Se connecterLa lluvia azotaba con más fuerza. Nora lo miró fijamente durante un largo minuto, con la mente revuelta. Luego miró a su alrededor. No conocía a este hombre y sus palabras olían a peligro.
Dudó sobre si dejarlo allí solo. Pero sabía una cosa con certeza: si lo dejaba solo, moriría. Como médica, no podía darle la espalda. Soltó un gemido interno. —Está bien, de acuerdo... Te llevaré a mi departamento. —Lo levantó a rastras y lo llevó hasta su auto. Media hora después... Sacarlo del auto y guiarlo hasta el ascensor había sido una verdadera lucha. Era alto, de hombros anchos y músculos sólidos bajo la tela empapada. Cada vez que se apoyaba en ella, apenas lograba mantener el equilibrio. No solo era pesado, sino también imponente. —Ya casi llegamos —dijo ella mientras la puerta del ascensor se cerraba. Dentro de su departamento, lo guió hasta el sofá. —No te muevas —le ordenó. Él abrió ligeramente los ojos y examinó la habitación desconocida mientras ella se alejaba a toda prisa. Momentos después, regresó con un botiquín de primeros auxilios. —Relájate. Te curaré las heridas. —Se arrodilló frente a él—. El antiséptico puede escocer un poco, pero aguanta. Al cortarle con cuidado la camisa empapada de sangre, su torso quedó al descubierto. Ella ahogó un jadeo involuntario. «Está buenísimo». El pensamiento emergió en su mente. No podía evitar mirarlo. Un pecho definido, hombros esculpidos y un abdomen firme que se contraía ligeramente cuando él inhalaba. La mente de Nora iba a mil por hora. Deliberadamente pasó sus dedos suavemente por sus marcados abdominales mientras le limpiaba las heridas. «Es perfecto», susurró en su cabeza. Las gotas de lluvia resbalaban por los relieves de sus músculos. La vista despertó algo salvaje en su interior. «Concéntrate, Nora», se reprendió a sí misma. Un rubor le encendió las mejillas. ¿Cómo podía tener pensamientos inapropiados sobre un hombre herido que apenas estaba consciente? Presionó una gasa estéril contra un corte cerca de sus costillas. Sus dedos rozaron su piel. Estaba tibia, firme. Las yemas de sus dedos se demoraron más de lo necesario. «¿Qué estás haciendo?», gritó una voz dentro de su cabeza, sacándola de su trance. Retiró la mano rápidamente y volvió a concentrarse en curarle las heridas. —Sss... Cuando le aplicó antiséptico en un corte en la sien, él hizo una mueca de dolor. —Lo siento —dijo ella suavemente. Él la miró con los ojos entreabiertos mientras ella le suturaba el profundo corte del brazo. Sus movimientos eran profesionales. —¿Eres médica? —preguntó él con voz grave. —Sí. —Qué suerte la mía. Ella terminó de vendarlo y lo miró. En ese momento, notó más detalles: una mandíbula marcada, nariz perfilada, una ligera barba de tres días. Definitivamente era atractivo, el tipo de hombre que las mujeres deseaban. —¿Cómo te llamas? —preguntó ella con cierta nostalgia. Él se tensó, con una pizca de duda en la mirada. Solo duró un segundo. —¿Mi nombre? —Apretó los ojos, presionando los dedos contra su frente—. ¿Cuál es mi nombre? No... no lo recuerdo. Nora se detuvo, confundida y alarmada al mismo tiempo. —Espera, ¿no recuerdas tu nombre? —Yo... —Él se presionó las sienes con más fuerza—. No lo sé. Nora dudó sobre si creerle o no. —Eso es extraño. —Cruzó los brazos—. Tenías muy clara una cosa: te negaste a ir al hospital. Dijiste que alguien intentaba matarte. Las dudas en su mente solo aumentaron. Lo evaluó de arriba abajo. —¿Cómo es que no recuerdas nada ahora? Al notar la sospecha en su tono, él se quedó inmóvil. Entreabrió los ojos solo para comprobar la expresión de ella. Luego gimió, cerrando los ojos con fuerza. —Recuerdo que conducía rápido. Alguien venía detrás de mí. Y luego... ¡Puaj!... Me duele la