Share

Capítulo 3

Author: Summer
A medianoche, agotada de empacar, me desplomé en la cama. El celular vibró. Un mensaje de Leonardo. También envió varias fotos. Valentina y Lily posaban con la muñeca de Sofia. La niña la abrazaba como si fuera su nueva mejor amiga.

“A Lily le encantó la muñeca. Valentina me pidió que te escribiera para darte las gracias”.

Medianoche. Mi esposo estaba con otra mujer, y ella lo usaba para agradecerme. Reí sin ganas. Ya ni siquiera estaba enojada. ¿Para qué?

Le respondí con un mensaje claro: “De nada. Pero yo no se la regalé a Valentina. Y para que lo sepas, esa muñeca era el regalo de cumpleaños favorito de Sofia; la trataba como a una hermana y estaba esperando a que tú jugaras a tomar el té con ella y la muñeca. Devuélvela”.

Después apagué el celular y me fui a dormir. No me importaba la cara que pusiera él al leerlo. A la mañana siguiente, Leonardo llegó temprano a casa. Eran las ocho, una hora inusual para él.

Entró, se quitó la chaqueta y se quedó helado al ver las maletas alineadas en la sala.

—¿Necesitas tantas maletas para un viaje?

Yo estaba ayudando a Sofia a vestirse y no levanté la vista.

—Nos vamos lejos.

Él miró a Sofia, ella asintió. La expresión de Leonardo se relajó. Lanzó la chaqueta a un lado y sacó tres boletos para el Parque Aventura.

—Estabas molesta porque nunca llevé a Sofia al Parque Aventura, ¿no? Compré boletos para hoy. Vamos los tres.

Sostuvo los pases con orgullo, como si presumiera un trofeo. Casi creí que había oído mal. Había pasado cerca de un mes, ¿y de pronto se acordaba? Entonces pensé en la fila de mensajes sin leer en mi celular esa mañana. Ah, claro. Un gesto de culpa.

No dije nada y seguí vistiendo a Sofia. Pero ella estaba emocionada; me miró de reojo y me pidió:

—Mamá, quiero ir.

Sonreí y estaba a punto de contestar cuando Leonardo añadió, titubeante.

—Solo hay un detalle. Valentina sabe que hoy tendremos nuestro día familiar. Ella se va a quedar cocinando en casa, nada del otro mundo, pero le preocupa que Lily se sienta excluida si vamos solos… así que pensé que mejor vayamos todos juntos.

Sofia se quedó petrificada y la ilusión en sus ojos se apagó por completo.

—Ah —murmuró con la cabeza baja y los hombros caídos.

Leonardo ni siquiera se dio cuenta.

—Es solo una pequeña petición. Lo pensé y no debería ser para tanto. Podemos tener nuestro día familiar otro día. ¿Verdad, Sofia?

Él no sabía que mañana Sofia y yo ya no estaríamos. Esta había sido su última oportunidad. Ninguna de las dos dijo nada. Nos limitamos a asentir.

—Está bien.

—De acuerdo.

Leonardo suspiró con alivio.

—Iré a avisarle a Valentina para que se aliste. A las tres en el Parque Aventura, nos vemos allá.

Leonardo se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de llegar, miró atrás.

—Nina, Sofia, son las mejores.

No le respondimos. Después de que Leonardo se fue, Sofia tomó los lirios que él había traído el día anterior, caminó hasta el bote de basura y los tiró dentro sin titubear.

—Mamá —dijo—. Ya no quiero ver al tío Leonardo. ¿Podemos irnos antes?

Cambié nuestros vuelos para ese mismo día. A las tres de la tarde. Tras confirmar los pasajes, empecé con los preparativos finales. A las ocho de la mañana, preparé el desayuno en esa casa por última vez: unos simples huevos revueltos y pan tostado que mi hija comió en silencio.

A las nueve y media, recogí el acta de divorcio firmada en la oficina de mi abogado. La primera línea decía lo siguiente: “La custodia de la menor corresponde a la madre”.

Mientras estaba en la oficina, vi la última publicación que Valentina había subido la noche anterior. Fotos de una acogedora cena casera. Ella, Leonardo y Lily sentados alrededor de una mesa con pasta y vino. El pie de foto decía lo siguiente. “Noche de cena en familia. Lily ayudó a poner la mesa. Qué agradecida estoy por esta pequeña familia”.

