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Capítulo 4. Promesa.

Author: Amaranthax
last update publish date: 2026-09-01 03:15:32

Sara soltó un suspiro sin darse cuenta. Se acercó a los ventanales y contempló las flores del jardín, sintiendo que todo aquello parecía un sueño del que en cualquier momento iba a despertar.

Apenas una semana atrás Mateo la había dejado sola, y ahora era la señora Arismendi, dueña de una vida en una mansión donde solo la cama de su habitación costaba más de lo que la mayoría de la gente ganaba en un mes.

Minutos después, la cena fue un momento incómodo para los dos. Víctor no sabía cómo iniciar una conversación, y ella tampoco. Los cubiertos sonando contra la porcelana llenaban los silencios que ninguno se atrevía a romper.

—Mañana vuelo a Italia para una convención que durará tres días —dijo él finalmente, sin levantar mucho la vista del plato.

—Yo también tengo un proyecto en Malibú, por si no lo sabía. Me acabo de graduar de arquitecta.

—Lo sé.

—¿Lo sabe? —Sara dejó el tenedor a un lado, sorprendida—. ¿Desde cuándo sabes usted eso?

—Sé más de lo que crees, Sara. Investigué antes de proponerte matrimonio, no soy de los que se lanzan a ciegas.

—Eso suena a algo entre halago y amenaza.

Víctor esbozó una sonrisa breve, casi involuntaria.

—Tómalo como quieras.

—¿Y qué más sabes de mí? —preguntó ella, entre curiosa y a la defensiva.

—Sé que eres buena en lo tuyo, aunque todavía no lo has demostrado del todo. Sé que peleaste por lo que creíste justo con Mateo. Y sé que no te dejas intimidar fácilmente, ni siquiera por mí.

Sara no supo qué responder a eso. Se limitó a bajar la mirada al plato, sintiendo que ese hombre la conocía más de lo que ella misma se conocía después de solo una semana.

Terminada la cena, Víctor se levantó de la mesa.

—También tengo una casa en Malibú, muy cerca de donde se hace la obra en la que trabajas. Ya hablé con Elio para que se encargue de todo.

—¿De todo qué?

—De que tengas transporte, de que la casa esté lista si algún día necesitas quedarte allá por el proyecto. Detalles.

Se detuvo cerca de la escalera antes de subir.

—El CEO de esa constructora me debe varios favores. Voy a pedirle que te asigne un puesto directivo.

Sara lo miró completamente impactada.

—¿Qué? Señor Arismendi, llevo apenas unas semanas ejerciendo, acabo de graduarme, sigo siendo una novata. No puede simplemente...

—¿Por ser su esposa voy a tener un puesto directivo, sin haberlo ganado? —terminó ella la frase, con un dejo de indignación.

—Así es —contestó él, volviéndose hacia donde ella estaba—. Pero no es un regalo, Sara. Creo que tienes talento, se te nota en ese carácter que no se deja pisotear por nadie. Y también quiero que mi esposa brille con luz propia, no que viva a la sombra de mi apellido. Solo te estoy dando un empujoncito. Lo que hagas con esa oportunidad depende de ti.

Sara sintió, sin poder evitarlo, un extraño calorcito de apoyo instalarse en el pecho. Nadie, ni siquiera Mateo en dos años, le había hablado así.

***

Aquella noche, después de ducharse, Sara se sentía inquieta. Dio vueltas en la cama sin poder dormir, hasta que escuchó ruidos abajo. Bajó con cautela y lo encontró sentado en el sofá de la sala, con el teléfono en la mano.

Estaba en pijama, algo sencillo, sin la formalidad del traje que solía poner distancia entre ellos, y a Sara le pareció, contra su voluntad, mucho más atractivo así. En cuanto Víctor notó que ella bajaba, apagó el celular.

—¿No puedes dormir?

—Así es. No logro conciliar el sueño.

—Ven, siéntate aquí.

Ella dudó un momento antes de acercarse. Víctor se levantó y le sirvió un vaso de agua; ella lo aceptó, y el agua le bajó por la garganta, relajándole el cuerpo poco a poco.

—Señor Arismendi...

—Por favor, ya eres mi esposa. Solo dime Víctor.

—Víctor —repitió ella—, ¿por qué te casaste conmigo? Dime la verdad.

Él se quedó callado unos segundos, como midiendo cada palabra.

—Ya te lo dije. Porque sabes lo que quieres, y porque eres la mujer que necesito justo ahora a mi lado.

Sara no supo qué decir.

Víctor estaba muy por encima del resto en todo sentido, y sin embargo, cada vez que él la miraba, ella nunca se sentía menospreciada, como sí le pasaba con Mateo.

—Señora Arismendi —dijo él de pronto—, ¿piensas que deberíamos intentar un matrimonio real?

Sara sintió el calor de su mirada antes incluso que el de su mano rozándole la piel.

—¿Por qué lo preguntas?

—No sé —contestó Víctor, bajando la voz—. Deberíamos hacer lo que hacen los matrimonios normales.

Y bajó la cabeza y la besó.

Sara no se apartó. Cerró los ojos despacio y apoyó las manos en los hombros de él, estremeciéndose al sentir sus dedos deslizarse con suavidad por su nuca.

—¿Me temes? —murmuró él contra sus labios.

—Tal vez un poco —Sara abrió los ojos para mirarlo—. Debo ser sincera contigo: me casé para vengarme de Mateo. Pero no te amo.

—Tranquila, eso ya lo sé —respondió Víctor en voz baja, con la certeza silenciosa de quien está dispuesto a esperar todo lo que haga falta para que eso cambie.

La levantó en brazos, y ella no opuso resistencia. La puerta de la habitación de Sara se abrió y se cerró tras ellos, dejando fuera la mansión entera, las dudas y el recuerdo de Mateo.

—Víctor —lo llamó ella, con la voz apenas audible.

—Dime.

Sara tragó saliva.

—Tienes que cumplir tu promesa.

Antes de que pudiera explicarle a cuál promesa se refería, él murmuró muy cerca de su oído:

—Siempre cumplo lo que prometo.

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Comments (3)
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Emily Rose
Que piensan con aquellito
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Emily Rose
Hombre nones gente
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Emily Rose
Ni tanto porque no se contuvo
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