LOGINValeria llegó a su pequeño apartamento pasadas las 10 de la noche. Cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, todavía con el corazón acelerado. Las palabras de Alexander no dejaban de repetirse en su cabeza.
Contrato… Novia falsa… Quinientos mil dólares…
Se quitó los zapatos y caminó hasta su habitación. Se sentó en la cama y se miró en el espejo del tocador. Su cuerpo curvy se reflejaba frente a ella: caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave. Se pasó las manos por los costados y suspiró.
“¿Yo? ¿La novia del CEO? Esto no tiene sentido…”
Recordó entonces cómo había conseguido ese trabajo dos años atrás. La anterior empleada, una chica alta y delgada llamada Sabrina, había derramado todo un vaso de café caliente sobre el traje italiano de Alexander Blackwood. Él se había enfurecido tanto que la despidió en el acto. Valeria, que estaba haciendo una entrevista para otro puesto en ese momento, terminó siendo contratada casi por casualidad. Desde entonces, había sido extremadamente cuidadosa. Nunca le había derramado ni una gota. Siempre preparaba su cappuccino con canela extra exactamente como a él le gustaba.
Y ahora… él le estaba proponiendo que fuera su novia falsa.
Se dejó caer hacia atrás en la cama, mirando el techo.
“Si acepto… ¿qué pensará la gente? Soy una simple empleada del café de su propia empresa. La ‘gordita que hace café’. Su padre y los socios se van a reír en su cara. Sería el hazmerreír de toda la alta sociedad. ¿Cómo va a justificar que de repente su novia sea yo?”
Además, estaba el café. Ese lugar era importante para ella. No solo era su fuente de ingresos, sino que le permitía estar cerca de él todos los días. Si dejaba de trabajar allí, ¿quién se haría cargo? ¿Perdería esa conexión diaria que tanto valoraba?
Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, pensando en las consecuencias.
A la mañana siguiente, Valeria llegó al café como siempre, aunque con ojeras marcadas. Preparó todo mecánicamente, pero su mente no dejaba de dar vueltas. Cuando Alexander bajó alrededor de las 8:15 a.m., acompañado de una mujer rubia muy elegante, el corazón se le encogió.
Él pidió su cappuccino habitual. Mientras ella lo preparaba, Alexander la miró con esa expresión arrogante pero calculadora.
— ¿Ya pensaste en mi propuesta? — preguntó en voz baja para que solo ella escuchara.
Valeria le entregó el café con manos ligeramente temblorosas.
— Señor Blackwood… necesito hablar de algunas cosas antes de decidir.
Él levantó una ceja, sorprendido de que ella no hubiera aceptado de inmediato. Miró a la mujer que lo acompañaba y le dijo algo al oído. La rubia se alejó hacia una mesa.
— Habla — dijo él, apoyándose en el mostrador.
Valeria respiró hondo.
— Primero… si acepto ser su “novia”, ¿qué va a pasar con mi trabajo aquí? Este café es importante para mí. No quiero dejarlo. Además… soy una empleada suya. ¿No le parece ridículo que de repente su novia sea la chica que le prepara el café todos los días? Su padre y los socios van a pensar que se volvió loco. Sería el hazmerreír.
Alexander la escuchó con atención, aunque su expresión seguía siendo arrogante. Tomó un sorbo de café y asintió lentamente.
— Buenas preguntas — admitió—. Respecto al café: no tienes que dejarlo. Puedes seguir trabajando aquí por las mañanas. Solo tendrías que asistir a ciertos eventos conmigo por las tardes o noches. Contrataré a alguien de confianza para que te ayude en los horarios que necesites. El café seguirá siendo tuyo en la práctica.
Valeria se sintió un poco aliviada, pero no del todo.
— Y sobre lo otro… — continuó Alexander con una sonrisa arrogante —. La gente creerá lo que yo quiera que crean. Diré que te descubrí por casualidad, que me conquistaste con tu… autenticidad. Nadie va a cuestionarme abiertamente. Y si lo hacen, sabré manejarlo.