cabeza. Nora se quedó rígida, abriendo mucho los ojos. —¿Qué tan grave es? —Siento como si algo me la estuviera partiendo en dos. —Él tomó aire bruscamente. El ritmo cardíaco de Nora se disparó. «Un dolor de cabeza repentino que empeora. Quizás esté sufriendo un hematoma subdural», sospechó. «Eso explicaría la pérdida de memoria». —Vamos al hospital —dijo Nora con urgencia. —No. —Su respuesta llegó demasiado rápido, tomándola con la guardia baja. Eso hizo que ella levantara una ceja. —Incluso en este estado te niegas a ir al hospital. ¿Entiendes lo grave que podría ser esto? Podrías tener una hemorragia cerebral. —No puedo ir —dijo él con firmeza. Nora levantó los brazos al aire, irritada. —Podrías morir si no recibes el tratamiento adecuado. —Moriré de todos modos si voy al hospital —razonó él. —¿Qué? —Confusa, le frunció el ceño. —Si alguien está intentando matarme, vendrán en cuanto sepan que estoy en el hospital —explicó—. No puedo dejar que nadie descubra mi paradero. Por favor... Le dirigió una mirada suplicante. —Déjame quedarme aquí hasta que recuerde quién soy. El silencio envolvió a Nora. Se encontró dividida en dos. Como médica, entendía lo grave que podía ser su estado y lo mucho que necesitaba estar hospitalizado. Pero tampoco podía ignorar sus palabras. Si alguien realmente lo estaba buscando, estaría en peligro en el momento en que apareciera en cualquier lugar público. —Por favor —comenzó él—. En este momento, no puedo confiar en nadie más que en ti. Esa frase la descolocó. Nora no dijo nada, sopesando sus opciones. —Eres médica —añadió él—. Sé que no me dejarás morir. Nora no pudo responder. No podía tomar la decisión. «¿Y si su estado empeora?», se preguntó. «¿Debería arriesgarme?». Su mente trabajaba a toda prisa. De pronto, su mirada bajó hacia una vieja cicatriz cerca de su clavícula y se congeló. Parecía una herida de cuchillo. Luego notó otra lesión antigua en su hombro izquierdo. Era la marca del roce de una bala. Aquel no era el tipo de cicatrices que llevaba un hombre común. «¿Quién eres?». Su duda se profundizó. —Y bien, ¿cuál es tu decisión? —preguntó él—. ¿Me quedo contigo? Nora todavía no podía decidirse. Sentía en los huesos que el peligro lo acechaba y temía meterse en problemas si lo mantenía cerca. Pero, por otra parte, estaba herido y sin ningún recuerdo del pasado. En este estado tan vulnerable, ¿realmente podía darle la espalda? —Por favor. Ayúdame. No me vas a abandonar, ¿verdad? Al notar su mirada indefensa, Nora no tuvo el valor de echarlo. —Está bien. Solo por unos días. El alivio inundó el rostro de él. —Gracias. —Si tu estado empeora, no me impedirás llevarte al hospital. La sonrisa de su rostro desapareció por un momento. Luego asintió solemnemente. —Trato hecho. Ella le lanzó una mirada desconfiada. «Hasta que sus heridas se hayan curado», se dijo a sí misma. «Entonces le pediré que se vaya. No me importa si recuerda algo o no». Cerró el botiquín de primeros auxilios. —Descansa en la habitación de invitados. Lo guió hacia la habitación. —Te traeré algo de ropa seca. Él asintió. Mientras Nora se alejaba, él miró a su alrededor; sus ojos estaban demasiado alerta para un hombre que apenas había estado despierto hacía un momento. No parecía sentir ningún dolor de cabeza. Caminando hacia la ventana, se colocó detrás de la cortina y miró hacia afuera. Todavía llovía fuertemente. La calle parecía tranquila. No se observaban actividades sospechosas. Dejó escapar un suspiro; sus músculos tensos se relajaron visiblemente.Ante aquello, Felix comprendió lo que Damon tenía en mente.