LOGINValentina se recostó en su sofá rosa y colocó a Chewbacrazy sobre su regazo. Tomó el vaso de café que Mateo le había dejado en la puerta… y su corazón empezó a dar brincos. Cerró los ojos y recordó esos labios perfectos, con un contorno delicado pero firme, que se curvaban en una sonrisa que podía derretir cualquier escudo. Y la manera en que caminaba por la oficina, con pasos seguros y elegantes, la espalda recta y el porte impecable, como si cada movimiento estuviera coreografiado para llamar la atención de todos, sin esfuerzo alguno.
—Eres el vaso de café más hermoso que he visto, ¿lo sabías? —murmuró Valentina, hablándole al vaso como si fuera una persona.
—Me estoy volviendo loca, Chewbacrazy —comenzó a reír, incapaz de contener su entusiasmo.
Tras un rato, vació el vaso y le colocó la fecha y las circunstancias de cómo había llegado a sus manos. Ese sería el primer “trofeo” en su colección de detalles importantes.
Se sorprendió al darse cuenta de las cadenas que había desatado al permitir que Mateo se acercara. Antes, su escudo de frialdad y molestia le había protegido de admitir lo evidente: Mateo era un hombre imposible de ignorar. Y, como siempre, Valentina sintió que no estaba a la altura. Bastaba con ver a Claudia, su novia perfecta, para que su corazón se encogiera. Suspiró y se sacudió la cabeza, entonces recordó el sobrenombre con el que Mateo la había bautizado: “Mafalda”.
—¿Así que Mafalda? —musitó con una sonrisa traviesa—. Supongo que es por mi cabello rebelde… ¡Hora de contraatacar! Necesito un sobrenombre que haga justicia a mi revancha.
En la mente de Valentina apareció el icono de ideas, analizando propuestas de sobrenombres:
💡 Idea de sobrenombre para Mateo: “Café Supremo” o “Señor Espresso” —algo juguetón, que conecte con el tema del café y su personalidad intensa, elegante y encantadora.
— ¡“Señor Espresso” es el ganador! Aunque señor perfecto con labios traicioneros, seria el ideal. Así la revancha empezaría con un apodo digno. —Valentina sonrió por sus ocurrencias.
El ánimo de Valentina volvió a elevarse. Colocó música y se asomó por la ventana a ver las luces de la ciudad, convencida de que esa noche Claudia no existía. Cerró los ojos y sintió la necesidad de cantarle al mundo y mostrarle lo que ella consideraba verdaderamente hermoso.
Su teléfono vibró con un mensaje de Mateo:
"Espero que el café que te dejé en la puerta de tu casa sirva como bandera blanca para una tregua de paz ✌️ Feliz noche, MAFALDA 👻"Valentina sonrió y escribió de inmediato, con sarcasmo y gracia:
"Bandera blanca aceptada, Señor Espresso ☕😂 Pero no te emociones demasiado… aún te debo un sorbo de venganza.”Al enviar el mensaje, Valentina se recostó en el sofá, satisfecha con su ingenio. Mateo leería el sobrenombre y seguramente se reiría… o se quedaría sin palabras, y eso era exactamente lo que ella quería.
Mateo volvió a escribir por la app, y esta vez su mensaje estaba acompañado de varias caritas sonrientes:
Mateo: “Ahora sí, Mafalda… puedo presentarme oficialmente: Señor Espresso 😎☕. Buen ataque, debo admitirlo.”
Valentina leyó el mensaje, arqueó una ceja y de repente se detuvo, notando un detalle inquietante:
—Un momento… ¿Mateo sabe dónde vivo? —susurró, entre divertida y sorprendida.
Rápidamente, abrió la app y escribió:
Valentina: “Señor Espresso, esto ya está tomando un nivel peligroso… ¿acaso también sabes cuándo me levanto para tomar café? 😏”
No tardó en llegar la respuesta de Mateo:
Mateo: “Solo lo suficiente como para asegurarme de que Mafalda reciba su dosis diaria de café y diversión… no querría que mi café corriera peligro 😎☕”
Valentina soltó una carcajada, colocando el teléfono sobre el sofá, mientras Chewbacrazy la miraba como diciendo “otra vez con tus locuras”.
