เข้าสู่ระบบLlegó la noche, Lorena bajó la escalera con un vestido rojo muy ajustado, el cabello suelto y los labios pintados. Franco la esperaba en la sala, con un traje oscuro, no pudo evitar quedarse mirándola de arriba abajo.—Estás preciosa.—Para ti, mi amor.Ella le acomodó la corbata, y él la besó, sin importarle que Cristal estuviera en el pasillo, Lorena la vio y sonrió.—Disfruta a tu mocoso mientras puedas, querida, que mañana ya no lo tendrás.Cristal bajó la cabeza y no contestó, Franco ni siquiera la miró.Salieron riéndose, abrazados.Cristal subió al cuarto de Marlene, donde Thiago dormía en su cuna. Se sentó en la cama, a su lado, con la luz apagada, y lo miró dormir con los ojos llenos de lágrimas. Le acarició la mejilla.—Mamá no te va a dejar —susurró— te lo juro, mi amor.Mientras tanto, a media cuadra de la mansión, una camioneta se detuvo en la oscuridad. Diogo detuvo a un repartidor de pizzas, le puso en las manos varias cajas con refrescos y un billete grande.—Dile a lo
Ese día Franco no volvió a hablarle a Cristal, dio órdenes a los guardaespaldas de que nadie saliera ni entrara sin su permiso, y puso a uno de ellos en la puerta de la cocina y a otro en el jardín. Cristal lo supo porque, cuando quiso salir a tender la ropa de Thiago, el hombre se plantó frente a ella.—Órdenes del señor, señora, no puede salir.—Solo voy a tender unas cosas.—Lo siento.Cristal regresó a la casa, sintiéndose como una prisionera. Marlene la vio entrar y negó con la cabeza, sin decir nada.A la mañana siguiente, el desayuno fue como todos los días, Cristal sirvió el café, Lorena se quejó de que estaba frío, Cecília y Marília llegaron a media mañana con sus bolsas de compras. Franco bajó ya vestido para irse a la oficina y se sentó a la mesa, no la miró ni una sola vez.Thiago estaba en su sillita, junto a Cristal, comiendo papilla, el niño estiró los brazos hacia ella, y le embarró la cara de comida. Cristal se rió, se limpió y le besó la frente.—Ay, mi amor, qué suc
Al día siguiente, Diogo llegó a la casa por la mañana, Marlene le abrió la puerta y le dijo que Franco todavía no bajaba, que lo esperara en la sala. Él se sentó, le llevaba unos documentos a firmar, como siempre.Cristal, que no sabía que él estaba ahí, salió de la cocina con el desayuno de Thiago. Caminaba con la cabeza baja, despacio, todavía le dolía el vientre. Cuando levantó la vista, se detuvo al verlo.Diogo se puso se levantó.—Cristal…Se quedó mirándola sin poder decir nada más, su largo cabello, ahora era corto, casi como el de un muchacho. Los ojos de ella estaban hinchados, tenía ojeras.Cristal bajó la mirada, apenada.—Buenos días, Diogo —dijo en voz baja.—¿Qué te pasó en el cabello? —preguntó él, acercándose— ¿Quién te hizo esto?—Fue… no es nada, de verdad, no pasa nada.—Cristal, mírame.Ella no pudo, se mordió el labio, estaba a punto de llorar otra vez. Diogo iba a insistir, pero en ese momento se escucharon pasos en la escalera. Franco bajó, ya listo para salir,
Los gritos de Cristal se escucharon por toda la casa.Marlene bajó casi corriendo con Thiago en brazos, y cuando llegó al comedor se quedó helada. Lorena tenía a Cristal agarrada del cabello, y las tijeras se abrían y se cerraban junto a su cabeza. Los mechones caían al piso uno tras otro.—¡Suéltela! —gritó Marlene— ¡Por Dios, suéltela!Lorena cortó un mechón más y después la empujó con desprecio. Cristal cayó de rodillas, se llevó las manos a la cabeza y sintió el pelo corto, disparejo. Su cabello largo, el que Franco acariciaba antes, estaba tirado a su alrededor.—Ahí tienes —dijo Lorena, sonriendo— a ver si así aprendes a no ignorarme cuando te hablo.En ese momento se oyeron pasos en la escalera. Franco bajó acomodándose el saco, y detrás de él venían Cecília y Marília, que habían llegado muy temprano. Lorena soltó las tijeras en el piso, y su cara cambió por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se agarró el brazo.—¡Franky! —gimió, corriendo hacia él— ¡Mira lo que m
Diogo llegó esa noche al bar con algunos amigos, el lugar estaba lleno, pidieron una botella y se dirigieron a uno de los privados del fondo. La charla se extendió hasta la madrugada: hablaron sobre negocios, y mujeres, contaron viejas anécdotas. Diogo reía de vez en cuando, pero su mente no estaba del todo allí. Desde que había visto a Cristal en el hospital, algo le removía el pecho.Más tarde, necesitó ir al baño, así que salió del privado y caminó por el pasillo, al pasar frente a la puerta de otro privado que estaba entreabierta, escuchó voces. Se detuvo porque creyó reconocerlas.Dentro, Lorena y Franco discutían.—Quiero que la hagas sufrir más —dijo ella, su voz estaba cargada de veneno— no la soporto, Franco. Cada vez que la veo siento asco.—La chica no te hace nada —respondió él, su tono sonaba cansado— déjala en paz.—¡Solo con saber que la tocaste! —explotó Lorena— que durmió en tu cama, que la acariciaste, que la besaste, la odio con todo mi ser.Franco soltó un suspiro
Diogo respiró profundamente antes de contestar, mantuvo la mirada fija en Franco, sin desviarla.—Solo vine a traer estas flores para Cristal, me enteré de lo sucedido, es solo un detalle después de lo que ha pasado.Franco apretó la mandíbula.—A mi mujer nadie le regala flores —el tono de su voz dejó ver su furia.Diogo arqueó una ceja, sin inmutarse ante su amigo, estaba acostumbrado a su mal carácter.—Si soy sincero, pensé que no vendrías por ella, lo digo porque no te despegas ni un solo momento de Lorena.Franco apretó los puños con fuerza, molesto por esa maldita costumbre que tenía Diogo de meterse en sus asuntos, eso lo sacaba de quicio desde hacía años.—Si Lorena está pegada a mí o no, ese es mi problema, no te metas. Y ahora vete, y llévate esas flores.Diogo volteó a ver a Cristal, ella bajó la cabeza de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, él tomó el ramo, se dio la vuelta y salió de prisa, sumamente molesto por la manera en la que le había hablado su amigo.En e







