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Capítulo 3

Author: Señor Calabazón
Cuando salí del baño y llegué a la sala, Brayan vio mi ropa y se le iluminaron los ojos.

Me sentí extremadamente avergonzada y mantuve una mano sobre el pecho.

Aunque ya tenía más de treinta años, nunca me había puesto ropa tan sensual delante de otro hombre.

Al notar que Brayan me miraba fijamente, con unos ojos que parecían capaces de atravesar la ropa y ver mis pechos blancos y enormes, me sentí muy incómoda.

Llegué a la cuna en la recámara. Noé ya se había despertado y, como un muñequito de porcelana sonrosado y tierno, se chupaba los dedos balbuceando.

Me senté al borde de la cama, tiré un poco del cuello de la prenda; el escote profundo en V me facilitaba amamantarlo.

El dolor de la congestión de leche se alivió; lo disfruté, y hasta se me notaban rastros de rubor en la cara, mientras soportaba el placer de que me succionara el pezón.

Pero hoy el bebé no parecía muy hambriento, porque solo mamó un poco y dejó de hacerlo; en cambio, agarró con sus manitas el pezón húmedo y empezó a rodarlo y a jugar con él.

La sensación de que me estimularan esa zona sensible me puso aún más impaciente, y sumado al dolor de la congestión, me hizo temblar.

Pude sentir cómo me mojaba entre las piernas.

Con la mano temblorosa, entre las risitas del bebé, rescaté el pezón de entre sus dedos.

En el movimiento pareció que me apreté el pecho y un chorro de líquido salió disparado, mojando la ropa de cama del niño.

Avergonzada e inquieta, me apresuré a arrullarlo hasta que se durmió, y solo entonces me di cuenta de que tenía medio pecho al descubierto y lo metí de nuevo dentro de la ropa.

La ropa, que estaba bien, también se había mojado; las manchas de leche sugestivas hacían que el pecho se viera tentador.

Apreté las piernas y decidí ir al baño a ocuparme de mi lamentable estado.

Pero al darme la vuelta, vi su figura alta en la puerta.

¡¿Lo había visto todo?!

El pánico me hizo tirar de la ropa; la prenda, ya hecha un desastre, rozó mi cuerpo y no pude evitar gemir.

El escote, que ya era bajo, dejó ver aún más y casi sacó el pezón. Brayan giró la cabeza y señaló hacia el baño.

Como si me hubieran indultado, asentí y corrí como si escapara.

En cuanto entré, caí al suelo y, temblando, alcancé el orgasmo.

En la mente solo tenía la mirada con la que el hombre me había observado de esa manera ardiente, deseosa, imposible de resistir.

“No, no... Tengo que sacarme esto de la cabeza.”

Me agaché junto al inodoro, saqué a la culpable de mi desastre y empecé a exprimirla.

El líquido brotó a chorros, y por el trato brusco en el pecho, abajo se me iba mojando cada vez más.

Hacía mucho que no sentía algo así, bajo la mirada deseosa de un hombre, el ano empezó a picarme y a sentirse vacío, y la lubricación que salía a chorros dejó rastros en el piso.

Con una mano exprimía el pecho y con la otra empecé a acariciarme el cuerpo.

La mano temblorosa no tenía fuerza; el placer era como rascarse con guantes. En lugar de terminar con el deseo, hacía que el cuerpo se agitara aún más, anhelando que algo me llenara.

Froté las piernas y ya no pude evitar gemir.

En ese momento no me di cuenta de que el viento había abierto la puerta del baño y de que Brayan estaba parado en el umbral.

Cuando noté que algo no estaba bien, su mirada ardiente ya me había recorrido todo el cuerpo como si me lamiera.

Me avergoncé, me arrodillé en el suelo y me acurruqué despacio.

Brayan miró los rastros húmedos que serpenteaban por el piso y sonrió.

—Monse, ¿te duele por toda la leche que se te quedó?

No me reprendió; solo preguntó con amabilidad.

Con la cara roja, asentí despacito.

Dio unos pasos y se detuvo frente a mí. Quise apartarme, pero el cuerpo sensible había perdido toda fuerza y solo alcancé a agarrar el pecho que aún tenía en la mano.

Un chorro de líquido salió disparado y le mojó el bajo del pantalón.

—Brayan... lo siento, aaah, yo...

—No tengas miedo, yo te ayudo.

Sus manotas se posaron sobre mi mano temblorosa y liberaron el pecho de mi agarre.

Luego las suyas tomaron su lugar y empezaron a manosearlo.

La fuerza de las manos del hombre era grande; mis pechos suaves eran como masa blanda a merced de quien los amasara, y en poco tiempo se llenaron de marcas rojizas, como si los hubieran manoseado durísimo.

Brayan se acercó sonriendo y me secó las lágrimas.

—El bebé no se terminó la leche, así que yo me encargo. ¿Qué importa a quién se la des? Tu trabajo no ha terminado.

Dicho esto, tomó entre las manos esos pechos suaves y se acercó.

Al sentir una fuerza completamente distinta a la del bebé, cerré los ojos y me hundí por completo.

Y mi intimidad húmeda también fue rozada por las yemas ásperas de sus grandes dedos.

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