LOGINEn la habitación contigua...
Nora entró en el vestidor. Al fondo había colgada una camisa cuidadosamente doblada y un pantalón que le había comprado a Caleb. Por un segundo, el resentimiento y el odio resurgieron, revolviéndole las entrañas. Había planeado tirar todo lo que le recordara a ese infiel. Pero ahora, esto resultaba útil. —Creo que esto le quedará bien. Sujetando la ropa, salió y llamó a la puerta de la habitación de invitados. Pasó un momento antes de que él apareciera. Permaneció allí erguido, con una figura imponente que llenaba el marco de la puerta. A Nora se le cortó la respiración al verlo solo con una toalla. Definitivamente estaba herido, pero se veía increíblemente atractivo. Nora se descubrió mirándolo fijamente, medio aturdida y medio desconfiada. —¿Terminaste de mirar? —Eh... —Ella desvió la mirada, avergonzada—. Aquí tienes ropa limpia. Le extendió las prendas. Él las tomó, pero sus ojos permanecieron fijos en el rostro de ella, como evaluándola. —Se las compré a mi exnovio —explicó ella—. No te preocupes. Nunca las usó. Te las puedes quedar. Le ofreció una sonrisa forzada. Por un momento, sus miradas se cruzaron y Nora no pudo evitar que su corazón diera un vuelco. —Gracias. —La voz de él la devolvió a la realidad. —Llámame si te sientes mareado o con náuseas. Estoy en la habitación de al lado. —Buenas noches —dijo él y cerró la puerta. Nora se quedó allí parada, con la boca abierta. Luego, un fruncimiento de ceño apareció en su frente. «¿Le pasa algo a este hombre?». Sacudió la cabeza, descartando la idea. «En fin... Yo también debería ir a descansar». Caminó de regreso a su habitación. El pasillo volvió a quedarse en silencio. Sin embargo, la puerta de la habitación de invitados se abrió ligeramente. A través de la estrecha rendija, un par de ojos afilados siguieron su figura que se alejaba hasta que desapareció en su cuarto. Luego, la puerta se cerró sin hacer ruido. Cuando ella se acostó en la cama, el sueño se negó a llegar. No dejaba de recordar las líneas definidas de su torso, la firmeza de su pecho bajo su mano y los marcados relieves de su abdomen. —Es bastante atractivo —susurró, presionando los dientes contra su labio inferior. Al día siguiente por la mañana... Nora se levantó temprano y preparó el desayuno. Cuando casi terminaba de cocinar, la puerta de la habitación de invitados se abrió y el apuesto hombre salió. —Buenos días —lo saludó ella con una sonrisa—. Te despertaste en el momento justo. Preparé algo de porridge de arroz para ti. Ven a comer. Salió de la cocina con un tazón de porridge humeante y lo puso sobre la mesa del comedor. —¿Cómo te sientes? ¿Alguna molestia? Él se frotó las sienes. —Un dolor de cabeza leve. Y me duele mucho el cuerpo. —Su voz sonaba ronca por el sueño y el dolor. —Ven y come primero. Luego te daré alguna medicina. Las heridas superficiales sanarán en unos días. Pero para la lesión en la cabeza, necesitas un examen adecuado. —Hizo una pausa por un momento, mirándolo—. Te sugiero que vayas al hospital. Me aseguraré de que estés a salvo. Él no respondió. En su lugar, se acercó, se sentó frente a ella y tomó el tazón de porridge. —Gracias por tu consejo. Te escucharé si el dolor se vuelve insoportable. —Bien. «Eso no será necesario», murmuró él para sus adentros y comenzó a comer. Sabía bien, y se descubrió tomando una cucharada tras otra. Una pequeña sonrisa se formó en los labios de ella al verlo comer con verdadero apetito. Fue a la cocina y trajo un plato de huevos revueltos que había preparado para sí misma y un vaso de leche. —Gracias por permitirme quedarme aquí —dijo él—. Y por salvarme y cuidarme. Quiero devolverte el favor. Nora se rió suavemente mientras tomaba asiento. —¿Cómo vas a devolvérmelo? No recuerdas nada. Ni siquiera sabes tu nombre. Comenzó a comer, con la sonrisa aún presente en la comisura de sus labios. —Trabajaré para ti —dijo él. —¿Trabajar? —Ella parpadeó, desconcertada. —Puedo limpiar, hacer recados y cocinar. —Intentó sonreír un poco—. Puedo ser tu chofer o tu escolta. Seré útil. La idea de tenerlo parado fuera de su oficina como su escolta era absurdamente divertida. «El personal femenino se morirá de celos». Se rió de nuevo ante la idea. Al verla sonreír, él asumió que había aceptado. —No te daré motivos para quejarte. Ella puso los