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Capítulo 2

Author: Summer
No le mandé a Leonardo la foto del premio de Sofia; sabía que no le importaría. La llevé directo a casa y empecé a empacar.

Mientras reservaba los boletos de avión para regresar a mi ciudad natal, Valentina me mandó un video.

Era de un concurso de talentos infantil. Lily hacía un truco de magia en el escenario, sacó un conejo de peluche de un sombrero, pero el truco salió mal y el muñeco se deshizo. Lily no ganó ningún premio. Pero después del espectáculo, Valentina, Leonardo y Lily reían juntos, cada uno con un cono de helado en la mano. Parecían una familia feliz.

Al final del video, Valentina escribió lo siguiente: “Perder no es tan malo cuando tienes familia”.

Antes, le habría respondido en el acto. Pero ahora, viendo a Sofia ordenar sus muñecas en silencio, solo pensé una cosa. ¿Qué caso tenía?

Cerré el chat y reservé dos boletos a Los Ángeles para pasado mañana. En cuanto pulsé el botón de confirmación, Leonardo cruzó la puerta. Traía un ramo de lirios blancos. Sofia y yo nos quedamos mirándolo.

Él siempre había odiado las flores; decía que eran un desperdicio de dinero. En todos nuestros años juntos no me había comprado ni una sola flor. En cumpleaños y aniversarios, yo no recibía nada. Sofia tampoco recibía nunca una flor de su padre.

¿Por qué, de repente, aparecía con un ramo de lirios? Nos miramos la una a la otra con incredulidad. Leonardo entró despacio. Al ver las maletas abiertas, su expresión cambió.

—Lily estaba triste después del concurso de talentos, por eso me quedé un rato más. De regreso, pasé por una florería y pensé en ustedes dos. Así que compré estos.

Echó un vistazo al equipaje.

—¿Estás empacando para un viaje?

Negué con la cabeza y luego asentí.

—Algo así.

Al periodo de reflexión le quedaban dos días; no quería buscar problemas. Al escuchar eso, él pareció relajarse.

—Sé que he estado ausente. ¿Qué tal si mañana salimos todos juntos? Solo nosotros tres. Un día en familia. Les juro que esta vez no les voy a fallar.

Sofia dejó de jugar con su muñeca. Miró a Leonardo, luego a mí. Su expresión oscilaba entre la ilusión y el miedo.

Vi el anhelo en los ojos de Sofia y se me ablandó el corazón.

—Está bien.

De todos modos, sería la última vez. Apenas lo dije, sus ojos se iluminaron. Agarró su muñeca favorita y corrió a su cuarto, dando saltitos de alegría. Mientras yo seguía empacando, Leonardo se acercó y se paró a mi lado. Titubeó.

—Sobre lo de “tío” de hoy...

El corazón me dio un vuelco. Alcé la mirada hacia él. Leonardo se agachó y dejó los lirios junto a mi mano. Sonaba arrepentido, casi tierno.

—Nina, sé lo que estás pensando. Crees que me he concentrado demasiado en Valentina y que las he descuidado a las dos, pero te juro que solo le tengo lástima. Es una viuda, su esposo murió en la vida del hampa y no tiene a nadie más. Solo no quiero que sufra tanto.

Me tomó la mano y la apretó contra su pecho.

—Dame un poco más de tiempo. Voy a resolver lo de Valentina. No dejaré que ni tú ni Sofia salgan lastimadas nunca más.

Me quedé mirando a Leonardo sin mostrar emoción.

Apenas recordaba la última vez que Leonardo me había mirado así. Tal vez en nuestra boda, en aquella capilla blanca, cuando entrelazó sus dedos con los míos y prometió amarme para siempre. O tal vez el día que nació Sofia, cuando sostuvo a la pequeña bebé en sus brazos y me besó la frente con los labios temblorosos.

—Nina —me había dicho en ese entonces—. Jamás dejaré que ni tú ni Sofia sufran. Te lo juro.

Pensé en todo aquello durante un largo rato. Luego decidí decirle a Leonardo la verdad sobre el divorcio.

—Leonardo, en realidad...

—Ah, por cierto —me interrumpió—. Esa muñeca de edición limitada que le compraste a Sofia, ¿está en el mueble del estudio? Valentina dice que a Lily le encantan las muñecas últimamente. Solo la voy a tomar prestada unos días.

Caminó directo al estudio, encontró la muñeca, agarró sus llaves y salió a toda prisa. El portazo resonó por toda la casa. La puerta principal se cerró tras él. Ni siquiera miró atrás. Me quedé ahí en silencio, contemplando la entrada.

Entonces terminé la frase que había empezado.

—En realidad, Leonardo, Sofia y yo ya te dejamos.

Faltaban solo dos días para que nos marcháramos de su vida.

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