LOGINPOV LucianoHe intentado concentrarme, seguir adelante con mis obligaciones médicas porque es una responsabilidad profesional que no puedo eludir, pero todo se me ha vuelto pesado, gris y sumamente difícil de llevar. Sin Leona a mi lado, respirando en mi espacio o cruzándose en mi camino, ya nada tiene sentido ni es lo mismo.Me encuentro en el consultorio, revisando los análisis clínicos de un paciente sobre el escritorio, cuando escucho que alguien golpea con extrema suavidad la madera de la puerta.—Pasa, Esther —digo sin levantar la vista de los papeles, creyendo que se trata de mi asistente.Pero los pasos que avanzan no son los de ella.—No soy Esther, pero ¿puedo pasar igual? —me dice con una suavidad calculada Sofía, deteniéndose a unos pasos—. A menos que prefieras no verme, en cuyo caso, me daré la vuelta y me iré ahora mismo.Su visita inesperada me desconcierta por completo. Me levanto de inmediato de la silla, sintiendo el pulso acelerado.—¡Por favor, pasa, pasa! —exclam
POV LeonaHan pasado dos días. Cuarenta y ocho horas desde que el mundo que creía haber reconstruido con tanto esfuerzo volvió a derrumbarse frente a mis ojos.Ahora me encuentro en mi departamento, envuelta en un silencio espeso que, por momentos, se siente como un alivio y, por otros, como una condena. Mateo me rogó, me insistió casi con autoridad médica, que me quedara bajo supervisión o que al menos aceptara compañía constante tras el colapso. Pero me negué. Necesitaba esto: la soledad absoluta. Cerrar la puerta con doble vuelta de llave, apagar el teléfono para no ver llamadas perdidas ni mensajes cargados de falsas disculpas o promesas vacías, y dejar que mi mente procese los escombros.Aquí, sentada en el sillón con una taza de té frío entre las manos, el eco de aquella noche en el hospital sigue resonando en mi cabeza. Podría jurar que oí las voces de Luciano e Ignacio disputándose mi dolor en el pasillo como si fuera un trofeo, y una amargura sorda me quema la garganta. Ambos
NarradorLuciano salió de la habitación en la que se encontraba Leona con el rostro pálido como un papel. Su mirada errante y profundamente cargada de dolor delataba sin palabras que el encuentro no había dado ninguno de los frutos que él desesperadamente esperaba.Caminó unos pasos por el pasillo aséptico, luego se giró de golpe y dirigió una mirada tan oscura como amenazante hacia Ignacio, quien permanecía recostado contra la pared en completo silencio. Tensó la mandíbula hasta que los músculos se le marcaron y cerró los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas, como si necesitara descargar allí toda la frustración y el veneno que llevaba dentro.—¡No cantes victoria, hijo de puta! —voceó lleno de una furia ciega, perdiendo por completo el control—. ¡Ni en tus sueños, ¿lo oyes?! ¡Ni en tus sueños voy a permitir que te acerques a Leona! ¡Ella es mía!Ignacio apenas esbozó una sonrisa cínica, inmutable ante su estallido.—¿En serio, Luciano? —replicó sin inmuta
POV LucianoCamino alrededor de la cama despacio, midiendo cada paso, con el firme propósito de no alterarla ni un poco. Siento que camino sobre una superficie de cristal que puede romperse con el más mínimo peso. Leona me sigue con la mirada, con los ojos fijos en cada uno de mis movimientos, pero permanece completamente callada, sin emitir una sola palabra ni hacer un ademán que me indique qué está pasando por su cabeza.El silencio en la habitación se vuelve tan espeso que casi puedo escuchar los latidos acelerados de mi propio corazón.Me detengo al borde de la cama, conteniendo la respiración, y dejo pasar unos segundos eternos antes de atreverme a romper la tensión.—Perdóname... —digo en un susurro apenas audible, con la voz quebrada por el remordimiento—. Discúlpame por haberte dejado sola en esa fiesta, por haberte apartado de mi lado cuando más necesitabas que estuviera ahí. Te juro que jamás quise hacerlo... Te fallé, Leona, y no me lo perdono.Ella me sostiene la mirada en
POV LucianoMateo suspira hondo, retirándose las gafas con cansancio y sosteniéndolas con la carpeta mientras nos clava una mirada severa, una que no admite réplicas.—Físicamente, los estudios no muestran daño orgánico, Luciano —empieza a explicar, con un tono clínico pero tajante que me hiela la sangre—. Estables sus signos vitales, sí. Pero la realidad es otra. Leona no puede seguir soportando más vaivenes emocionales. Su salud mental y emocional, a raíz de todo lo que ha venido arrastrando y de lo que ya sabemos, está en un punto extremadamente frágil. Tú eres médico. No tengo mucho más que explicarte.Hace una pausa, y sus palabras caen sobre nosotros como los golpes de un martillo.—Creen que porque se mantiene en pie o porque no hay una herida abierta ya está todo bien, pero no es así —continúa, mirándonos alternativamente a Ignacio y a mí—. Su mente y sus emociones han colapsado, y ese desgaste acumulado es lo que está repercutiendo directamente en su cuerpo, obligándola a des
POV LucianoApenas pongo un pie en el pasillo de urgencias, el olor a desinfectante y el frío estéril de las paredes blancas me golpean de golpe. Mis ojos recorren el corredor hasta que lo encuentran.Ahí está.Ignacio se encuentra apoyado contra la pared frente a la puerta del consultorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la camisa desabotonada en el cuello. Su rostro es una máscara de sombría fatiga y tensión contenida. Al escuchar nuestros pasos resonando contra el suelo, levanta lentamente la vista y frunce el ceño de inmediato.Sus ojos se clavan en los míos. No hay sorpresa en su mirada, solo una hostilidad silenciosa, pesada y cargada de advertencias mudas que avivan nuestra antigua rivalidad.La sangre me hierve en las sienes, y todo lo que he venido reprimiendo durante este maldito trayecto amenaza con desbordarse. Doy un paso al frente, con los puños tan apretados que los nudillos me duelen, dispuesto a devorarlo vivo.—Tú... —escupo, con la voz temblorosa de rabia,