ojos en blanco disimuladamente. No le desagradaba del todo la idea de mantenerlo cerca. Quizás no quería estar sola tras el reciente desamor. Quizás quería la compañía de alguien que pudiera alegrarle el día. —Está bien. Mientras estés aquí, trabajarás para mí. —Fingió indiferencia, pero sonrió para sus adentros—. Pero no necesito un escolta. —Podrías necesitarlo. ¿Quién sabe? —murmuró él entre dientes. Nora sacudió levemente la cabeza. —¿Cómo debería llamarte? No puedo decir simplemente "Oye, tú". —Soltó una risita. Él se encogió de hombros. —No lo sé. Dímelo tú. —La miró con curiosidad, esperando su respuesta. —Entonces... —Ella repasó en su mente, buscando un nombre adecuado—. Te llamaré... —Miró sus hombros anchos, su contextura sólida. Se veía grande y poderoso. —Te llamaré "Grandulón" por ahora. Él casi se ahoga con su propia saliva. Nadie lo había llamado nunca así. —¿Por qué ese nombre? —preguntó con curiosidad. —Eres alto. Pesado. Casi me rompo la espalda arrastrándote hasta aquí. Por una fracción de segundo, un matiz de diversión cruzó por sus ojos. —¿Ah, sí? —Sí. —Ella bebió su leche, sin sostenerle del todo la mirada—. Hasta que recuerdes tu nombre, serás Grandulón. Él curvó levemente los labios. Nadie lo había llamado nunca así. Y, sorprendentemente, no estaba enojado. —De acuerdo. Me gusta. La forma en que lo dijo hizo que el corazón de ella diera un vuelco. —Terminé. Tengo que ir a trabajar. Nora rápidamente le acercó una caja de medicamentos. —Toma las medicinas a tiempo. Y descansa. Me voy ya. Agarrando su bolso, se fue a toda prisa. Cuando la puerta se cerró tras ella, la suavidad en los ojos de él disappeared. Sacó el teléfono de su bolsillo y llamó a alguien. —Ya se fue. Puedes subir. Toc, toc... Momentos después, el sonido de alguien llamando a la puerta llenó el ambiente. Él fue a abrir. Apareció un rostro familiar. —¡Damon! —exclamó el hombre, examinándolo de cabeza a pies. El alivio inundó sus facciones al verlo vivo y de pie—. Diablos, hombre, me pegaste un susto de muerte. Lo atrajo hacia un fuerte abrazo. Damon hizo una mueca de dolor. —Me estás aplastando —murmuró entre dientes. Felix dio un paso atrás. —Lo siento. Es solo que... El auto explotó y tú desapareciste. No encontré nada. Estaba asustado. —No soy tan fácil de matar. —Damon miró a su alrededor—. Entra. La puerta se cerró detrás de ellos. —Dime que nadie te vio entrar —el tono de Damon era frío. —Yo te formé. Nadie me vio. Damon se acomodó en el sofá, haciéndole una seña a Felix para que tomara asiento. —Rafe te declaró muerto en cuestión de horas —informó Felix mientras se sentaba—. El sindicato es un caos. La mitad de los hombres está esperando la confirmación, mientras que la otra mitad... —Hizo una pausa, vacilando—... se ha puesto del lado de Rafe. Damon lo escuchó con atención, reclinándose en el sofá. —Rafe ha estado actuando de forma agresiva —continuó Felix—. Está tomando el control de los envíos, asignando a sus hombres de confianza para controlar las regiones. Ya se está comportando como si fuera el rey. Si no actuamos rápido, se apoderará de todos los negocios. Se volverá más poderoso y pondrá al sindicato a su favor. Hizo una breve pausa. —Entonces será difícil derrotarlo. Damon lo sabía todo. Sabía lo ambicioso que era Rafe. Pero no actuaría de forma imprudente. —La tubería de los frenos estaba cortada —prosiguió Felix—. Lo confirmamos. No fue un accidente. La expresión de Damon no cambió. Ya lo había deducido. Y en el fondo, sabía que era obra de Rafe. —Estoy seguro de que Rafe lo planeó —dijo Felix con certeza—. Quiere arrebatarte el poder. Tenemos que acabarlo. La mandíbula de Damon se tensó ligeramente, de forma casi imperceptible. Permanecía en silencio, aparentemente en calma. Pero sus ojos fríos delataban la tormenta que amenazaba con desatarse en su interior. —Está actuando demasiado rápido tras tu desaparición —volvió a hablar Felix—. Es como si hubiera estado esperando este momento. Damon escuchó todo sin reaccionar. Pero su mente ya había empezado a calcular. —Tenemos que detenerlo antes de que sea demasiado tarde —expresó Felix su preocupación sin dudarlo—. Estamos todos preparados para la guerra. Solo di la palabra. —Paciencia —fue la única palabra que escapó de la boca de Damon—. Me mantendré muerto para él. Por ahora. Felix lo miró fijamente. Damon no era conocido por su paciencia. ¿No debería destruir a Rafe de inmediato? ¿A qué se debía esta demora? Felix no le encontraba sentido. Damon no era alguien que tolerara la traición. ¿Qué estaba planeando? —Deja que Rafe se sienta seguro. Deja que reúna partidarios. De esta manera, aquellos que me quieren fuera del camino quedarán al descubierto.Ante aquello, Felix comprendió lo que Damon tenía en mente.