LOGINEl beso en la frente fue la gota que derramó el vaso. Sara sintió una oleada de agobio tan fuerte que reaccionó por puro instinto.Apoyó ambas manos en el pecho de Víctor y lo empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.—No te vas a mudar a Malibu —dijo ella, con la voz temblando, pero no de miedo, sino de una rabia que ya no podía contener—. Y no me vas a vigilar ni un solo minuto más.Víctor la miró sorprendido. El rechazo físico lo descolocó por completo.—Sara, cálmate. Estás alterada por lo de Mariana y Mateo. Solo estoy tratando de protegerte...—¡De controlarme! —estalló ella, dando un paso al frente, acorralándolo ahora a él—. ¡Deja de mentirme en la cara, Víctor! ¡Deja el teatro del esposo perfecto, que ya me ladilla!El rostro de Víctor cambió. La suavidad desapareció de golpe, dejando paso a una dureza fría.—Mide tus palabras, Sara. Te estoy cuidando. Eres mi esposa y llevas a mi hijo en el vientre.—Soy tu presa —escupió ella, sintiendo que las lágrimas de furia le quemaban
—Te pregunté qué te hizo, Sara —repitió Mateo en un susurro áspero que rozaba los labios de ella.Sara apoyó ambas palmas en el pecho de Mateo para empujarlo, intentando recuperar su espacio, pero el cuerpo de él ni siquiera se movió.—No me hizo nada. Estás delirando. Suéltame y lárgate de mi oficina —exigió ella, manteniendo el mentón en alto, aunque su corazón latía desbocado contra sus costillas.Mateo bajó la mirada hacia las manos de Sara, aún apoyadas en su pecho, y luego volvió a clavarla en los ojos castaños de ella. Una sonrisa carente de humor torció sus labios.—Tus ojos me dicen otra cosa. Te aterra. Lo acabo de ver cuando te mencioné su nombre. Yo te conozco, Sara. Sé cuándo estás fingiendo.El sonido de la puerta resonó en la sala.Mateo no tuvo tiempo de retroceder.Víctor entró con elegancia.Su traje gris lucía impecable, pero el aura que lo rodeaba hizo que la temperatura de la sala cayera por debajo del punto de congelación.—Me encantaría saber —dijo Víctor, su vo
Sara tenía la carpeta abierta sobre el escritorio, y cada página que pasaba era una puñalada directa a la burbuja de cristal en la que había estado viviendo.Catorce de agosto.Siete meses antes de que Mateo la dejara. Siete meses antes de que su mundo se hiciera pedazos.Ahí estaban sus rutinas, sus estados de cuenta, fotografías de ella tomando café, entrando a la constructora, riendo con Marcia.El gran Víctor Arismendi no había sido su salvador casual.Había sido su cazador. La había estudiado, medido y acorralado en silencio, moviendo los hilos desde la oscuridad hasta asegurarse de que ella no tuviera otra salida que caer en sus brazos.Un mareo violento la asaltó.Se llevó una mano al estómago, sintiendo una náusea que le quemaba la garganta, y se tapó la boca con la otra para que el sollozo no resonara en la mansión.«Quería gritar». Cada célula de su cuerpo le exigía subir corriendo las escaleras, tirarle esa maldita carpeta en la cara y exigirle respuestas al hombre que dorm
El silencio entre ambos era tan pesado que casi se podía masticar.Víctor se aflojó el nudo de la corbata con una mano y tomó su vaso de cristal con la otra, dándole un sorbo al whisky que se había servido del minibar.Parecía relajado, envuelto en esa arrogancia magnética que lo hacía el dueño del mundo.—Tengo que admitirlo... —murmuró Víctor, rompiendo el silencio—. Mateo me sorprendió esta noche.Sara, que había estado mirando por la ventana con la mente a mil por hora, giró el rostro de golpe. Su ceño se frunció, incrédula ante lo que acababa de escuchar.—¿Te sorprendió? —preguntó ella, con el tono afilado.—Demostró que por fin dejó de ser un niño inmaduro haciendo berrinches —continuó Víctor, recostando la cabeza contra el asiento—. Rendir respeto frente a toda la junta de inversionistas y frente a Mariana no es fácil. Aceptar la derrota requiere temple. Quizás por fin esté listo para ocupar su verdadero lugar en el Grupo Arismendi.Sara sintió que la sangre le hervía. La indi
El gran salón del Hotel Bellagio brillaba con la opulencia que solo el apellido Arismendi podía convocar.Las lámparas de araña bañaban a la élite de Los Ángeles en una luz dorada, mientras el champán francés fluía sin descanso.En una esquina apartada del salón, ajenos al ruido de los fotógrafos, el doctor Iván Gallardo y Marcia sostenían su propio duelo en silencio.—¿Siempre observa a las personas como si fueran un diagnóstico médico a punto de empeorar, doctor Gallardo? —preguntó Marcia, dándole un sorbo a su copa.Su vestido negro de corte asimétrico resaltaba su figura, pero era su mirada aguda y sarcástica lo que realmente cortaba el aire.Iván se metió una mano en el bolsillo del pantalón, luciendo impecable e intimidante en su esmoquin oscuro.Una sonrisa ladeada, fría y seductora, apareció en su rostro.—Solo cuando el paciente presenta síntomas de ser una complicación andante, señorita Marcia. Y usted, con esa mente que no deja de maquinar teorías, es el caso clínico más fa
El agua caliente de la ducha no había sido suficiente para disolver la tensión que se había instalado en los hombros de Sara.Mientras se cepillaba el cabello frente al enorme espejo del baño, su mente seguía atrapada en un bucle implacable.«Demasiado conveniente».Las palabras de Marcia resonaban una y otra vez en su cabeza, golpeando las paredes de su recién estrenada felicidad con la fuerza de un martillo.Víctor apareció en el reflejo del espejo.Acababa de salir del vestidor, llevando únicamente los pantalones oscuros de pijama de seda, con el torso desnudo y el cabello ligeramente húmedo.Se movía con la seguridad arrogante y felina de un hombre que es dueño absoluto de su mundo.Se acercó por detrás, envolviendo la cintura de Sara con sus brazos fuertes y apoyando la barbilla en su hombro desnudo.El calor de su pecho se filtró a través de la fina tela del camisón de ella.—En tres días es la Gran Gala, preciosa —murmuró Víctor, dejando un beso en el arco de su cuello que, en