—No me importa lo que piensen los demás… —murmuró Valentina, levantándose y comenzando a bailar por la sala—. Hoy voy a mostrarle a Mateo… y al mundo, lo que verdaderamente significa ser única.
Esa noche, después de bailar con Chewbacrazy y reírse sola en la sala, Valentina finalmente se dejó caer en la cama. Su mente, inquieta y juguetona, comenzó a llenarse de imágenes imposibles de controlar.
En su sueño, la oficina aparecía ante ella. Allí estaba Mateo, impecable, con esa presencia que parecía iluminar cada rincón. A su lado, Claudia, sonriente, radiante… rubia y perfecta, como si la luz misma la hubiera elegido. Valentina sintió que su pecho se oprimía, y un susurro interior le recordó: “Perfecta, rubia… y yo… ¿qué soy yo frente a ella?” El eco de su trauma con David aparecía disfrazado en ese sueño.
Cada intento de acercarse a Mateo la encontraba bloqueada por Claudia, y a pesar de que todo era un sueño, la sensación de insuficiencia le resultaba real. Su mente mezclaba emociones, risas, nervios y cierta burla de sí misma, como si su inseguridad hubiera tomado forma física.
Pero entonces Mateo la miró directamente, con esa intensidad que hacía que su corazón latiera a mil por hora. Le tendió una taza de café, como si dijera: “Todo está bien, aquí estoy yo”. Y aunque el mundo del sueño seguía girando entre ella y Claudia, Valentina se sintió por primera vez valiente, lista para enfrentar cualquier comparación y superar esa sensación de inferioridad que siempre la acompañaba.
Se despertó con el corazón acelerado, respirando hondo. Todavía sentía el aroma del café en el aire y el calor de su regazo, como si el sueño hubiera dejado un rastro de realidad. Cerró los ojos un instante y murmuró:
—Mañana voy a demostrar que Mafalda puede con todo… incluso con los fantasmas que aparecen sin aviso.
Mateo respiró profundamente. Haber terminado con Claudia le había quitado un peso enorme de encima; por primera vez en años sintió que podía respirar. Y se sorprendió al notar cuánto tiempo había estado viviendo asfixiado, hundido en una relación hecha de control y pasividad. Claro que sabía que aquella tregua sería corta: conocía demasiado bien a Claudia, y ella era de armas tomar.Cerró los ojos y elevó la vista hacia el cielo nublado. Las gotas de lluvia resbalaron por su rostro, frías, insistentes. En ese instante sintió un deseo repentino, casi desesperado, de ir a ver a Valentina. Todos sus recuerdos de ella pasaron como flashes por su mente: su risa tímida, su mirada herida, su forma de morderse el labio cuando estaba nerviosa. Un nudo lo ahogó.La oficina nunca volvería a ser la misma sin ella. Tenía que hacer algo. Tenía que borrar la huella venenosa que Claudia, con alevosía, había marcado sobre Valentina como símbolo de venganza. Y en ese momento, casi revelador, Mateo comp
Aquel fin de semana fue uno de los más oscuros para Valentina. Apagó el celular tras eliminar todas sus redes sociales; no quería leer ni una palabra más, ni ver su nombre convertido en burla. “Cenicienta”, “aprovechada”… esos eran los insultos más dulces que había recibido.Dejó la llave en el cerrojo, consciente de que así Laura no podría entrar. Ese sábado necesitaba llorar sin testigos, dejar que su dolor respirara entre lágrimas.Chewbacrazy, su pequeño guardián peludo, no se separaba de ella. Con sus patitas amasaba su vientre, intentando calmar el vacío que ella misma no sabía llenar, y ronroneaba sus canciones gatunas, como solía decir Valentina. Pero esta vez no bastaba. Las lágrimas caían más hondas, cargadas de un peso antiguo que la perseguía desde su infancia.Lo abrazó fuerte, buscando refugio en su calor.—Aún lo recuerdo, Chewbacrazy —susurró con voz temblorosa—. Recuerdo cómo nos encontramos… Yo acababa de salir de la clínica, después de perder a mi bebé. Oh, Dios… qu