Sofia hacía aviones de papel a mi lado. Echó un vistazo a la publicación, no dijo nada y solo me apuró:

—Mamá, firma los papeles ya.

A las once y media terminamos un almuerzo ligero, agarramos las maletas y tomamos un taxi al aeropuerto. Llegamos con dos horas de anticipación.

En el taxi, Sofia sostenía su tableta y pasaba viejas fotos de Leonardo. Había una de su bautizo, donde él la cargaba con su ropón blanco frente a la iglesia, sonriendo a la cámara. Otra de su tercer cumpleaños, los dos con sombreros de pirata a juego en una fiesta temática. Y un video de hacía dos años, antes de que Valentina reapareciera, él la empujaba en un columpio del parque, riéndose cada vez que Sofia gritaba “¡Más alto, papá!”

Sofia los veía una y otra vez. No lloró, pero la tristeza llenó todo el auto. Me senté a su lado y permanecí en silencio. A la una y media, estábamos a punto de pasar por el filtro de seguridad cuando Leonardo llamó.

—Nina, ¿le puedes decir a Sofia que lo siento? Lily tiene una fiebre muy alta, está en cuarenta grados. Tengo que llevarla al hospital. No sé si pueda llegar a las tres. Si no me ven ahí, regresen a casa. Dile a Sofia que lo siento.

Colgó antes de que alcanzara a escuchar los anuncios de los vuelos que resonaban de fondo en el aeropuerto.

—Vamos —dije, tomando a Sofia de la mano.

Ella asintió. Seleccionó todas las fotos de Leonardo y presionó eliminar. A las tres, el avión despegó. Le puse audífonos a Sofia y me quedé contemplando las nubes por la ventana. Solté un largo y lento suspiro.

Adiós, Leonardo.

Mientras tanto, él salía corriendo del hospital, ignorando las súplicas de Valentina, y aceleraba rumbo al Parque Aventura.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 9

    Con el paso del tiempo, Leonardo demostró que no estaba dispuesto a rendirse.Al principio enviaba paquetes todos los días. Muñecas, figuras de los Minions de edición limitada, una bicicleta, tabletas educativas carísimas, cursos de piano y vales para campamentos de verano. Mi primera reacción fue rechazarlos por completo, pero mi hija me detuvo con una madurez impresionante.—Mamá, esto es lo que el tío Leonardo me debe. Me lo debía desde antes.Lo pensé un momento y terminé por darle la razón. Aceptábamos los regalos, pero Sofia jamás volvió a llamarlo papá. Cada vez que él la visitaba, Sofia asentía con cortesía y decía:—Hola, tío Leonardo.El rostro de Leonardo palidecía al instante, pero nunca se atrevió a corregirla. Ya no tenía el derecho.En el pasado, éramos nosotras las que lo perseguíamos, preguntándole cuándo volvería a casa, mendigando un poco de su tiempo para su hija y preguntándonos si en realidad nos amaba. Ahora los papeles se habían invertido. Era él quien nos busca

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 8

    A la mañana siguiente, Leonardo ya se había ido. Dejó una nota sobre la mecedora del porche: “Nina, te lo suplico, no tires por la borda todo lo que tuvimos. Te esperaré por siempre. Por favor”.La leí y, sin pensarlo dos veces, la arrojé directo al bote de la basura.Mi hija estaba sentada en la cama comiendo pan tostado cuando levantó la vista para observarme.—Mamá, ¿qué pasó? ¿Qué escribió el tío Leonardo?Le sonreí con tranquilidad.—Nada, mi amor. Solo un volante de publicidad.Ella también sonrió, y esa fue su primera sonrisa sincera desde que lo dejamos atrás.Durante el año siguiente ocurrieron muchas cosas.En primer lugar, Valentina tuvo que responder por sus crímenes. Una enfermera del hospital la había grabado en secreto mientras obligaba a Lily a tomar la sopa de mariscos, y entregó el video a la policía.Valentina fue acusada de abuso infantil y, aunque intentó mentir asegurando que fue un accidente, las cámaras de seguridad del hospital, el testimonio de la enfermera, l