—Quiero ver quién más está en mi contra —una sonrisa peligrosa se dibujó en los labios de Damon—. Luego los eliminaré uno por uno.Al notar el brillo asesino en sus ojos, Felix sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Pero este era Damon, letal. Por eso lo llamaban el demonio.Felix miró a su alrededor.—Este lugar... ¿Crees que estás seguro aquí?—Puedo encargarme de mi propia seguridad —respondió Damon con calma.—¿Y esta mujer? ¿Confías en ella? —Felix inclinó ligeramente la cabeza mientras escudriñaba su mirada.Damon recordó cómo Nora lo había sacado del auto destrozado justo a tiempo y le había salvado la vida. No tenía motivos para dudar de ella.—Ella me salvó —dijo—. Le estoy agradecido.—¿Sabe ella quién eres?—No.—Amigo, no creo que sea buena idea estar aquí —dijo Felix con sinceridad—. Es una mujer común y corriente. ¿Y si comete algún error y expone tu identidad? Harías bien en esconderte e
En la habitación contigua...Nora entró en el vestidor. Al fondo había colgada una camisa cuidadosamente doblada y un pantalón que le había comprado a Caleb. Por un segundo, el resentimiento y el odio resurgieron, revolviéndole las entrañas. Había planeado tirar todo lo que le recordara a ese infiel. Pero ahora, esto resultaba útil.—Creo que esto le quedará bien.Sujetando la ropa, salió y llamó a la puerta de la habitación de invitados. Pasó un momento antes de que él apareciera. Permaneció allí erguido, con una figura imponente que llenaba el marco de la puerta.A Nora se le cortó la respiración al verlo solo con una toalla. Definitivamente estaba herido, pero se veía increíblemente atractivo.Nora se descubrió mirándolo fijamente, medio aturdida y medio desconfiada.—¿Terminaste de mirar?—Eh... —Ella desvió la mirada, avergonzada—. Aquí tienes ropa limpia.Le extendió las prendas.Él las tomó, pero sus ojos permanecieron fijos en el rostro de ella, como evaluándola.—S
La lluvia azotaba con más fuerza. Nora lo miró fijamente durante un largo minuto, con la mente revuelta. Luego miró a su alrededor. No conocía a este hombre y sus palabras olían a peligro.Dudó sobre si dejarlo allí solo. Pero sabía una cosa con certeza: si lo dejaba solo, moriría. Como médica, no podía darle la espalda.Soltó un gemido interno.—Está bien, de acuerdo... Te llevaré a mi departamento. —Lo levantó a rastras y lo llevó hasta su auto.Media hora después...Sacarlo del auto y guiarlo hasta el ascensor había sido una verdadera lucha. Era alto, de hombros anchos y músculos sólidos bajo la tela empapada. Cada vez que se apoyaba en ella, apenas lograba mantener el equilibrio. No solo era pesado, sino también imponente.—Ya casi llegamos —dijo ella mientras la puerta del ascensor se cerraba.Dentro de su departamento, lo guió hasta el sofá.—No te muevas —le ordenó.Él abrió ligeramente los ojos y examinó la habitación desconocida mientras ella se alejaba a toda prisa.
Nora consultó la hora en su teléfono. Eran las 11:49 p. m. —Perfecto —murmuró para sí misma—. Todavía tengo tiempo. El cansancio le pesaba tras el doble turno en el hospital. Dos cirugías de emergencia. Una víctima de un accidente casi fatal. Pero había logrado salvarlo. Exhaló un suspiro fatigado. Le dolían los huesos y su cuerpo le exigía dormir. Pero esta noche era especial: el cumpleaños de su novio. Le había dicho que no podría ir. Él había sonado decepcionado, pero se mostró comprensivo. Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras buscaba en su bolso y sacaba una pequeña cajita de terciopelo. —Espero que le encante esta sorpresa —murmuró. Tenía planeado entregarle ese anillo para decirle que estaba lista para casarse con él, que jamás se alejaría de su lado en esta vida. —No puedo esperar para ver la alegría en tus ojos. Se quitó el uniforme médico, se puso un vestido blanco que había comprado especialmente para esta noche y condujo hasta el club donde Caleb celebrab







