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—¡SUELTAME, IDIOTA! ¿QUÉ SE SUPONE QUE ESTÁS HACIENDO? —gritó Isabel, luchando con cada fibra de su ser, pero Carlos la mantenía atrapada, su agarre era un yugo de hierro. El dolor de su muñeca era un fuego abrasador que se intensificaba con cada intento de zafarse, pero él no cedía, ni un ápice.
Sus ojos, vacíos como un pozo sin fondo, no mostraban ni rastro de arrepentimiento. Carlos no la veía, no la sentía. Sólo veía una pieza más en un tablero de ajedrez que ya había perdido. Y el aliento de licor barato lo delataba.
Isabel luchaba por respirar, por mantener el pánico a raya, pero el aire se hacía cada vez más denso, asfixiante.
¿Qué estaba pasando?
¿Por qué su padrastro la trataba así?
Ella solo había ido a buscarlo, a sacarlo del casino antes de que empeñara la casa, y él la había arrastrado fuera, por una puerta trasera, como si fuera una cualquiera. El callejón estaba impregnado con el hedor nauseabundo de orines.
—¡Suéltame, Carlos! ¿Qué te pasa? ¿Por qué haces esto? —siguió forcejeando, su voz quebrándose, desesperada.
De repente, un rugido de motor rompió el aire, y una camioneta negra se detuvo abruptamente. Los faros cegaron su vista por un segundo, pero no fue la luz lo que la paralizó. Fue lo que vino después...
Un hombre alto, delgado, de unos treinta y tantos años, emergió del vehículo. Su traje negro parecía esculpido sobre su cuerpo, tan perfecto que no podía ser accidental. La oscuridad parecía abrazarlo, como si fuera una extensión de su propia sombra. Y esos malditos lentes oscuros… ¿Por qué los usaba a esa hora de la noche?
Isabel lo observó, un escalofrío recorriéndole la espalda. No, no era un hombre común. Su presencia era como un vórtice de tensión que la aplastaba, como si el aire a su alrededor fuera más denso, más peligroso.
El hombre se quitó los lentes. Sus ojos, fríos, calculadores, la miraban como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez, una presa a la que estudiar.
—¿Es ella? —preguntó en voz baja, grave, con un tono que no dejaba espacio a dudas. Su voz no tenía emociones, no trataba con una persona. Había hablado de un objeto.
Isabel, atónita, no entendía nada.
¿Qué quería de ella?
¿Quién demonios era ese tipo?
Carlos asintió, una sonrisa vacía curvando sus labios. No era una sonrisa, era una mueca. La satisfacción en su rostro era inquietante, como si estuviera a punto de disfrutar de algo macabro.
—Sí, es ella. No te vas a arrepentir. Es muy habilidosa.
—¡Suéltame, Carlos! —exigió Isabel, su voz rasgada por la rabia, mientras forcejeaba, pero él la mantenía firmemente sujeta, como un muñeco roto.
El hombre de la camioneta chasqueó los dedos. Un segundo después, otro hombre apareció del vehículo. Su caminar era preciso, casi mecánico, como si estuviera cumpliendo una misión que no podía fallar. Con calma, abrió un maletín.
Isabel sintió cómo su piel se helaba al ver la hoja que sacó de dentro. El aire a su alrededor se volvió más pesado, cada respiración más difícil.
El hombre de lentes oscuros la miró, sin inmutarse, mientras su voz rompía el aire:
—Fírmenlo —dijo, su tono cortante como un cuchillo. La frialdad de su voz no dejaba espacio para la negociación.
Isabel sintió como si las palabras fueran dagas clavándose en su mente, atravesándola.
—No creo en la palabra de un borracho ludópata —continuó, y sus palabras la golpearon con fuerza—. Así que quiero asegurarme de que cumplas lo que prometiste.
Isabel dio otro tirón, pero Carlos, como una roca, no la dejaba ir.
—¿Qué es todo esto? —susurró, las lágrimas empezando a asomar en sus ojos, su voz rota, casi inaudible.
El hombre sonrió, pero no era una sonrisa. Era una mueca cruel.
—Oh... así que tu "padre" no te dijo nada. Qué mal padre eres, Carlos —dijo, despectivo.
Carlos se acercó al oído de Isabel y, con una voz temblorosa de miedo, le susurró:
—Si no lo hacía, me iban a quebrar las piernas.
El estómago de Isabel dio un vuelco. ¿Qué estaba escuchando? ¿Cómo podía su vida haber llegado a esto?
—¿Qué hiciste, Carlos? —su voz estaba llena de incredulidad y horror.
Carlos la miró, apenado y con miedo. Con una expresión descompuesta, murmuró:
—Tu padre, a cambio de perdonarle los 5 millones de dólares que me debe, ha acordado darme a su hija como pago. Y yo, bueno... soy un hombre generoso que necesita los servicios de una mujer como tú.
Isabel sintió el suelo desmoronarse bajo sus pies. ¿Había escuchado bien? ¿Estaba diciendo que su vida, su futuro, valía lo mismo que una deuda de juego? ¿Qué clase de monstruo era su padrastro?