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 7

    Leonardo manejó toda la noche hasta el aeropuerto. El vuelo más próximo a Los Ángeles ya estaba agotado. Se quedó en la terminal hasta el amanecer, llamándome decenas de veces, mandándome cientos de mensajes.“Nina, sé que me equivoqué”.“¿Dónde estás? Déjame verte”.“¿Sofia está bien?”“No quise lastimarlas”.“Por favor, contesta”.No leí ni uno solo de ellos.Cuando el avión aterrizó en Los Ángeles, Sofia dormía. Su cabecita descansaba en mi hombro, con rastros secos de lágrimas en las pestañas. La bajé en brazos fuera del avión y tomé un taxi hacia la antigua casa de mi madre.Era un lugar pequeño en un suburbio tranquilo. Nada lujoso. Dos recámaras, un porche con una mecedora. La pintura se descascaraba, pero era nuestra. Mi madre me la había dejado años atrás. El aire nocturno de Los Ángeles era húmedo.El taxi cruzó una autopista iluminada. Sofia despertó un momento y murmuró:—Mamá, ¿vamos a vivir aquí ahora?Le acaricié el cabello.—Sí, por ahora. En la vieja casa de la abuela.

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 6

    Cuando Valentina vio que sus lágrimas no la llevaban a ningún lado, dejó de llorar. Se secó el rostro y soltó una carcajada cínica.—Está bien. Lo hice a propósito. ¿Qué otra cosa se suponía que hiciera? Soy viuda. Salvatore está muerto. Me casé con él por el poder, no por amor. Era el jefe de la mafia, y ser su esposa significaba protección, dinero, respeto. Pero nunca me dejó tener nada de eso. Me tenía controlada. Cuando lo mataron en esa guerra entre bandas, me quedé sin nada. Sin posición. Sin dinero. Solo con una niña que se parecía a él.Cruzó los brazos.—Así que te busqué a ti. Más joven. Más ingenuo. Más fácil de controlar. Alguien que me devolviera todo lo que había perdido.Leonardo miró a Valentina como si la viera por primera vez.—¿Entonces todo fue mentira? ¿La viuda llorando ante su tumba? ¿Las historias tristes sobre criar a Lily sola?Ella sonrió con amargura.—¿Mentira? El estúpido fuiste tú. Dije que la estaba pasando mal, y viniste corriendo a hacerte el héroe. Di

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 5

    Leonardo se alejó del hospital a toda velocidad, rumbo al Parque Aventura.Las calles estaban atascadas. Los autos avanzaban pegados unos a otros. Él apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Revisó el celular: eran las dos con cuarenta y uno. Quedaban diecinueve minutos para las tres.Me llamó. Nada. Llamó otra vez y respondió el buzón de voz. Lo intentó una tercera vez; ya estaba bloqueado. Convencido de que yo lo estaba ignorando, comenzó a escribir con una mano mientras manejaba.“Nina, Lily solo tiene fiebre. No es nada grave. Voy en camino”.“Por favor, no te vayas. Allá estaré”.“Les juro que esta vez no les voy a fallar”.No hubo respuesta. Intentó comunicarse al reloj inteligente de Sofia, pero estaba apagado.El corazón le latía con fuerza y el sudor le bajaba por las sienes. Pensó en lo que yo le había dicho la noche anterior: “Nos vamos lejos”. En ese momento creyó que me refería a unas vacaciones, pero ahora se daba cuenta de que mi voz

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 4

    Una hora antes.Valentina lloraba con una delicadeza calculada, los dedos aferrados a la manga de Leonardo.—Leonardo, ¿qué hago? Lily tiene cuarenta de fiebre, está ardiendo. Tengo mucho miedo.La pequeña estaba acostada en la cama del hospital con un paño frío en la frente, sollozando débilmente y con las mejillas encendidas.Leonardo tenía la cara pálida. Le tomó la mano a Lily y me llamó. En cuanto contesté, se apresuró a hablar.—Nina, ¿le puedes decir a Sofia que lo siento? Lily tiene una fiebre muy alta, está en cuarenta grados. Tengo que llevarla al hospital. No sé si pueda llegar a las tres. Si no me ven ahí, regresen a casa. Dile a Sofia que lo siento.Después colgó. Como todas las demás veces.Leonardo me dejaba a mí las explicaciones y a Sofia la decepción. Daba por hecho que esperaríamos. Daba por hecho que un simple “lo siento” bastaría para devolverle el brillo a los ojos de nuestra hija.El médico revisó a Lily con rapidez.—Es solo una fiebre viral común, nada de grave

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status