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Capítulo 4

Autor: Teresa Delgado
Me quedé junto a la cama, sintiendo cómo se me enfriaban los dedos. Era un grupo en el que yo no estaba.

Retrocedí hasta los mensajes más antiguos, de hacía tres meses. Silvia había compartido una captura del juego de intercambio de parejas.

«¿Rebeca no dice siempre que puede integrarse al grupo? A ver cuántas rondas aguanta.»

Rubén había respondido enseguida:

«Pongan solo tarjetas en blanco en su caja.»

Óscar había añadido:

«Y coloquen las tarjetas de Mateo y Silvia en el mismo orden. Que empiecen tomados de la mano, sigan con los abrazos y terminen con los besos. Eso sí se va a poner bueno.»

Seguí leyendo. Mateo no había contestado al principio. Mucho después, había escrito:

«No se pasen.»

Me quedé mirando aquellas palabras y sentí una esperanza absurda. Al menos había intentado detenerlos.

Pero, en el mensaje siguiente, él continuaba:

«Rebeca se toma todo muy en serio. Todavía tiene que organizar la boda. No la hagan enojar tanto como para que se vaya.»

Óscar había enviado un emoji de carcajadas.

«Tranquilo, no puede vivir sin ti.»

Mateo había respondido:

«Es verdad.»

Aquellas palabras me golpearon como una bofetada. Él sabía que el juego estaba arreglado. Lo había sabido desde el principio: que mi caja solo contenía tarjetas en blanco, que todos esperaban verme hacer el ridículo y que yo iba a soportarlo una y otra vez.

Lo único que le preocupaba era que llevaran las cosas demasiado lejos y yo dejara de organizarle la boda.

Seguí leyendo. Después venían los planes del viaje. Cuando les había enviado el itinerario que preparé, nadie me había contestado en nuestro grupo. En el de ellos cinco, en cambio, no paraban de escribir.

«Qué aburrido eso del buceo que organizó Rebeca.»

«A Silvia le da miedo el agua. ¿Y si hacemos una fiesta en un yate?»

Mateo había dicho:

«No le avisen. Lo decidimos allá. Si cambiamos el plan, no va a negarse.»

Incluso habían hablado de cómo repartir las habitaciones.

«Que Mateo y Silvia se queden en la suite familiar.»

«¿Y Rebeca?»

«En el sofá.»

«¿Y si no quiere?»

Mateo había respondido:

«Yo hablo con ella. Va a aceptar.»

De pie en el dormitorio, de pronto sentí que me faltaba el aire.

Siempre había creído que me costaba integrarme porque tardaba en entrar en confianza. Por eso me esforzaba tanto por ser buena con ellos. Recordaba lo que les gustaba, toleraba sus bromas y me ofrecía a resolver todo lo complicado.

Solo entonces comprendí que el problema no era mi dificultad para integrarme. Ellos me excluían a propósito y se burlaban de mis intentos por acercarme.

Apareció un mensaje nuevo. Rubén preguntaba:

«¿Dónde está Rebeca?»

Óscar contestó:

«Seguro está escondida en la habitación, llorando. ¿Volvemos a jugar?»

Silvia envió enseguida una nota de voz.

«Mejor ya no. Creo que Rebeca sí se enojó.»

Mateo respondió también por audio:

«Si está enojada, que se calme sola. ¿No se cansan de tener que consolarla siempre entre todos?»

Al oír su voz, perdí la última esperanza que aún tenía en él.

Estaba a punto de apagar la tableta cuando llegó otro video que Óscar había grabado a escondidas. En la grabación aparecían Mateo y Silvia en la terraza. Ella estaba borracha, apoyada en su hombro.

—Si no te hubiera rechazado entonces, ¿habrías empezado a salir con Rebeca?

Dejé el dedo inmóvil sobre la pantalla. El viento soplaba fuerte en la grabación. Él guardó silencio durante mucho tiempo y, al final, respondió en voz baja:

—No.

Silvia sonrió, pero se le escaparon las lágrimas.

—¿Y ahora te arrepientes?

Él no respondió a la pregunta. Le secó las lágrimas con una delicadeza que lo decía todo. Después murmuró:

—Rebeca es la indicada para ser mi esposa. Tú eres la que llevo en el corazón.

El video terminó de golpe. Durante unos segundos, nadie escribió. Luego Óscar envió un mensaje:

«Siempre dije que ustedes dos eran la verdadera pareja.»

Rubén se sumó:

«Rebeca fue la que llegó después a meterse entre ustedes. Ya le toca devolverle a Silvia el lugar que le quitó hace años.»

Me zumbaban los oídos. Para ellos, yo, que llevaba siete años con Mateo y estaba a punto de casarme con él, era la tercera en discordia.

Apagué la tableta y dejé el cargador donde estaba. No exigí explicaciones ni corrí a la terraza. Ya tenía una respuesta suficientemente clara.

Volví a la sala y le escribí a la persona encargada de organizar la boda para cancelarla. Luego cambié mi boleto por el último vuelo de esa noche. Faltaban dos horas para el despegue. Todavía tenía tiempo de irme.

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    Había pasado años esperando oír esas palabras. Si las hubiera dicho antes, cuando me dejaron atrás por primera vez, cuando los vi posar a los cinco sin mí o cuando descubrí que mi cumpleaños importaba menos que las lágrimas de Silvia, quizá todavía estaríamos juntos.Pero ahora solo respondí con calma:—Ya no necesito que cambies. A quién ames y con quién decidas estar ya no tiene nada que ver conmigo.Mateo apretó el anillo con tanta fuerza que el aro se le hundió en la palma.—¿De verdad ya no me amas ni un poco?Guardé silencio un instante.—Te amé.Sus ojos se iluminaron apenas, pero enseguida añadí:—Ese amor se fue desgastando durante siete años. Aquellas siete tarjetas en blanco acabaron con lo poco que quedaba.Mateo no se marchó de inmediato. Se quedó quince días en la ciudad. Todos los días aparecía donde estábamos filmando para ayudar al equipo a cargar el material, llevar agua y revisar los vehículos. Como yo antes, hacía en silencio todas esas cosas en las que nadie se fij

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