—Quiero ver quién más está en mi contra —una sonrisa peligrosa se dibujó en los labios de Damon—. Luego los eliminaré uno por uno.Al notar el brillo asesino en sus ojos, Felix sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Pero este era Damon, letal. Por eso lo llamaban el demonio.Felix miró a su alrededor.—Este lugar... ¿Crees que estás seguro aquí?—Puedo encargarme de mi propia seguridad —respondió Damon con calma.—¿Y esta mujer? ¿Confías en ella? —Felix inclinó ligeramente la cabeza mientras escudriñaba su mirada.Damon recordó cómo Nora lo había sacado del auto destrozado justo a tiempo y le había salvado la vida. No tenía motivos para dudar de ella.—Ella me salvó —dijo—. Le estoy agradecido.—¿Sabe ella quién eres?—No.—Amigo, no creo que sea buena idea estar aquí —dijo Felix con sinceridad—. Es una mujer común y corriente. ¿Y si comete algún error y expone tu identidad? Harías bien en esconderte e
En la habitación contigua...Nora entró en el vestidor. Al fondo había colgada una camisa cuidadosamente doblada y un pantalón que le había comprado a Caleb. Por un segundo, el resentimiento y el odio resurgieron, revolviéndole las entrañas. Había planeado tirar todo lo que le recordara a ese infiel. Pero ahora, esto resultaba útil.—Creo que esto le quedará bien.Sujetando la ropa, salió y llamó a la puerta de la habitación de invitados. Pasó un momento antes de que él apareciera. Permaneció allí erguido, con una figura imponente que llenaba el marco de la puerta.A Nora se le cortó la respiración al verlo solo con una toalla. Definitivamente estaba herido, pero se veía increíblemente atractivo.Nora se descubrió mirándolo fijamente, medio aturdida y medio desconfiada.—¿Terminaste de mirar?—Eh... —Ella desvió la mirada, avergonzada—. Aquí tienes ropa limpia.Le extendió las prendas.Él las tomó, pero sus ojos permanecieron fijos en el rostro de ella, como evaluándola.—S
La lluvia azotaba con más fuerza. Nora lo miró fijamente durante un largo minuto, con la mente revuelta. Luego miró a su alrededor. No conocía a este hombre y sus palabras olían a peligro.Dudó sobre si dejarlo allí solo. Pero sabía una cosa con certeza: si lo dejaba solo, moriría. Como médica, no podía darle la espalda.Soltó un gemido interno.—Está bien, de acuerdo... Te llevaré a mi departamento. —Lo levantó a rastras y lo llevó hasta su auto.Media hora después...Sacarlo del auto y guiarlo hasta el ascensor había sido una verdadera lucha. Era alto, de hombros anchos y músculos sólidos bajo la tela empapada. Cada vez que se apoyaba en ella, apenas lograba mantener el equilibrio. No solo era pesado, sino también imponente.—Ya casi llegamos —dijo ella mientras la puerta del ascensor se cerraba.Dentro de su departamento, lo guió hasta el sofá.—No te muevas —le ordenó.Él abrió ligeramente los ojos y examinó la habitación desconocida mientras ella se alejaba a toda prisa.
Nora consultó la hora en su teléfono. Eran las 11:49 p. m. —Perfecto —murmuró para sí misma—. Todavía tengo tiempo. El cansancio le pesaba tras el doble turno en el hospital. Dos cirugías de emergencia. Una víctima de un accidente casi fatal. Pero había logrado salvarlo. Exhaló un suspiro fatigado. Le dolían los huesos y su cuerpo le exigía dormir. Pero esta noche era especial: el cumpleaños de su novio. Le había dicho que no podría ir. Él había sonado decepcionado, pero se mostró comprensivo. Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras buscaba en su bolso y sacaba una pequeña cajita de terciopelo. —Espero que le encante esta sorpresa —murmuró. Tenía planeado entregarle ese anillo para decirle que estaba lista para casarse con él, que jamás se alejaría de su lado en esta vida. —No puedo esperar para ver la alegría en tus ojos. Se quitó el uniforme médico, se puso un vestido blanco que había comprado especialmente para esta noche y condujo hasta el club donde Caleb celebrab







