LOGINDiego regresó a la finca el viernes siguiente, esta vez sin maleta ni botellas de vino, con la cara seria y una carpeta de cuero negro bajo el brazo. Mateo lo recibió en el porche y lo llevó directamente al estudio, donde Elena revisaba un expediente sentada en el viejo sofá de cuero. Yolanda, que había aprovechado la visita para entregar unos medicamentos para los caballos, esperaba en el pasillo con una taza de té entre las manos y la mirada fija en un punto sospechosamente lejano.—Conseguí algo —anunció Diego, cerrando la puerta—. Me costó, y probablemente me cueste el empleo si se enteran, pero creo que vale la pena.Abrió la carpeta sobre el escritorio de don Rogelio y desplegó tres láminas de papel plano, grandes, cubiertas de líneas azules y anotaciones en una caligrafía técnica y precisa. Eran planos arquitectónicos, y Mateo reconoció de inmediato el contorno del terreno del lado este: el arroyo, la hilera de álamos, el camino de grava, la carretera que lo bordeaba.—Esto es
La cena transcurrió en un silencio denso que Mateo atribuyó al cansancio, aunque sentía que había algo más debajo, como una corriente que corría por debajo de la superficie sin dejarse ver. Elena comió poco, respondió con monosílabos cuando él intentó hablar del caballo, de la visita de Diego, de las empanadas de Rosa, y evitó mirarlo directamente más de un segundo seguido. Mateo no insistió. Esperó a que Rosa recogiera los platos y se retirara a su cuarto, y entonces le tendió la mano.—Salgamos al porche. Necesito contarte algo.Elena dudó una fracción de segundo, y esa duda, apenas perceptible, le atravesó el pecho como una aguja fina. Pero asintió y lo siguió.La noche había caído limpia y fría, con un cielo sin nubes donde las estrellas parecían al alcance de la mano. Se sentaron en las mecedoras de siempre, una junto a la otra, y Mateo apoyó la carpeta azul sobre las rodillas sin abrirla todavía. Elena la miró con una curiosidad cautelosa.—¿Qué es eso?—Algo que mi padre dejó.
El alcalde Salcedo se presentó en la clínica un martes por la tarde, sin cita previa, con un ramo de flores en una mano y una sonrisa ensayada en la cara. Entró con tanta naturalidad que Yolanda, que estaba reponiendo vendas en el estante del fondo, tardó un segundo en reconocerlo y otro en decidir si debía ser cortés o no. —Buenas tardes, buenas tardes —saludó él, con el tono de quien se siente en su propia casa—. ¿Está la doctora Ferrán? Venía a felicitarla en persona por su matrimonio. —Está operando —respondió Yolanda, con sequedad—. Puede esperar, si quiere. —Con mucho gusto. Se sentó en una de las sillas de la sala de espera, con las flores sobre las rodillas, y examinó la habitación con una atención que a Yolanda le pareció más propia de un tasador que de un visitante cortés. Los carteles de vacunación, el mostrador de madera, las jaulas, el calendario con fotografías de perros. Miró cada cosa como si la estuviera valorando, y Yolanda sintió un escalofrío. Elena salió del
Mateo llegó al despacho de Herrera antes de que abriera, y esperó en la acera con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el empedrado, repasando una y otra vez las palabras de Rosa. Cuando el abogado apareció, con su portafolios bajo el brazo y su paso lento de siempre, se detuvo al ver su expresión y no hizo ninguna pregunta. Se limitó a abrir la puerta y a señalar el interior con un gesto.—Pasa. Te preparo un café.—No quiero café, Herrera. Quiero saber qué pasó entre mi padre y el alcalde.El abogado dejó el portafolios sobre el escritorio, se quitó el sombrero y lo colgó con cuidado en el perchero. Tardó en responder, como siempre, pero esta vez Mateo notó que no era una pausa de cortesía, sino la vacilación de quien lleva tiempo cargando algo pesado y no sabe por dónde empezar a soltarlo.—Siéntate, hijo.Mateo se sentó. Herrera abrió el último cajón del archivador, el que siempre permanecía cerrado con llave, y extrajo una carpeta de cartón azul, gruesa, atada con un
—Estoy bien. Solo necesito un momento. —Abrió los ojos y la miró, con una sonrisa cansada—. ¿Tú estás bien? Estuviste muy callada durante la cena.Elena abrió la boca. Tenía la verdad en la punta de la lengua, entera, urgente, lista para salir. Herrera acababa de darle, sin querer, todas las razones para decirla. Y aun así, al ver el rostro agotado de Mateo, la sombra de duelo que le oscurecía los ojos, no fue capaz de añadir un peso más a los hombros que ya cargaban tanto.—Estoy bien —mintió, por segunda vez en tres días—. Solo cansada.Mateo asintió, le tomó la mano, y subieron juntos las escaleras en silencio. Esa noche, por primera vez, se despidieron en el pasillo con un beso largo y lento, y Elena se quedó despierta hasta el amanecer, preguntándose cuánto tiempo más podría sostener un secreto que crecía cada día, como una raíz que se abre camino bajo la tierra hasta que un día, inevitablemente, rompe la superficie.A la mañana siguiente, mientras Mateo ayudaba a Rosa a ordenar
El sobre llegó el lunes, entre la correspondencia habitual de la clínica: facturas de proveedores, un catálogo de instrumental, una circular del colegio de veterinarios. Elena lo notó de inmediato por el papel grueso, de color marfil, y por el membrete discreto de una firma de abogados de la capital que no le sonaba de nada.Lo abrió de pie, junto al mostrador, mientras Yolanda atendía a una señora con un gato de pelo largo, y lo leyó una vez, despacio, sin entender del todo. Lo leyó una segunda vez, buscando el error. A la tercera lectura, el estómago se le cayó a los pies.*Estimada señorita Ferrán: Por medio de la presente le notificamos que el préstamo hipotecario número 4471, contraído originalmente con el banco regional, ha sido cedido en su totalidad a Inversiones del Este S.A., con efectos desde el primero del presente mes. A partir de la fecha, todas las obligaciones de pago deberán realizarse a favor de la cesionaria. Asimismo, le informamos que la cesionaria se reserva el d







