LOGINValentina llegó a la oficina con una decisión clara: ser Mafalda con todo. El recuerdo del sueño de la noche anterior aún la acompañaba, ese abrazo velado en una taza de café que parecía susurrarle al oído que podía enfrentarse incluso a sus fantasmas.
Apenas cruzó la puerta, ahí estaba él. Mateo, impecable, con esa sonrisa que parecía desafiar cualquier rutina. La saludó con un movimiento leve de la cabeza y, antes de que ella pudiera responder, lanzó su primera estocada del día:
—Buenos días, Mafalda… ¿Durmió bien o soñó con espresso? —le susurró con una sonrisa cargada de picardía.
Valentina arqueó una ceja y caminó hasta su escritorio con aire desafiante.
—Soñé con algo mucho mejor… pero no te lo diré, Señor Espresso.
Mateo se inclinó sobre su mesa y le dejó un vaso humeante, con la seguridad de quien entrega un secreto.
—Entonces prueba este. Es mi café. Espresso doble con un toque de amaretto… fuerte, oscuro, imposible de olvidar.
Valentina lo miró como si sospechara de una trampa, pero aun así lo llevó a sus labios. El sabor ardió en su garganta, intenso, embriagador, como un golpe directo al pecho. Se le escapó un jadeo y lo miró con los ojos muy abiertos.
—Esto no es café… —murmuró, acomodándose el cabello para ocultar el rubor—. Esto es un pecado líquido.
Mateo sonrió con esa calma peligrosa que lo hacía aún más tentador.
—Exacto. Y ahora la pregunta es, Mafalda… ¿te atreverías a repetirlo?
Antes de que Valentina pudiera responder, un ruido de tacones en el pasillo rompió la burbuja. Claudia apareció saliendo de la oficina de enfrente. Su porte era impecable, la chaqueta blanca resaltando contra su piel bronceada y el cabello rubio cayendo en ondas calculadas. Caminaba como si el pasillo fuera suyo… y en cierta forma lo era.
Claudia se detuvo al ver la escena: Mateo inclinado hacia Valentina, con esa sonrisa cómplice que no necesitaba explicación. Sus ojos azules se entornaron apenas, suficiente para que Valentina lo sintiera como un filo directo en la piel.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Claudia con voz melosa, aunque debajo vibraba una nota de hielo.
Mateo, ajeno al filo, respondió con naturalidad:
—Nada… solo la señorita Mafalda y yo discutiendo cuál es el café más fuerte de la ciudad.
Claudia enarcó una ceja y sus labios se curvaron en una sonrisa contenida.
—Qué interesante —dijo, girando su mirada hacia Valentina—. No sabía que las asistentes tenían tanto tiempo libre para hablar de… cafés.
Valentina arqueó las cejas y sonrió con sarcasmo.
—Asistente no soy, Claudia. Soy Coordinadora de Marketing Digital, un puesto bastante parecido al de Mateo. Pero entiendo tu confusión, seguro que no sueles prestar atención a los detalles.
Claudia la recorrió de arriba abajo, con esa mirada que disecciona sin piedad: zapatos corrientes, ropa sin etiqueta de diseñador, el cabello rebelde que pedía a gritos un tratamiento de keratina. Valentina lo notó y, lejos de incomodarse, soltó una carcajada suave.
—No todas las triunfadoras nos vestimos con ropa de diseñador —añadió, sosteniéndole la mirada—. A veces es mejor pasar desapercibida… da ventaja.
Un silencio incómodo se extendió en el pasillo. Claudia sostuvo la mirada un segundo más, como evaluando si Valentina era digna siquiera de estar allí, y finalmente se giró hacia Mateo.
—Nos vemos más tarde —le dijo con tono firme, antes de marcharse.
El eco de sus tacones resonó como una sentencia. Y justo antes de girar la esquina, Claudia lanzó una última frase, sin mirar atrás:
—Algunas personas deberían saber cuál es su lugar.El corazón de Valentina se contrajo. No sabía si esas palabras iban dirigidas a ella… pero en el fondo no necesitaba confirmarlo.