—¡No! ¡NO! ¡Claro que NO! —gritó, su voz estaba desgarrada por la furia. Cada intento por liberarse era inútil, pero no podía dejar que Carlos se saliera con la suya—. ¡SUÉLTAME! —vociferó, con el llanto brotando de sus ojos por la impotencia de no tener más fuerza que su padrastro.
Mientras forcejeaba, su mente no dejaba de pensar en un único escape: la universidad. «Yo tengo una vida. Tengo sueños. Me voy a la universidad. Puedo con esto. Aceptaré temporalmente, y cuando llegue el momento, me largaré y este maldito asunto se acabará. Podré huir de todo esto».
—Sueltame, Carlos. Sabes muy bien que no puedo. En unas semanas me iré a París, a la universidad —dijo ella, sin dejar de forcejear.
Un pensamiento fugaz, pero en su mente significaba todo. Si lograba escapar, si lograba irse... todo lo demás no importaría. La presión, el dolor, la humillación, quedaría atrás.
—Con respecto a eso... —dijo Carlos con frialdad—. Esta mañana llegó una carta a la casa. No fuiste admitida.
BOOM.
«¿Qué?». El golpe de esas palabras fue como una explosión en su mente, dejándola completamente paralizada. Sus pensamientos se congelaron en el aire, como si el tiempo hubiera dejado de moverse. No podía ser. No podía ser cierto. Su mundo se desmoronó de inmediato, todo lo que había creído y planeado se derrumbó a su alrededor. Había sido la mejor en su clase. Había trabajado hasta el agotamiento, superado todas las expectativas. No podía no haber sido admitida.
—Eso no puede ser cierto... —susurró con voz quebrada y los ojos inundados de incredulidad. ¿Cómo? ¿Por qué la habían rechazado? Si sus diseños eran los mejores entre todos los postulados, si había puesto su alma en ese trabajo, ¿por qué no la habían admitido? El dolor en su pecho se intensificó. Vio sus sueños romperse frente a sus ojos.
Carlos, al ver su reacción, sonrió cruelmente, disfrutando del sufrimiento de Isabel.
—Sí, es cierto. Y ahora no te queda otra opción. Firma el maldito documento.
Isabel, completamente desbordada, sintió cómo sus esperanzas se desvanecían...
Cinco millones de dólares. ¿Eso era lo que ella valía?
—Firma, Isabel —dijo el hombre de lentes oscuros—. Por lo visto, ya no tienes planes para dentro de unas semanas —el comentario fue totalmente burlón.
Entonces, algo en la mente de Isabel se rompió, y la determinación surgió de lo más profundo de su ser.
—Firmaré... pero con una condición.
—No estás en posición de hacer exigencias —respondió el hombre de traje, impasible. —Tu padre me debe 5 millones de dólares.
—En primer lugar, este imbécil no es mi padre —dijo, fulminando a Carlos con la mirada, liberándose por fin de su agarre con un fuerte tirón—. Y segundo... intuyo que usted me necesita mucho, si está dispuesto a perdonar una deuda de 5 millones de dólares. ¿Estoy en lo cierto?
El hombre tragó saliva.
Isabel se plantó frente a él, decidida.
—Firmaré, pero solo si cubre todos los gastos médicos de mi madre.
Carlos intentó protestar, pero el hombre levantó una mano, silenciándolo.
—Trato hecho. Ahora firma el maldito contrato.
El peso de la decisión la aplastaba. Con el corazón roto, Isabel tomó el bolígrafo, sus manos temblando. Cerró los ojos, respiró hondo, y firmó.
El sonido del bolígrafo sobre el papel resonó en su mente, como el eco de una sentencia. Ya no había marcha atrás.