Valeria bajó la mirada. “Autenticidad”. Sabía que era una forma elegante de decir “normal” o “rellenita”.
— Esto no tiene sentido — murmuró—. Soy una de sus empleadas menos conocidas. Si alguien investiga, sabrán que trabajo aquí.
Alexander se inclinó un poco más sobre el mostrador. Su voz bajó de tono, volviéndose más intensa.
— Por eso el contrato será muy claro. Habrá reglas. No podrás contarle a nadie la verdad. Vivirás en mi penthouse cuando sea necesario. Y sí… tendrás que soportar que te vean como la mujer que logró “cambiar” al mujeriego Alexander Blackwood.
Valeria sintió otra punzada en el pecho. Pero también una extraña emoción. Estar cerca de él. Poder tocarlo, aunque fuera falso. Verlo todos los días.
— Necesito ver el contrato antes de aceptar — dijo finalmente, levantando la mirada con más determinación de la que esperaba.
Alexander sonrió, claramente satisfecho de que no hubiera dicho que no de inmediato.
— Esta noche a las 8:00 p.m. en mi oficina. Trae todas tus condiciones. Negociaremos.
Se enderezó, tomó su café y se fue sin decir más.
Valeria se quedó sola detrás del mostrador, con el corazón hecho un nudo.
“El relleno más rico que el café…” pensó con ironía. “¿Realmente estoy considerando venderme por dinero y por estar cerca de él?”
Durante el resto del día, no pudo dejar de pensar en las consecuencias. Si aceptaba, su vida cambiaría por completo. Pero si rechazaba… seguiría siendo la chica invisible del café para siempre.
Y eso, tal vez, dolía más.
Valeria no durmió casi nada esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, las palabras de Alexander volvían a golpearle: *“¿Leíste las letras pequeñas, Valeria?”* *“Si lo requiero… lo haría con gusto.”* *“No esperes verdadero cariño.”* Se sentía estúpida. Ingenua. Usada. Había firmado un documento sin leerlo con el detenimiento que merecía, cegada por la ilusión de estar cerca del hombre que amaba en secreto. Ahora estaba atrapada. A la mañana siguiente, llegó al café con ojeras marcadas y el ánimo por el suelo. Preparó las máquinas, horneó los croissants y atendió a los primeros clientes con una sonrisa forzada. Cada vez que la puerta se abría, su cuerpo se tensaba esperando ver a Alexander. Cuando finalmente bajó, alrededor de las 8:30 a.m., venía solo. Traje negro impecable, expresión fría y esa arrogancia natural que lo hacía parecer dueño de todo lo que miraba. Pidió su cappuccino doble con canela extra sin mirarla realmente. — Lo de siempre — murmuró. Valeria preparó el ca
Valeria pasó toda la noche dando vueltas en la cama del penthouse. Apenas había dormido tres horas cuando Isabella la despertó para prepararse para el café. Se sentía exhausta, tanto física como emocionalmente. El contrato firmado pesaba como una losa sobre su pecho.Por la mañana, mientras atendía el café, Alexander bajó más temprano de lo habitual. Pidió su cappuccino y se quedó apoyado en el mostrador, observándola con esa mirada arrogante y calculadora que ya empezaba a conocer.— Necesito hablar contigo un momento — murmuró él cuando no había nadie cerca.Valeria sintió que el corazón se le aceleraba. Terminó de preparar el café y lo miró directamente a los ojos.— Señor Blackwood… hay algo que quiero aclarar sobre el contrato.Alexander levantó una ceja, divertido.— Te escucho.Valeria respiró hondo, juntando valor.— Cuando firmé… no leí todo con detenimiento. Quiero que quede claro que no quiero nada físico entre nosotros. Nada de besos, nada de tocarme más de lo necesario en
