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Capítulo 2

Author: Señor Calabazón
—Pensé que todavía no te habías bañado y vine a traerte ropa, pero no habías cerrado la puerta. Ya me salgo.

Al parecer, mi reacción había asustado a Brayan, que se apresuró a retroceder y a darme esa explicación.

Me puse roja sin saber si cubrirme los pechos o mi intimidad.

Pero estos malditos pechos se habían vuelto todavía más sensibles por la forma en que él acababa de mirarlos. La leche resbaló por mi vientre, trazó un camino sinuoso y terminó llegando hasta mi intimidad.

Se quedó mirando, un poco aturdido, y siguió con la mirada aquella gota blanca hasta mi intimidad, mientras yo notaba el bulto en sus pantalones y me ponía roja de vergüenza.

Al notar mi incomodidad, reaccionó, dejó la ropa, dio media vuelta y se fue.

—Mi esposa compró esa ropa hace un par de años. Nunca se la puso, todo está nuevo. Si no te molesta, póntela cuando termines de bañarte —me dijo desde afuera.

Dije “ah” y apoyé la espalda contra la puerta. El corazón me martilleaba con un ritmo rápido e irregular.

No podía quitarme de la cabeza la imagen de esa cosa.

Con la cara roja de vergüenza, miré mi cuerpo. Cuando vi la mancha de leche en esa parte, me levanté de un salto, abrí la llave de la ducha y me apresuré a enjuagarme.

Me bañé deprisa, tomé la ropa que Brayan me había preparado y empecé a vestirme.

Me había dejado un vestido negro sin mangas, de una tela tan suave y tersa como la seda. Calculé que solo esa prenda debía costar varios cientos de dólares.

Además, me sonrojé al abrir un paquete que contenía una tanga con estampado de leopardo. Era lencería erótica. Casi toda la prenda era de encaje transparente y, cuando me la puse, mi intimidad se transparentaba bajo la tela. Resultaba más provocativa que no llevar nada.

Quizá no había ropa más discreta en el departamento de Brayan. Además, solo era ropa interior; no debía haber problema, ¿no?

Terminé de vestirme, toda abochornada, y me di cuenta de que lo peor no era la ropa interior, sino el pronunciado escote en V del vestido.

Como Brayan no me había dejado un sostén, el vestido dejaba a la vista más de la mitad de mis pechos redondos y el profundo surco entre ellos.

Mis pezones se marcaban bajo la tela sedosa y temblaban con cada movimiento. El placer de aquel roce suave me hacía apretar las piernas y frotarme sin control. La tela volvió a humedecerse a la altura de los pezones.

Sin duda, era un vestido de calidad, pero, al mirar mi ropa empapada en el suelo, imposible de volver a ponerme, me pregunté cómo iba a salir así... Apreté los dientes porque no me quedaba más que arriesgarme.

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