Mateo permaneció en silencio, observándola, como si estuviera a punto de decir algo. Pero Valentina se adelantó, fingiendo calma mientras apretaba los puños bajo el escritorio.
—Tranquilo, Señor Espresso… yo sé muy bien cuál es mi lugar. —dijo con una sonrisa forzada, aunque por dentro la herida ardía como fuego recién encendido.
Y en ese instante comprendió que la tregua con Mateo tenía un precio: la guerra apenas comenzaba.
La llegada de Claudia había dejado un incendio intenso en el interior de Valentina. En su cabeza solo se imaginaba una lluvia de meteoritos. Observó a sus compañeros de trabajo concentrados en sus tareas e imaginó una escena apocalíptica: llamas cayendo sobre ellos, fuego alienígena que lo consumía todo… sobre todo sobre el perfecto cabello oscuro, brillante y grueso de Mateo.
Al imaginar la escena, Valentina sonrió, pero no se dio cuenta de que se estaba enredando el cabello hasta volverlo una maraña de rizos rebeldes. Sin más, salió de la oficina directo al baño.
Mateo la miró, y una sonrisa se le escapó. Tomó su celular y escribió:
—Ahora sí pareces Mafalda 😏
Valentina gruñó, justo cuando sintió la mano de Laura halarla:
—Vamos al baño, porque necesitas arreglarte ese cabello.
Ahí, en el baño, Laura la miró con curiosidad.
—¿Cómo va todo? —preguntó, mientras ayudaba a Valentina a desenredarse el cabello.
Valentina le contó lo ocurrido con Claudia, desde la chispa de tensión hasta la mirada evaluadora y la sonrisa contenida de la rubia.
Laura suspiró, poniendo una mano sobre el hombro de Valentina.
—Voy a pedirte una cita con mi estilista —dijo, con firmeza.
—No me gustan los estilistas —respondió Valentina con picardía.
—Bueno, te aguantas. Ya no tienes doce años, Valentina, y necesitas invertir en ti. Siempre andas vestida como si fueras directo a la cama… lo que falta es que vengas en pijamas a trabajar.
Valentina sonrió, pícara:
—No me des ideas, porque es lo que deseo…
Laura frunció el ceño, y agregó:
—Es más, vamos a comprar un vaso más serio para que quites ese vaso del gato.
—¡¿Qué?! —exclamó Valentina, enfurecida—. ¡Ese es mi vaso de Salem!
—Te repito: ya no tienes doce —respondió Laura con tono de superioridad maternal.
Valentina no siguió discutiendo y ambas salieron del baño, con el cabello más o menos bajo control y la cabeza llena de planes de venganza contra Claudia.
El resto del día fue productivo, pero mientras Valentina y Laura salían del trabajo, vieron a Claudia caminando directo hacia Mateo… y besándolo en esos perfectos labios que Valentina había imaginado protegidos por fuego alienígena unas horas antes.
Valentina sintió un mareo, como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Por un instante creyó que se desmayaba.
Laura notó de inmediato la emoción que empezaba a recorrer a su amiga y cómo le afectaba ver a Mateo con Claudia. Tomó suavemente la mano de Valentina y le dijo:
—Perdiste una batalla, pero no la guerra… así que repítelo como un mantra.
Valentina apretó la mano de Laura, respiró hondo y dejó que esas palabras le dieran fuerza. Aunque el corazón doliera, había aprendido algo: la guerra apenas comenzaba.
Esa noche, de regreso a casa, Valentina dejó caer su bolso en el sofá y abrazó a Chewbacrazy con todas sus fuerzas. El pequeño gato gimió, como si entendiera lo que había ocurrido.
—No importa, ¿verdad, Crazy? —susurró, acariciando sus orejas—. Yo puedo con esto… aunque a veces duela.