Valeria despertó en la enorme cama de la habitación de invitados del penthouse de Alexander. Por un momento se sintió desorientada. Las sábanas eran suaves, el techo alto, y el silencio era casi abrumador. Se sentó lentamente, abrazando sus rodillas contra su pecho curvy.“Esto es real. Firmé el contrato.”Se levantó y se miró en el espejo del baño. Su cuerpo relleno se reflejaba sin piedad: caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave. El vestido de la noche anterior estaba doblado sobre una silla. Se duchó rápidamente y se puso el uniforme del café que había traído en una bolsa. Isabella le había dejado claro que debía estar en el café a las 7:00 a.m.Cuando salió de la habitación, Alexander ya estaba en la cocina, impecable con un traje gris oscuro, tomando café negro.— Buenos días — dijo él con tono profesional—. El chofer te llevará al café. Regresas aquí a las 6:00 p.m. para prepararte para la cena de esta noche.Valeria asintió, sintiéndose pequeña.— ¿Otra cena?— Sí. Esta v
Al día siguiente, en la oficina del piso 35 aún estaba en penumbras cuando Alexander Blackwood terminó con Lena sobre el escritorio. Sus movimientos fueron intensos pero controlados, y cuando ambos alcanzaron el clímax, él soltó un gruñido ronco de placer. Se quedó unos segundos con la respiración agitada, una sonrisa satisfecha curvando sus labios.Valeria pasó el resto del día como en una nube. Sus manos trabajaban automáticamente preparando cafés y atendiendo clientes, pero su mente no dejaba de repetir la conversación con Alexander. El contrato. Los quinientos mil dólares. La humillación de ser vista como la “novia conveniente”. Y lo peor… la ilusión traicionera que sentía en el pecho cada vez que pensaba en estar cerca de él.Al terminar su turno, subió al ascensor de servicio con el corazón latiéndole fuerte. Se miró en el reflejo metálico de las puertas: uniforme negro, coleta desordenada, mejillas sonrosadas y ese cuerpo curvy que siempre había intentado esconder.“¿Qué estoy
Valeria llegó a su pequeño apartamento pasadas las 10 de la noche. Cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, todavía con el corazón acelerado. Las palabras de Alexander no dejaban de repetirse en su cabeza.Contrato… Novia falsa… Quinientos mil dólares…Se quitó los zapatos y caminó hasta su habitación. Se sentó en la cama y se miró en el espejo del tocador. Su cuerpo curvy se reflejaba frente a ella: caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave. Se pasó las manos por los costados y suspiró.“¿Yo? ¿La novia del CEO? Esto no tiene sentido…”Recordó entonces cómo había conseguido ese trabajo dos años atrás. La anterior empleada, una chica alta y delgada llamada Sabrina, había derramado todo un vaso de café caliente sobre el traje italiano de Alexander Blackwood. Él se había enfurecido tanto que la despidió en el acto. Valeria, que estaba haciendo una entrevista para otro puesto en ese momento, terminó siendo contratada casi por casualidad. Desde entonces, había sido extremadame
Valeria López suspiró mientras limpiaba el mostrador del café Blackwood Coffee. Eran las 8:45 de la noche y el lugar ya estaba cerrado. Solo quedaba ella, terminando de organizar las últimas cosas antes de irse a casa. Tenía 26 años, un cuerpo curvy generoso —caderas anchas, muslos gruesos, vientre suave y pechos abundantes— y un uniforme negro que intentaba disimular todo eso sin mucho éxito.Llevaba dos años trabajando allí, en la planta baja de una de las empresas más importantes de la ciudad. Dos años enamorada en secreto del hombre que apenas sabía que existía: Alexander Blackwood, el CEO.El hombre que le aceleraba el corazón cada vez que bajaba por su cappuccino doble con canela extra.Valeria terminó de apagar las luces principales cuando escuchó pasos firmes en el lobby casi vacío. Su corazón dio un vuelco. Reconocería esa forma de caminar en cualquier lugar.Alexander Blackwood apareció frente a la puerta de cristal del café. Traje negro impecable, cabello oscuro perfectamen







