LOGINAl día siguiente, en la oficina del piso 35 aún estaba en penumbras cuando Alexander Blackwood terminó con Lena sobre el escritorio. Sus movimientos fueron intensos pero controlados, y cuando ambos alcanzaron el clímax, él soltó un gruñido ronco de placer. Se quedó unos segundos con la respiración agitada, una sonrisa satisfecha curvando sus labios.
Valeria pasó el resto del día como en una nube. Sus manos trabajaban automáticamente preparando cafés y atendiendo clientes, pero su mente no dejaba de repetir la conversación con Alexander. El contrato. Los quinientos mil dólares. La humillación de ser vista como la “novia conveniente”. Y lo peor… la ilusión traicionera que sentía en el pecho cada vez que pensaba en estar cerca de él.
Al terminar su turno, subió al ascensor de servicio con el corazón latiéndole fuerte. Se miró en el reflejo metálico de las puertas: uniforme negro, coleta desordenada, mejillas sonrosadas y ese cuerpo curvy que siempre había intentado esconder.
“¿Qué estoy haciendo? Esto es una locura.”
Llegó al piso 35. La secretaria personal de Alexander, una mujer alta y elegante llamada Isabella, la recibió con una mirada fría y superior.
— El señor Blackwood te está esperando — dijo sin más preámbulos.
Valeria entró a la enorme oficina. Alexander estaba de pie frente al ventanal, mirando la ciudad iluminada. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba solo la camisa blanca arremangada. Se veía poderoso, intimidante y peligrosamente atractivo.
— Llegaste — dijo él sin girarse todavía, con esa voz profunda y arrogante.
— Sí, señor.
Alexander se dio la vuelta y la miró de arriba abajo. Por un segundo, sus ojos se detuvieron en sus curvas, pero rápidamente volvió a su expresión profesional.
— Siéntate.
Valeria obedeció, sentándose en una de las sillas frente al escritorio. Alexander colocó frente a ella un documento grueso.
— Este es el contrato. Léelo con atención. Puedes negociar puntos, pero no todo.
Valeria comenzó a leer. El documento era claro y frío:
Duración: 6 meses.
Pago: 500.000 dólares (mitad al firmar, mitad al finalizar).
Obligaciones de Valeria: Acompañarlo a eventos, vivir en el penthouse cuando sea requerido, mantener la apariencia de novia enamorada, no revelar la verdad a nadie.
Reglas estrictas: No enamorarse, no interferir en su vida privada, no hablar con la prensa.
Cláusula de confidencialidad absoluta.
Valeria levantó la vista, nerviosa.
— Hay cosas que quiero cambiar.
Alexander se sentó frente a ella, cruzando las piernas con elegancia.
— Habla.
— Primero, quiero seguir trabajando en el café. No quiero dejarlo. Es importante para mí.
Alexander levantó una ceja, pero asintió.
— De acuerdo. Puedes seguir trabajando por las mañanas. Contrataré a dos personas para que te ayuden. El café seguirá funcionando normalmente.
Valeria respiró un poco más tranquila.
— Segundo… no quiero que me humillen públicamente. Si su familia o amigos me tratan mal por ser… quien soy — dijo señalando su cuerpo —, quiero que usted me defienda. Al menos frente a ellos.
Alexander la miró fijamente durante unos segundos. Una sonrisa arrogante apareció en sus labios.
— Puedo hacer eso. Pero debes entender algo, Valeria. Esto es un contrato. No soy tu príncipe azul. Seré amable en público, pero en privado soy quien soy. Mujeriego, arrogante y sin compromiso. ¿Puedes aceptarlo?
Valeria sintió una punzada fuerte en el pecho, pero asintió.
— Tercero… quiero que el café siga siendo parte de mi vida. No quiero perder esa normalidad.
— Ya lo acepté — respondió él con impaciencia, pero con un toque de curiosidad—. ¿Algo más?
Valeria respiró hondo.
— Si en algún momento quiero terminar el contrato antes, quiero poder hacerlo sin perder todo el dinero. Al menos la mitad.
Alexander se quedó pensativo. Finalmente asintió.
— Acepto. Pero si rompes la confidencialidad, tendrás que devolver todo y enfrentar consecuencias legales.
Valeria leyó el documento una vez más. Su mano temblaba cuando tomó el bolígrafo.
— Firmo… con estas condiciones.