Se dejó caer junto a él, con el silencio de la sala como único testigo. El reflejo de las luces de la ciudad entraba por la ventana, y por un instante Valentina pensó en la frase de Claudia repitiéndose como un eco venenoso en su cabeza.
Apretó más fuerte a Chewbacrazy y desbloqueó el celular. En la app, una notificación nueva brillaba:
“Mateo te ha enviado un reto: ¿te atreves a preparar un Espresso Tentación mejor que el mío? ☕😉”
Valentina sonrió con malicia y abrió el chat:
—Claro que sí… pensé que la oxigenada llegaba de su viaje la semana entrante 😏
Mateo respondió casi al instante, con un emoji riéndose:
—¿Oxigenada? 😆 ¿Ese es el sobrenombre que le has puesto a mi novia?
Valentina sintió un ardor en el pecho. Él lo había dicho con naturalidad, con esa gracia que lo hacía irresistible. Su novia tenía un título, un lugar claro en su vida. ¿Y ella? ¿Qué era? El “match equivocado”, un accidente del destino que los había hecho coincidir. Todo había empezado mal, entre juegos y coincidencias de la app.
—Por cierto… —escribió Valentina, con curiosidad disfrazada de despreocupación—, ¿cómo supiste mi dirección para dejarme el café la otra noche? 🤨
Mateo tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo, su mensaje parecía una confesión divertida:
—Oh, esa info está en la oficina, en las informaciones personales… ahí tienes la dirección de todos 😎
Valentina respiró hondo, apretando el vaso de te de manzanilla que había rehecho mientras leía el mensaje. No se lo pondré fácil, pensó. Aunque el corazón se le quebrara en silencio, la sonrisa traviesa y el desafío estaban intactos.
La mañana se filtraba con una luz dorada que apenas lograba colarse entre las cortinas. El silencio del apartamento era tan profundo que podía escucharse el tic-tac del reloj mezclado con el leve zumbido del viento que rozaba los ventanales. Valentina despertó con la sensación de haber vivido un sueño demasiado vívido para ser real.Por un momento permaneció inmóvil, observando el techo, intentando separar los recuerdos de la noche anterior de lo que su corazón seguía sintiendo. La cena, las miradas cruzadas, el vestido color vino, el vino derramado, el gesto protector de Mateo… Todo seguía allí, flotando en su mente como fragmentos de una película que no podía detener.Sus dedos rozaron la sábana, buscando consuelo en el tacto.—¿Qué fue todo eso? —susurró, apenas audible, como si temiera que las paredes pudieran responderle.Recordó cómo los ojos de Mateo habían cambiado de tono cuando la miró: primero fríos, disciplinados, llenos de control… luego cálidos, desarmados, casi vulnerabl
Alma de guerraLas uñas de Valentina se habían vuelto insistentes; las mordía sin descanso, víctima de los nervios. Aunque era una mujer preparada, aquella cena la intimidaba más de lo que quería admitir. Laura, como siempre, estaba a su lado —su mejor amiga, su confidente, y ahora también su coach improvisada—, junto a su inseparable bola de pelos, Chewbacrazy, que correteaba por el sofá con la energía de quien presiente que algo importante está por suceder.—¡Deja la cobardía, Valentina! —exclamó Laura, cruzándose de brazos—. Hazle honor a tu nombre, mujer.Valentina puso los ojos en blanco.—Por Dios, Laura, si a duras penas sé de mi propia cultura… ¿qué demonios voy a saber yo de la cultura coreana? Ni siquiera sé comer con palillos.—Eso tiene solución, mi amor. Ahorita mismo pedimos comida coreana… y para todo lo demás existe ChatGPT —sentenció con dramatismo, como si hubiese descubierto la cura del pánico social.Laura abrió su laptop y empezó a leer en voz alta con un tono sol
