asomado por el horizonte, pero el cielo ya estaba teñido con los grises acerados de un amanecer inminente. Celeste se puso un vestido de viaje de lana gruesa, el único que no olía a bosque y humo, y se ciñó el bolso de lona con sus libros. Elian ya había encendido la chimenea y el aroma a leña recién quemada luchaba contra la humedad del exterior.El momento de la despedida fue breve y punzante. Junto al camino de tierra, la diligencia esperaba, un pesado armatoste de madera tirado por dos caballos robustos que resoplaban nubes de vapor en el aire gélido.—Escríbeme cada semana. Y come bien. La sopa de cebada no dura eternamente —dijo Elian, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos.Celeste se aferró a él, hundiendo el rostro en el hombro de su hermano. El olor a pino y a tierra mojada que desprendía su ropa era el aroma del hogar, de la única seguridad que había conocido.—Tú también cuídate. Y no salgas de noche —susurró el

  • La maldición del Lobo    Capitulo 4

    El sol se había rendido ante la noche. El cielo sobre el bosque era de un azul oscuro y aterciopelado, salpicado por una capa de estrellas indiferentes. En el pueblo, una leve neblina tejía su camino entre las casas de madera, y el silencio de la noche solo se rompía por el murmullo distante del río y el suave crujir de las brasas.Celeste, sin embargo, no estaba en casa. Estaba en el lindero.Se había puesto su capa más gruesa, la lana burda picándole la piel, y llevaba una linterna de mano cuyo débil haz temblaba con cada paso. El aire era gélido, mucho más frío que la noche anterior, y el olor de la tierra húmeda, agujas de pino y un sutil regusto a humo era abrumador.No podía irse sin intentarlo una última vez.La mente de Celeste se había convertido en un campo de batalla desde su encuentro con aquel ser, ese licántropo de pelaje negro como el ébano y ojos azules que la habían mirado con una mezcla tan cruda de dolor y pánico. El recuerdo de sus zarpas rozando su piel, la tensió

  • La maldición del Lobo    Capitulo 3

    El aire en la guarida era pesado y denso, saturado con el acre perfume de pólvora, cuero y un rancio olor a sangre seca que el tiempo no lograba disipar.La cabaña, lejos de ser un refugio acogedor, era una fortaleza construida a la inversa: paredes de piedra bruta, ventanas selladas con barrotes de hierro y una única puerta de roble macizo, diseñada para mantener a las bestias afuera, o a la bestia que la ocupaba, dentro.El calor de la chimenea no conseguía aplacar el escalofrío que corría por la espina dorsal de Kaelen. Él no estaba allí. No por el frío, sino por la furia.Kaelen Vance era un hombre que se había dedicado a la caza de licántropos y otras aberraciones del folclore con una devoción casi religiosa. Su rostro, marcado por cicatrices pálidas que cruzaban su barbilla y ceja, era un mapa de viejas batallas. En sus ojos, de un gris tormentoso, no había ya rastro de juventud, solo la frialdad implacable de quien ha visto demasiado odio.Estaba de pie frente a un mapa antiguo

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