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Capítulo 4: La primera prueba.

Author: MayR04
last update publish date: 2026-06-24 07:47:06

Valeria despertó en la enorme cama de la habitación de invitados del penthouse de Alexander. Por un momento se sintió desorientada. Las sábanas eran suaves, el techo alto, y el silencio era casi abrumador. Se sentó lentamente, abrazando sus rodillas contra su pecho curvy.

“Esto es real. Firmé el contrato.”

Se levantó y se miró en el espejo del baño. Su cuerpo relleno se reflejaba sin piedad: caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave. El vestido de la noche anterior estaba doblado sobre una silla. Se duchó rápidamente y se puso el uniforme del café que había traído en una bolsa. Isabella le había dejado claro que debía estar en el café a las 7:00 a.m.

Cuando salió de la habitación, Alexander ya estaba en la cocina, impecable con un traje gris oscuro, tomando café negro.

— Buenos días — dijo él con tono profesional—. El chofer te llevará al café. Regresas aquí a las 6:00 p.m. para prepararte para la cena de esta noche.

Valeria asintió, sintiéndose pequeña.

— ¿Otra cena?

— Sí. Esta vez con mi padre y algunos socios. Tienes que estar perfecta.

Ella tragó saliva y salió del penthouse sin decir más.

En el café, todo parecía normal. Preparó los croissants, encendió las máquinas y atendió a los primeros empleados. Pero ahora todo se sentía diferente. Tenía un secreto enorme y quinientos mil dólares pendientes.

Alexander bajó alrededor de las 8:20 a.m., solo esta vez. Pidió su cappuccino habitual y se quedó más tiempo de lo normal en el mostrador.

— ¿Dormiste bien? — preguntó en voz baja.

— Sí… gracias — respondió Valeria, sonrojada.

Él la miró con esa arrogancia natural, pero había algo más en sus ojos. Curiosidad.

— Recuerda: esta noche es importante. Mi padre es muy observador. Tienes que actuar como si estuvieras enamorada de mí.

Valeria sintió una punzada en el pecho.

— Lo intentaré.

Alexander tomó su café y, antes de irse, añadió:

— Ah, y Valeria… ese uniforme te queda bien, pero esta noche quiero que te veas como mi novia. No como la chica del café.

Las palabras le dolieron, pero ella solo asintió.

Durante el día, Isabella volvió al café para “entrenarla”. Le enseñó cómo caminar, cómo sonreír y cómo mirar a Alexander con “ojos de enamorada”. Valeria se sentía como una muñeca siendo vestida.

— Tienes que disimular mejor esas curvas — dijo Isabella con crueldad disimulada—. O al menos saber lucirlas.

Valeria se mordió la lengua. No respondió.

Por la noche, el chofer la recogió de nuevo. En el penthouse, Isabella la esperaba con varios vestidos. Después de probarse varios, eligieron uno rojo vino ajustado que marcaba todas sus curvas generosas. Valeria se sentía expuesta, pero también… bonita.

Cuando Alexander la vio, se quedó mirándola unos segundos más de lo necesario.

— Te ves… aceptable — dijo finalmente, aunque su mirada decía algo diferente.

La cena fue en un restaurante exclusivo. El padre de Alexander, un hombre mayor y severo llamado Richard Blackwood, los esperaba con varios socios.

En cuanto los vio llegar juntos, Richard frunció el ceño.

— ¿Esta es la famosa novia de la que tanto hablas? — preguntó sin disimulo, mirando a Valeria de arriba abajo.

Valeria sintió que se hundía. Pero Alexander puso una mano en su cintura y la acercó a él.

— Sí, padre. Valeria es… especial. Me conquistó con su autenticidad.

La cena fue tensa. Los comentarios indirectos no se hicieron esperar:

— Qué… interesante elección — murmuró uno de los socios—. No es el tipo habitual de Alexander.

Valeria se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo, sonriendo cuando Alexander la miraba. En un momento, cuando Richard hizo un comentario sobre su “figura poco convencional”, Alexander intervino con voz fría:

— Valeria es perfecta tal como es. No necesito que nadie opine sobre mi relación.

Valeria sintió una calidez extraña en el pecho. Por un segundo, casi olvidó que todo era falso.

Al regresar al penthouse esa noche, Alexander se quitó la chaqueta y se sirvió un whisky.

— Lo hiciste bien — admitió—. Mejor de lo que esperaba.

Valeria se quedó de pie en la sala, todavía con el vestido rojo.

— ¿Puedo irme a casa ahora?

Alexander la miró. Por primera vez, su mirada se detuvo más tiempo en sus curvas.

— Quédate esta noche. Mañana puedes volver al café.

Valeria dudó, pero aceptó. Antes de irse a la habitación de invitados, Alexander le dijo:

— Recuerda las reglas, Valeria. No te enamores.

Ella sonrió con tristeza.

— No se preocupe, señor Blackwood. Sé muy bien cuál es mi lugar.

Pero mientras se quitaba el vestido y se miraba en el espejo, Valeria supo que estaba mintiendo. Su corazón ya estaba perdido.

Al día siguiente en el café…

Alexander bajó más temprano de lo normal. Esta vez se quedó hablando con ella varios minutos. Le preguntó sobre su vida, sus sueños de repostería, incluso bromeó sobre el café.

Valeria se sentía flotando. Pero también aterrorizada.

En un momento de calma, le dijo:

— Señor Blackwood… ¿por qué yo realmente? Podría haber elegido a cualquiera.

