Silvia, acurrucada contra el pecho de Mateo, sonrió como si quisiera tranquilizarme.—Solo estamos jugando. No te vas a poner celosa, ¿verdad?Él le acarició el cabello.—No le hagas caso. Nunca ha sabido perder.Aquella noche, en la séptima y última ronda, a los dos les tocó la tarjeta del vestido de novia. Según las reglas, tenían que celebrar una boda improvisada.Silvia se puso el vestido de novia que yo había llevado al viaje. Mateo me quitó el anillo de compromiso y se lo colocó a ella en el dedo anular. Solo me quedó puesto el anillo liso.Nuestros amigos se reunieron a su alrededor.—¡Que se besen!Y, al instante, Mateo se inclinó y la besó de verdad.Mientras todos celebraban, abrí las cajas de las que habíamos sacado las tarjetas. La mía solo contenía tarjetas en blanco. En las de Mateo y Silvia, las tarjetas tenían los mismos dibujos y estaban colocadas en el mismo orden.No era mala suerte. El juego había estado preparado para ellos dos desde el principio.Sonreí y desactiv
Read more