Los ojos inflamados de Claudia frente al espejo del tocador no engañaban: había pasado la noche llorando por la indiferencia de Mateo. Pero no era solo dolor lo que la desbordaba; lo que más la consumía era la humillación. Abrió la gaveta, sacó su crema correctora y, con movimientos precisos, la aplicó bajo los ojos. Luego extendió la base cubreojeras, borrando cualquier rastro de debilidad.Mientras maquillaba su rostro, su mente volvió al principio de todo: al instante en que lo conoció.Había sido en una gala benéfica en Madrid. Entre risas, música y copas de vino, un pequeño accidente la hizo tropezar frente a un desconocido que, sin pensarlo, se inclinó para ayudarla. Era Mateo Han, hijo de empresarios coreanos, con un porte elegante y una educación tan refinada que contrastaba con la espontaneidad de ella. Le ofreció su pañuelo, y aunque apenas sonrió, su voz grave y su gesto cortés le bastaron para dejarla intrigada. Desde aquel día, Claudia supo que quería tenerlo a su lado, y
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las persianas cuando Valentina, todavía con el corazón inquieto por el día anterior, se atrevió a abrir la aplicación de mensajes.Ahí estaba su dibujo: el retrato de Mateo, delineado con la precisión de quien siente lo que pinta, no de quien solo observa.Cada trazo revelaba el talento que ella ocultaba del mundo —un secreto que nadie conocía, porque temía que mostrarlo fuera también revelar su alma.No esperaba respuesta, pero entonces, el teléfono vibró. Era él, su mensaje con un archivo adjunto. Una foto.El corazón le dio un vuelco cuando descargo la imagen. Era un retrato hecho por Mateo, y no de sí mismo… sino de ella.Valentina dormida sobre el escritorio, con un mechón rebelde cayéndole sobre la mejilla, los labios entreabiertos, respirando con una paz que ni ella recordaba tener. El dibujo tenía algo imposible de fingir: ternura.“Te debía mi versión.PD: si te vuelves a dormir así, prometo no reírme del ronquido. (Mentira, sí lo har
La tensión podía cortarse con una cuchara…Pablo dejó los dos cafés sobre el escritorio de Valentina, ignorando deliberadamente la mirada que Mateo le lanzó desde el otro lado de la oficina.—Uno con doble azúcar, como te gusta —dijo con una sonrisa amable.Valentina sintió el peso de dos miradas: una dulce y otra afilada.—Gracias, Pablo —respondió, intentando sonar natural, aunque su voz tembló más de lo que quisiera admitir.Mateo se levantó despacio, con esa calma peligrosa que en él era preludio de tormenta.—¿Café con doble azúcar? —preguntó con voz tranquila, pero con una ceja arqueada—. Pensé que lo habías dejado… por aquello de las calorías, ¿no?Valentina parpadeó, incrédula.—¿Tú… cómo sabes eso?—Digamos que observo —respondió él, con una sonrisa apenas dibujada—. Es parte de mi trabajo.Laura, que observaba desde su escritorio con una sonrisa cómplice, intervino divertida:—¿Trabajo? Oh, claro… el trabajo de mirar a Valentina como si fuera un informe confidencial.—¡Laura
La mañana comenzó con un sol pálido que apenas se colaba por las persianas. Valentina se levantó con el corazón acelerado, recordando cada segundo de la noche anterior. El beso de Mateo seguía vivo en su piel, y con él, un torbellino de emociones que no sabía cómo manejar.Mientras se preparaba para ir a la oficina, trató de recomponerse. Nada debía delatar lo que había pasado. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, veía su mirada intensa y escuchaba esas palabras que habían hecho temblar todos sus muros.En el camino a la oficina, su teléfono vibró: un mensaje de Pablo.¿Cómo amaneces? Espero que sonrías un poco hoy 😊.Valentina sonrió débilmente, y de inmediato su mente volvió a Mateo. La ironía la golpeó: había aceptado salir con Pablo para protegerse de lo que sentía por Mateo, y ahora estaba pensando en él antes que en cualquier otra cosa.Al llegar, notó algo extraño: Claudia entró minutos después, impecable, con esa seguridad que siempre la hacía sentir pequeña y fuera de