Alexander la miró con esa arrogancia mezclada con algo nuevo.

— Porque tú no quieres nada de mí… o al menos eso creía.

Valeria sintió que el corazón se le salía del pecho.

El contrato apenas comenzaba, y ya todo se sentía mucho más peligroso de lo que imaginaba.

“El relleno más rico que el café…” pensó mientras lo veía alejarse.

Y por primera vez, se preguntó si ese contrato terminaría rompiéndole el corazón.

Valeria se quedó mirando la puerta por donde Alexander había desaparecido. El café volvió a su ritmo habitual, pero dentro de ella todo era un torbellino. Se apoyó contra el mostrador, respirando profundamente para calmarse. Sus manos aún temblaban ligeramente mientras limpiaba una mancha invisible en la superficie.

“¿Por qué me defendió? No tenía que hacerlo. Solo es un contrato… ¿verdad?”

El resto de la mañana pasó entre pedidos y sonrisas automáticas. Cada vez que alguien pedía un cappuccino, ella pensaba en él. Cada vez que la puerta se abría, su corazón daba un salto, esperando verlo entrar de nuevo. Pero Alexander no volvió esa mañana.

Durante su breve descanso, Valeria se sentó en la pequeña sala de empleados con un muffin a medio comer. Sacó su teléfono y abrió la aplicación de notas donde solía escribir sus pensamientos cuando se sentía abrumada.

Escribió con dedos temblorosos:

“Firmé el contrato. Ahora soy su novia falsa. Anoche me defendió frente a su padre y a toda esa gente importante. Dijo que soy perfecta tal como soy. ¿Lo dijo en serio o solo estaba actuando? Mi cuerpo… mis curvas… siempre me han hecho sentir menos. Y ahora estoy fingiendo ser la mujer de uno de los hombres más deseados de la ciudad. ¿Cuánto tiempo podré mantener esto sin romperme?”

Cerró el teléfono y apoyó la frente en la mesa. Recordó la mirada de Isabella, las sonrisas burlonas de los socios, el comentario de Richard Blackwood sobre su “figura poco convencional”. Cada palabra había sido como una pequeña daga. Pero Alexander había intervenido. Por primera vez en dos años, él la había defendido.

Eso era peligroso. Muy peligroso.

Por la tarde, mientras atendía a un grupo de empleados, recibió un mensaje de un número desconocido:

“Esta noche cena formal en el penthouse. Isabella te llevará el vestido. No llegues tarde. — A.B.”

Valeria se mordió el labio. Ya estaba empezando. La vida de lujo, las mentiras, la cercanía forzada con el hombre que amaba en secreto.

Cuando Isabella llegó al café con varias bolsas de lujo, Valeria sintió que el estómago se le cerraba.

— Pruébate esto — ordenó la secretaria con su habitual tono superior—. El señor Blackwood quiere que esta noche te veas impecable.

El vestido era de un verde esmeralda profundo, ajustado en la cintura y con un escote sutil que resaltaba su busto generoso. Al mirarse en el espejo del baño del café, Valeria apenas se reconoció. Sus curvas se veían pronunciadas, femeninas y… sí, atractivas.

— Te queda… mejor de lo que esperaba — admitió Isabella a regañadientes.

Esa noche, cuando el chofer la dejó en el penthouse, Alexander la esperaba en la sala principal. Llevaba una camisa negra desabotonada en los primeros botones y pantalones elegantes. Al verla, sus ojos se oscurecieron por un segundo.

— Te ves… bien — dijo, con voz más ronca de lo normal.

Valeria se sonrojó violentamente.

— Gracias.

La cena fue íntima, solo ellos dos. Alexander le explicó las reglas de nuevo, pero esta vez con más detalle: qué decir si alguien preguntaba cómo se conocieron, cómo actuar en público, qué no podía hacer nunca.

— Y sobre el café… — añadió —. Puedes seguir trabajando allí, pero si alguien importante pregunta, diremos que es tu pasión y que te permito mantenerlo.

Valeria asintió, pero no pudo evitar preguntar:

— ¿Por qué yo realmente, señor Blackwood? Podría haber elegido a cualquier modelo o mujer de su círculo.

Alexander se quedó mirándola durante un largo rato. Tomó un sorbo de vino y respondió con esa arrogancia que lo caracterizaba:

— Porque tú no esperas nada de mí. No buscas mi dinero ni mi apellido. Eres… segura. Y porque nadie sospechará que una chica como tú pueda ser una amenaza para mí.

“Una chica como tú.” Otra punzada.

Pero luego, Alexander añadió algo que la desarmó:

— Además… haces el mejor café que he probado. Y ese muffin que me diste el otro día… estuvo bueno.

Valeria sintió que el corazón se le hinchaba. Era un cumplido pequeño, casi insignificante, pero viniendo de él era enorme.

Terminaron la cena y Alexander la acompañó hasta la puerta de la habitación de invitados.

— Buenas noches, Valeria.

— Buenas noches… Alexander — se atrevió a decir ella por primera vez sin el “señor”.

Él levantó una ceja, pero no la corrigió. Solo sonrió de medio lado y se fue.

Valeria cerró la puerta y se dejó caer contra ella. Se llevó una mano al pecho, donde latía fuerte y dolorosamente.

“El relleno más rico que el café…”

Esta vez, la frase no sonó como una burla. Sonó como una advertencia.

Porque sabía que, si seguía así, terminaría completamente enamorada de un hombre que solo la veía como un contrato temporal.

Y aun así… no quería parar.

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