เข้าสู่ระบบDespués de comprometernos, Mateo Vargas y yo, Rebeca Torres, acordamos con nuestros cuatro amigos hacer un último viaje antes de la boda. Una noche, mi mejor amiga, Silvia Montes, propuso un juego que empezaría al amanecer del día siguiente: intercambiar parejas durante veinticuatro horas. En cada ronda, cada uno tomaría la primera tarjeta de la caja que le hubieran asignado. Las dos personas que sacaran tarjetas con el mismo dibujo tendrían que actuar como pareja y cumplir juntas el reto correspondiente. Quien sacara una tarjeta en blanco tendría que tomar las fotos y cargar el equipaje de los demás; los otros tres serían espectadores. En la primera ronda, me tocó una tarjeta en blanco. Mateo y Silvia sacaron la luna. Vieron el amanecer tomados de la mano mientras yo caminaba detrás, cargando mi bolsa y las de ellos dos. En la segunda ronda, volví a sacar una tarjeta en blanco. A ellos les tocó la rosa. El reto de esa ronda era abrazarse durante un minuto. Todos los animaban entre gritos y risas; yo, a un lado, les tomaba el tiempo. Llegaron la tercera ronda, la cuarta… Siete veces seguidas fui la que sobraba.
ดูเพิ่มเติมHabía pasado años esperando oír esas palabras. Si las hubiera dicho antes, cuando me dejaron atrás por primera vez, cuando los vi posar a los cinco sin mí o cuando descubrí que mi cumpleaños importaba menos que las lágrimas de Silvia, quizá todavía estaríamos juntos.Pero ahora solo respondí con calma:—Ya no necesito que cambies. A quién ames y con quién decidas estar ya no tiene nada que ver conmigo.Mateo apretó el anillo con tanta fuerza que el aro se le hundió en la palma.—¿De verdad ya no me amas ni un poco?Guardé silencio un instante.—Te amé.Sus ojos se iluminaron apenas, pero enseguida añadí:—Ese amor se fue desgastando durante siete años. Aquellas siete tarjetas en blanco acabaron con lo poco que quedaba.Mateo no se marchó de inmediato. Se quedó quince días en la ciudad. Todos los días aparecía donde estábamos filmando para ayudar al equipo a cargar el material, llevar agua y revisar los vehículos. Como yo antes, hacía en silencio todas esas cosas en las que nadie se fij
Tres meses después, Mateo consiguió averiguar dónde estaba. Me había ido a una pequeña ciudad costera del norte y me había unido a un equipo que filmaba un documental sobre artesanas de zonas remotas.Viajó esa misma noche y me encontró junto a un muelle viejo. Yo llevaba una chaqueta impermeable y el viento me revolvía el cabello. Estaba grabando a una anciana que tejía una red.Mateo se quedó observándome a la distancia durante un largo rato. Por primera vez me veía trabajando con la cámara sin tenerlos a ellos cinco enfrente.Yo sonreía. No lo hacía por complacer a nadie ni porque alguien me hubiera pedido que no arruinara el momento. Hacía años que no sonreía con tanta naturalidad cuando estaba con él.Cuando terminé de grabar, me volví y lo vi. La sonrisa se me borró poco a poco.—¿Qué haces aquí?Mateo tardó en hablar. Parecía no encontrar las palabras.—Vuelve conmigo.Negué con la cabeza.—Mi trabajo está aquí.—Puedes renunciar —respondió enseguida, igual que cada vez que deci
Durante la semana siguiente, Mateo me buscó en todos los lugares a los que creía que podía haber ido. Nadie sabía dónde estaba.Sus mensajes empezaron a llenarse de explicaciones y promesas.«Rebeca, vuelve.»«Puedo disculparme por lo del juego.»«Podemos volver a organizar la boda.»«No le regalé el anillo a Silvia. Ya le pedí que lo devolviera.»«Solo vuelve. De ahora en adelante, vas a estar en todas las reuniones.»Ese último mensaje debió de parecerle absurdo incluso a él. Yo siempre había estado ahí; eran ellos quienes nunca me habían dejado formar parte del grupo de verdad. Solo ahora, cuando ya me había ido, él estaba dispuesto a concederme un lugar como si me hiciera un favor.Ninguno de sus mensajes recibió respuesta.Al octavo día, Silvia fue a verlo. Dejó el anillo sobre la mesa. Tenía los ojos rojos e hinchados.—Mateo, ¿no somos nosotros los que deberíamos estar juntos? Antes de que apareciera Rebeca, llevabas años enamorado de mí.Él miró el anillo.—¿Y eso de qué sirve
Al aterrizar, Mateo no fue a su casa, sino directamente a mi departamento. El código de acceso ya no funcionaba. Llamó a la puerta durante tanto tiempo que el dueño terminó subiendo del piso de abajo.—¿Busca a Rebeca? Ayer entregó el departamento.Mateo se quedó helado.—¿Adónde se mudó?—No lo sé.El dueño le dio una caja de cartón.—Dijo que, si venía, le entregara esto.Él la tomó enseguida. Pesaba poco. Adentro estaban los regalos que aún conservaba de él: un reloj que ya no se fabricaba, unos libros, un suéter viejo y la cámara.Me la había comprado en nuestro segundo año de relación.—Tomas muy buenas fotos —me había dicho—. De ahora en adelante, tú nos tomas las fotos a nosotros cinco.Entonces no percibí nada extraño. Éramos seis, pero él había dicho "nosotros cinco". Más tarde le pregunté:—¿Y yo?Se quedó sorprendido un instante y luego sonrió, acariciándome el cabello.—Tú eres la fotógrafa, ¿no? La fotógrafa tiene que estar detrás de la cámara.Le creí. Durante años les to






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