Alexander sonrió satisfecho. Firmaron ambos ejemplares. Luego él se levantó, sacó una tarjeta negra de su billetera y se la entregó.
— Mañana por la noche tienes que acompañarme a una cena de negocios. Isabella te llevará ropa adecuada. Prepárate.
Valeria se levantó, sintiendo que acababa de vender su alma.
— ¿Eso es todo?
— Por ahora — respondió él, acercándose un paso—. Bienvenida a tu nueva vida, Valeria.
Ella salió de la oficina con el corazón hecho un nudo. Al llegar al café vacío, se apoyó en el mostrador y dejó escapar un sollozo silencioso.
“El relleno más rico que el café…” pensó con amargura. “¿En qué me estoy metiendo?”
Al día siguiente…
La mañana fue caótica. Isabella llegó temprano al café con varias bolsas de ropa de diseñador. Obligó a Valeria a probarse vestidos en la pequeña sala de empleados. Cada vez que se miraba al espejo, Valeria se sentía más fuera de lugar.
— Este te queda… decente — dijo Isabella con tono condescendiente, mirando su cuerpo curvy.
Valeria se mordió la lengua. No dijo nada.
Por la noche, un chofer la recogió y la llevó al penthouse de Alexander. Era enorme, lujoso y frío. Alexander la esperaba con un traje negro impecable.
— Te ves… bien — dijo él, mirándola de arriba abajo.
Valeria llevaba un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas. Se sentía expuesta.
La cena de negocios fue un infierno. Isabella y otras mujeres elegantes la miraban con burla disimulada. Cuando alguien preguntó cómo se habían conocido, Alexander mintió con facilidad:
— Valeria trabaja en mi empresa. Me conquistó con su autenticidad.
Algunos sonrieron con sorna. Valeria sintió que se hundía. Pero Alexander, fiel a su palabra, puso una mano en su cintura y la acercó a él cuando alguien hizo un comentario indirecto sobre su cuerpo.
— Valeria es perfecta tal como es — dijo con voz fría pero firme.
Ella sintió un calor extraño en el pecho. Por un segundo, casi creyó que era real.
Al regresar al penthouse esa noche, Alexander se quitó la corbata y la miró.
— Lo hiciste bien para ser la primera vez.
Valeria estaba exhausta.
— ¿Puedo irme a mi casa?
— Hoy no. Duerme en la habitación de invitados. Mañana regresas al café por la mañana.
Antes de entrar a su habitación, Alexander la detuvo.
— Una cosa más, Valeria. Recuerda las reglas. No te enamores. Esto es solo un contrato.
Ella asintió, con el corazón apretado.
— Lo sé.
Pero mientras se metía en la cama de lujo, Valeria supo que estaba mintiendo. Ya estaba enamorada. Y ese contrato acababa de hacer todo mucho más peligroso.
Las horas pasaban lenta y vertiginosamente en el reloj de pared, en la pantalla de su celular, en el reloj de mano de algún otro empleado, y le hacía sentir ligeros nervios en el estómago para Valeria, algo en sus rodillas temblorosas le indicaban que Alextander estaba planeando algo sospechoso, pero mientras pasaban los minutos, ella no podía dejarse llevar por aquellos pensamientos, respira hondo y exhala suavemente, podía con esto, ella puede. Finalmente la hora indicada había llegado, Valeria se detuvo frente a la puerta del penthouse con el corazón latiéndole con fuerza. Llevaba puesto el vestido negro que Alexander le había comprado semanas atrás: el mismo que marcaba cada curva de su cuerpo con una precisión casi cruel. Se pasó las manos por la falda, intentando calmarse, y finalmente empujó la puerta.El lugar estaba en completa penumbra.Solo la luz de la ciudad entraba a través del enorme ventanal de cortinas abiertas, dibujando rayas plateadas
Valeria llegó al café antes de que abrieran las luces del lobby. Encendió las máquinas, horneó la primera tanda de croissants y se puso el delantal negro con movimientos precisos. Había dormido poco, pero su rostro no lo delataba. El muro que había levantado seguía firme.Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron a las 8:15 a.m., ella ya sabía quién venía.Alexander Blackwood apareció impecable, traje gris oscuro, corbata perfectamente anudada y esa expresión de quien está acostumbrado a que el mundo se detenga a su paso. Se acercó al mostrador con paso seguro.— Cappuccino doble con canela extra — pidió, sin saludar.Valeria preparó el café en silencio. Ni una sonrisa. Ni un roce innecesario. Cuando se lo entregó, sus dedos no se tocaron.— Aquí tiene, señor Blackwood. Que tenga un excelente día.Él no tomó la taza de inmediato. Se quedó mirándola.— ¿Señor Blackwood otra vez?— Es lo correcto — respo
