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Capítulo 9

Author: Summer
Con el paso del tiempo, Leonardo demostró que no estaba dispuesto a rendirse.

Al principio enviaba paquetes todos los días. Muñecas, figuras de los Minions de edición limitada, una bicicleta, tabletas educativas carísimas, cursos de piano y vales para campamentos de verano. Mi primera reacción fue rechazarlos por completo, pero mi hija me detuvo con una madurez impresionante.

—Mamá, esto es lo que el tío Leonardo me debe. Me lo debía desde antes.

Lo pensé un momento y terminé por darle la razón.
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  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 9

    Con el paso del tiempo, Leonardo demostró que no estaba dispuesto a rendirse.Al principio enviaba paquetes todos los días. Muñecas, figuras de los Minions de edición limitada, una bicicleta, tabletas educativas carísimas, cursos de piano y vales para campamentos de verano. Mi primera reacción fue rechazarlos por completo, pero mi hija me detuvo con una madurez impresionante.—Mamá, esto es lo que el tío Leonardo me debe. Me lo debía desde antes.Lo pensé un momento y terminé por darle la razón. Aceptábamos los regalos, pero Sofia jamás volvió a llamarlo papá. Cada vez que él la visitaba, Sofia asentía con cortesía y decía:—Hola, tío Leonardo.El rostro de Leonardo palidecía al instante, pero nunca se atrevió a corregirla. Ya no tenía el derecho.En el pasado, éramos nosotras las que lo perseguíamos, preguntándole cuándo volvería a casa, mendigando un poco de su tiempo para su hija y preguntándonos si en realidad nos amaba. Ahora los papeles se habían invertido. Era él quien nos busca

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 8

    A la mañana siguiente, Leonardo ya se había ido. Dejó una nota sobre la mecedora del porche: “Nina, te lo suplico, no tires por la borda todo lo que tuvimos. Te esperaré por siempre. Por favor”.La leí y, sin pensarlo dos veces, la arrojé directo al bote de la basura.Mi hija estaba sentada en la cama comiendo pan tostado cuando levantó la vista para observarme.—Mamá, ¿qué pasó? ¿Qué escribió el tío Leonardo?Le sonreí con tranquilidad.—Nada, mi amor. Solo un volante de publicidad.Ella también sonrió, y esa fue su primera sonrisa sincera desde que lo dejamos atrás.Durante el año siguiente ocurrieron muchas cosas.En primer lugar, Valentina tuvo que responder por sus crímenes. Una enfermera del hospital la había grabado en secreto mientras obligaba a Lily a tomar la sopa de mariscos, y entregó el video a la policía.Valentina fue acusada de abuso infantil y, aunque intentó mentir asegurando que fue un accidente, las cámaras de seguridad del hospital, el testimonio de la enfermera, l

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 7

    Leonardo manejó toda la noche hasta el aeropuerto. El vuelo más próximo a Los Ángeles ya estaba agotado. Se quedó en la terminal hasta el amanecer, llamándome decenas de veces, mandándome cientos de mensajes.“Nina, sé que me equivoqué”.“¿Dónde estás? Déjame verte”.“¿Sofia está bien?”“No quise lastimarlas”.“Por favor, contesta”.No leí ni uno solo de ellos.Cuando el avión aterrizó en Los Ángeles, Sofia dormía. Su cabecita descansaba en mi hombro, con rastros secos de lágrimas en las pestañas. La bajé en brazos fuera del avión y tomé un taxi hacia la antigua casa de mi madre.Era un lugar pequeño en un suburbio tranquilo. Nada lujoso. Dos recámaras, un porche con una mecedora. La pintura se descascaraba, pero era nuestra. Mi madre me la había dejado años atrás. El aire nocturno de Los Ángeles era húmedo.El taxi cruzó una autopista iluminada. Sofia despertó un momento y murmuró:—Mamá, ¿vamos a vivir aquí ahora?Le acaricié el cabello.—Sí, por ahora. En la vieja casa de la abuela.

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 6

    Cuando Valentina vio que sus lágrimas no la llevaban a ningún lado, dejó de llorar. Se secó el rostro y soltó una carcajada cínica.—Está bien. Lo hice a propósito. ¿Qué otra cosa se suponía que hiciera? Soy viuda. Salvatore está muerto. Me casé con él por el poder, no por amor. Era el jefe de la mafia, y ser su esposa significaba protección, dinero, respeto. Pero nunca me dejó tener nada de eso. Me tenía controlada. Cuando lo mataron en esa guerra entre bandas, me quedé sin nada. Sin posición. Sin dinero. Solo con una niña que se parecía a él.Cruzó los brazos.—Así que te busqué a ti. Más joven. Más ingenuo. Más fácil de controlar. Alguien que me devolviera todo lo que había perdido.Leonardo miró a Valentina como si la viera por primera vez.—¿Entonces todo fue mentira? ¿La viuda llorando ante su tumba? ¿Las historias tristes sobre criar a Lily sola?Ella sonrió con amargura.—¿Mentira? El estúpido fuiste tú. Dije que la estaba pasando mal, y viniste corriendo a hacerte el héroe. Di

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 5

    Leonardo se alejó del hospital a toda velocidad, rumbo al Parque Aventura.Las calles estaban atascadas. Los autos avanzaban pegados unos a otros. Él apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Revisó el celular: eran las dos con cuarenta y uno. Quedaban diecinueve minutos para las tres.Me llamó. Nada. Llamó otra vez y respondió el buzón de voz. Lo intentó una tercera vez; ya estaba bloqueado. Convencido de que yo lo estaba ignorando, comenzó a escribir con una mano mientras manejaba.“Nina, Lily solo tiene fiebre. No es nada grave. Voy en camino”.“Por favor, no te vayas. Allá estaré”.“Les juro que esta vez no les voy a fallar”.No hubo respuesta. Intentó comunicarse al reloj inteligente de Sofia, pero estaba apagado.El corazón le latía con fuerza y el sudor le bajaba por las sienes. Pensó en lo que yo le había dicho la noche anterior: “Nos vamos lejos”. En ese momento creyó que me refería a unas vacaciones, pero ahora se daba cuenta de que mi voz

  • Le Enseñé a Decirle Adiós a Su Padre   Capítulo 4

    Una hora antes.Valentina lloraba con una delicadeza calculada, los dedos aferrados a la manga de Leonardo.—Leonardo, ¿qué hago? Lily tiene cuarenta de fiebre, está ardiendo. Tengo mucho miedo.La pequeña estaba acostada en la cama del hospital con un paño frío en la frente, sollozando débilmente y con las mejillas encendidas.Leonardo tenía la cara pálida. Le tomó la mano a Lily y me llamó. En cuanto contesté, se apresuró a hablar.—Nina, ¿le puedes decir a Sofia que lo siento? Lily tiene una fiebre muy alta, está en cuarenta grados. Tengo que llevarla al hospital. No sé si pueda llegar a las tres. Si no me ven ahí, regresen a casa. Dile a Sofia que lo siento.Después colgó. Como todas las demás veces.Leonardo me dejaba a mí las explicaciones y a Sofia la decepción. Daba por hecho que esperaríamos. Daba por hecho que un simple “lo siento” bastaría para devolverle el brillo a los ojos de nuestra hija.El médico revisó a Lily con rapidez.—Es solo una fiebre viral común, nada de grave

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