La lluvia comenzó a caer frente a la ventana de Valentina. Ella la contemplaba ensimismada, hundida en una depresión repentina que ni siquiera los cariños de Chewbacrazy lograban disipar. Cada gota parecía un recordatorio punzante de todo lo que había perdido en apenas unas horas.Abrió la ventana de par en par; el agua empapaba su cabello, el abrigo… el alma. No se cubrió. No cerró nada. Dejó que la tormenta la encontrara, que la borrara.Las luces de la ciudad se disolvían en charcos temblorosos, reflejando su mundo deshecho, como si todo lo que conocía se estuviera derritiendo frente a ella.En su mente resonaba una voz del pasado, una de aquellas que nunca se apagan del todo. La voz del niño del colegio:—Eres fea, Valentina. Fea y rara.Y la de su tía, entre cigarrillos y juicios:—¿Por qué no puedes ser como las demás niñas?—No vas a llegar a ningún lado. Nadie se fija en una niña como tú.Luego la desgracias mas dolorosa que la termino de romper cuando aun era una adolescente
El día amaneció con un brillo metálico en la ciudad. El tráfico parecía más denso, el aire más espeso, y los mensajes en el teléfono de Valentina se acumulaban sin pausa: notificaciones, preguntas, silencios disfrazados de curiosidad.No necesitó leer mucho para entender que el rumor había dejado de ser una nota pasajera: se había vuelto tema.—¿Acaso este infierno no piensa terminar? —refunfuñó Valentina, aferrando el vaso de café que por poco estalla contra el asfalto.Cuando cruzó el vestíbulo del edificio de AURA Design Studio, sintió las miradas como alfileres invisibles. Las recepcionistas la saludaron con sonrisas tensas; sus compañeros apenas levantaron la vista, atrapados entre la curiosidad y la incomodidad. Nadie dijo una palabra, pero todos sabían.—Trágame, tierra… —susurró entre dientes, apretando la carpeta contra el pecho.Aceleró el paso hasta su cubículo. Encendió la computadora con manos temblorosas, temiendo que en cualquier momento su nombre apareciera en otra not
El amanecer llegó sin anunciarse. En el apartamento de Claudia, las persianas medio cerradas filtraban una luz grisácea que parecía pesar sobre los muebles. La copa de vino seguía en la mesa, apenas tocada, y a su lado, el teléfono iluminaba el silencio con una secuencia de mensajes ya enviados.Claudia no había dormido. No necesitaba hacerlo. El insomnio era un aliado cuando se trataba de pensar con precisión quirúrgica.Deslizó el dedo por la pantalla y revisó una vez más la conversación con Laura Benítez, la periodista de espectáculos que debía su puesto a un favor que Claudia había pagado con información privilegiada años atrás:“Solo una insinuación”, había escrito Claudia.“¿Algo veraz?”, respondió la periodista.“Digamos… plausible.”Sonrió. No hacía falta que una mentira fuera perfecta; solo debía parecer posible.A las nueve de la mañana, el portal de noticias LUX Magazine publicó una nota discreta en su sección empresarial:“Fuentes cercanas aseguran que una joven diseñadora
Luego de salir del apartamento de Valentina, Mateo manejó sin rumbo fijo, intentando escapar de la estructura que era su vida. Ella tenía razón: necesitaba un poco de caos.El reloj del tablero marcaba las dos y media de la madrugada cuando detuvo el auto frente a su edificio. No recordaba cuánto tiempo llevaba conduciendo, intentando ahogar en el motor el eco del beso de Valentina. El aire nocturno era espeso, casi eléctrico; las luces de la ciudad parecían pulsar al ritmo de su culpa.Subió sin prisa. El ascensor le devolvía su reflejo: un hombre que ya no sabía si quería ser Han Joon o solo Mateo. Al girar la llave de su puerta, el sonido metálico le pareció más fuerte de lo habitual… y entonces la vio.Claudia estaba sentada en el sofá, con una copa de vino en la mano y una calma tan impecable que dolía. Vestía seda color marfil, el cabello suelto, los labios pintados con precisión quirúrgica. Pero sus ojos —esos ojos que solían ser espejos de orgullo— estaban vidriosos y cargados