Al día siguiente Valeria llegó temprano al café. Preparó las máquinas con movimientos precisos, casi mecánicos. Había dormido poco, pero su expresión era serena. Fría. El dolor de la cláusula secreta y de las palabras de Alexander todavía le quemaba el pecho, pero ya no pensaba mostrárselo.Cuando la puerta se abrió y él entró, ella no levantó la vista de inmediato.— Cappuccino doble con canela extra — pidió Alexander con su voz habitual, arrogante y controlada.Valeria preparó el café en silencio y se lo entregó sin rozarle los dedos.— Aquí tiene, señor Blackwood.Él frunció ligeramente el ceño ante el tratamiento formal.— ¿Señor Blackwood otra vez?— Es lo que corresponde — respondió ella con calma—. Usted es mi jefe. Y yo soy solo la otra parte del contrato.Alexander se quedó mirándola unos segundos. Había una ligera sombra de culpa en su mirada… pero la arrogancia la tapó rápido. Recordó la noche anterior: su cuerpo temblando debajo de él, la forma en que lo miró, el hecho de
Valeria despertó con el cuerpo todavía sensible y el corazón lleno de una esperanza tonta. La cama a su lado estaba vacía, pero las sábanas aún conservaban el calor de Alexander. Se giró, esperando encontrarlo… y solo halló silencio. Se levantó despacio, se puso una de sus camisas que había quedado tirada en el suelo y bajó a la cocina con el estómago hecho un nudo de ilusión. Alexander ya estaba allí. Impecable. Traje negro, corbata perfecta, expresión fría. Bebía café negro como si la noche anterior no hubiera existido. — Buenos días — dijo ella, con voz suave, casi tímida. Él levantó la vista. Sus ojos la recorrieron un segundo… y luego se apartaron. — Buenos días. El chofer te llevará al café en quince minutos. Tengo una reunión importante. Valeria parpadeó, confundida. — ¿Eso es todo? ¿Después de… anoche? Alexander dejó la taza sobre la isla de mármol con un golpe suave pero firme. — Anoche fue parte del contrato, Valeria. Nada más. Cumpliste. Yo también. No hay que dram
La cena fue un tormento. Camila no dejaba de lanzar comentarios velados, sonreírle a Alexander y mirar a Valeria como si fuera un error de cálculo. Cada vez que Camila tocaba el brazo de Alexander, Valeria sentía una punzada en el pecho. Y cada vez que Alexander respondía con cortesía, esa punzada se volvía más profunda.Cuando finalmente regresaron al penthouse, el silencio entre ambos era denso. Alexander se quitó la chaqueta con movimientos bruscos y se sirvió un whisky. Valeria se quedó de pie en medio de la sala, todavía con el vestido negro.— Hoy te defendí — dijo él de pronto, sin mirarla—. Otra vez. Y cada vez que lo hago… me cuesta más controlarme.Valeria respiró hondo.— No te pedí que me defenderas.Alexander dejó el vaso sobre la mesa y se giró hacia ella. Sus ojos estaban oscuros, intensos.— No lo hice por el contrato. Lo hice porque no soporto que te miren como si no valieras nada.Se acercó. Lento. Vale
Valeria estaba acomodando las tazas detrás del mostrador cuando la puerta del café se abrió con más fuerza de la habitual. Alzó la vista y sintió que el aire se le detenía en los pulmones.Una mujer alta, delgada y de una belleza casi perfecta entró como si el lugar le perteneciera. Cabello rubio platino perfectamente peinado, vestido blanco ceñido y tacones que resonaban en el piso de mármol. A su lado caminaba Alexander, con la expresión seria y tensa.— …y este es el café de la empresa — estaba diciendo él.La mujer lo interrumpió con una risa suave y elegante.— Qué… pintoresco. No recordaba que tuvieras un lugar tan… sencillo dentro del edificio.Valeria sintió la mirada de la desconocida clavarse en ella. La mujer la recorrió de arriba abajo con una sonrisa apenas disimulada de superioridad.— ¿Y ella es…? — preguntó, señalándola con la punta de las uñas perfectas.Alexander se aclaró la garganta.— Valeria. Trabaja aquí.