Muchas personas dicen que cuando alguien padece una enfermedad terminal y sufre la misma durante largos meses y hasta años, es porque esa persona está pagando algo que hizo en el pasado, que es una clase de castigo celestial. Si esta teoría es cierta, queda demostrado que mi amado Antoine no tenía nada que pagar ni merecía sufrir en lo más mínimo, y así fue.Partió de este mundo a las tres y cuarenta de una fría madrugada de septiembre, según el informe del forense, debido a un paro respiratorio.No agonizó.No sufrió.Han trascurrido cuatro años desde ese funesto día.En su ausencia, tuve que enfrentar una profunda depresión. Días enteros sin comer y no parar de llorar. Me sentí devastada por no tener a mi lado a mi alma gemela, el otro extremo de mi hilo rojo.Muy bien habría podido llenar páginas extensas, relatando mi sufrimiento, pero eso solo empañaría el verdadero significado de esta historia: La historia del error más dulce de mi vida. Con la ayuda de mis familiares y amigo
Abrí los ojos muy despacio, entrecerrándolos para evitar que la claridad de la mañana entrara con violencia y terminara de arrancarme del sueño. Durante algunos segundos no supe dónde estaba. Sentía el cuerpo pesado, incómodo, las piernas entumecidas y un dolor persistente en el cuello por la postura en la que dormí. El aire fresco de la madrugada todavía se aferraba a mi piel y, cuando intenté mover los dedos, descubrí que también tenía las manos heladas.Entonces recordé.Nos quedamos dormidos sobre el puf, bajo el cielo estrellado de Florida.Una sonrisa adormilada quiso dibujarse en mis labios al recordar la noche anterior. Giré apenas la cabeza y allí estaba Antoine, todavía profundamente dormido a mi lado. La luz tenue del amanecer acariciaba su rostro y, por un instante, me limité a contemplarlo. Parecía tranquilo. Tanto que me dio pena despertarlo.Fue entonces cuando reparé en la manta que nos cubría.Fruncí el ceño, confundida, porque estaba segura de que no salimos con ella
Dieron de alta a Antoine al mediodía, no sin antes recibir unas cuantas indicaciones por parte del doctor, quien estuvo bastante cabizbajo durante todo el rato que estuvo hablándonos acerca de los cuidados paliativos, de lo que Cedric ya tenía mucho conocimiento.Llegamos al departamento y sin perder tiempo, mi suegra y yo ayudamos a Cedric a acomodar la habitación, con la finalidad de hacer que Antoine se sintiera cómodo. Pusimos la cama más cerca de la puerta del baño, así mi esposo no tendría que hacer mucho esfuerzo a la hora de querer ducharse o hacer sus necesidades.Cedric instaló una larga barra de metal en el pasillo y otra más corta en el baño, para evitar que Antoine se cayera, en caso de marearse y perder el equilibrio.Mi madre me ayudó a preparar el cuarto de huéspedes, el que usaría la madre a Antoine durante las próximas semanas, pues aunque vivía en la misma ciudad, se negaba a regresar a su casa por miedo a que su esposo, el que tenía casi siete meses sin ver, regres
Transcurrieron dos horas desde que Antoine fue ingresado de emergencia y aun no habíamos podido entrar a verlo. La ansiedad me iba a volver loca.En un momento de la noche tuve que conversar con mi suegra y decirle todo lo que sabía respecto al estado de su hijo. Ella se sintió muy herida de saber que yo lo sabía desde hace tiempo y no se lo dije, pero comprendió cuando le comenté que Antoine me pidió que no se lo dijera, pues él lo haría en su debido momento.Compartimos nuestro dolor y lloramos por largo rato.Gabrielle y mi madre se retiraron faltando pocos minutos para que fuesen las dos de la madrugada, con la promesa de regresar a primera hora de la mañana.Éramos solo mi suegra y yo, una al lado de la otra.Por momentos ella dormitaba, recostada de mi hombro, y por ratos era yo la que dormía en su regazo.A las cuatro de la madrugada, una enfermera nos avisó que podíamos entra a ver a Antoine, así que lo hicimos. Él estaba dormido, pero nos bastó con solo verlo. Nos sentamos en
Mis manos estaban frías y sudaban. Estaba muy ansiosa por saber cómo estaba Antoine. A mi izquierda, Gabrielle, a mi derecha, la señora Ivette, y frente a mí, entregándome un vaso con café, mi madre. Las tres se negaron a dejarme sola, luego de insistirles que se fueran a descansar. Era casi medianoche y éramos un cuarteto de mujeres vestidas de gala, en la sala de espera de un hospital.Me puse de pie y me encaminé hacia la puerta que daba al exterior. Necesitaba un poco de aire, de lo contrario me iba a desmayar. Gabrielle hizo amague de levantarse de su asiento para acompañarme, pero le dije que no lo hiciera.Quería estar un momento a solas y pensar.Respiré profundo en cuanto estuve afuera, llenando mis pulmones con todo el aire posible. Al botar el aire, también boté un poco de mi dolor, entre sollozos incontrolables. Me llevé las manos a la cara para ahogar mi llanto. A esas alturas del día, me importaba un rábano verme bien o mal. ¡Dios! Estaba tan harta de llorar, pero era al
Me senté al lado de mi amiga, por un momento. Necesitaba contemplar mi entorno. Todo se me hizo tan irreal, que tuve que pellizcarme el brazo para constatar que no se tratase de un sueño. ¡Mi vida dio un vuelco total en menos de un mes! Estaba casada con el hombre de mis sueños, rodeada por mi familia y amigos más cercanos, en un lugar precioso, decorado con telas y luces de color verde esmeralda. Gabrielle se lució. De verdad que hizo un buen trabajo, junto a la decoradora profesional que su papá contrató como parte de mi regalo de bodas.Según mi amiga, había una segunda parte de ese regalo, y la descubriría después de la fiesta, cuando mi esposo y yo estuviéramos en la comodidad de nuestra suite en el Embassy Suites by Hilton, donde pasaríamos la noche de bodas. Obsequio cortesía de mi suegra.Algunos bailaban al ritmo de la música, mientras los más pequeños correteaban. Sigrid y las gemelas estaban sentadas a un lado del salón, sin dejar de mirar la pantalla del móvil de mi herman







